Lita volvía a quedarse pensativa. La madre dejaba entonces el bordado, para mirarla...

—¿Quieres que te saque al patio a jugar con tus hermanitos?—le decía.

—No, mamá—contestaba Lita, preguntando al rato:—Mamá, ¿las hadas pueden lo que los médicos no pueden?

La mamá miraba a Lita como si fuera a llorar, y le decía, besándola en los ojos y bañándole la carita con sus lágrimas:

—Dios puede todo lo que quiere, mi hijita del alma... ¿Por qué me preguntas eso?

—Por nada, mamá.

Pero Lita sabía por qué preguntaba eso. Lo preguntaba porque había oído decir a los sirvientes que los médicos no podían curar su enfermedad. Y ella esperaba que su madrina fuera una hada y la curase. ¿Qué hubiera sido de la Bella-Durmiente-en-el-Bosque sin su hada madrina?...

La mamá de Lita, que era muy linda y bien vestida, diole un beso en la mejilla y salió a visitas y compras. Miss Mary, la niñera inglesa, llevó a Lita a la plaza, en su cochecito de manos, con sus hermanitos y sus primos. Más ella no se divertía en la plaza, porque no podía correr detrás de un arco como los demás niños y porque siempre veía las mismas casas, los mismos árboles, la misma gente.

Cuando sus hermanitos y sus primos se fueron a jugar y la dejaron sola, ella preguntó a la niñera:

—Miss Mary, ¿cree usted que hay hadas?