Lita se burló a través de sus lágrimas del español de miss Mary... Lo cual no impidió que ésta volviera pronto trayendo la contestación del médico: hasta las cuatro de la tarde no podría venir... «¡Hasta las cuatro de la tarde!—pensó Lita.—¡Perderé, entonces, todo el día de hoy, y si no cumplo en los treinta días fijados por mi madrina!...» Y se puso a llorar otra vez, porque no le traían pronto los útiles pedidos. Su mamá la consolaba. Su papá fue a hablar él mismo por el teléfono, a reprender al médico y a mandarle, muy enojado, que viniese en seguida a ver a Lita.
Hubo todavía que esperar un buen rato. La mamá hizo rezar a Lita sus oraciones de la mañana y le besaba las manitas. Después la hizo desayunarse con una gran taza de chocolate. Y el médico vino al fin. Tenía anteojos de oro y un reloj muy grande, que hacía tic-tac hasta cuando estaba en el bolsillo.
Consultado, examinó a Lita y opinó:
—Pienso que no hay inconveniente en que se le dé lo necesario para tejer.—Agregando después, cuando creyó el muy tonto que la enfermita no le oía:—De todos modos, me parece que no llegará a anudar dos puntos de tejido. Tratará de aprenderlo, y al ver que no es tan fácil como imaginara, tirará las agujas. Si aprende a tejer, lo que no me parece probable, hará unos cuantos puntos, y en cuanto la labor pierda su novedad, la dejará de lado... ¡Tengan por seguro que ya mañana no se acordará de su capricho!
—¿Y si por rara eventualidad se empeña en tejer su colcha—preguntó la madre—y llega a esforzarse y se fatiga?
—No creo que eso ocurra, señora—aseguró el médico.—Cuide en todo caso de que no se incorpore mucho... ¿Lleva siempre su corsé de yeso?
—Todos los días se le pone al vestirla, y todas las noches se le saca al acostarla.
—Que siga lo mismo. Y si llegara a excitarse demasiado, dele una cucharadita de la receta calmante que le prescribí la vez pasada.
—¡Eso la postra!...
—Disminuya la dosis.