¡El suplicio del No-Ser! Esto me sugirió una idea estrambótica, que inmediatamente comuniqué a Nanela.
—¡Esposa mía!—le dije.—¿No podría ser Tucker el Fantasma del Remordimiento?
Al oírlo, mi mujer se descuajeringaba de risa, diciéndome:
—¿Cómo crees, menguado, que Tucker pueda ser una frase hecha?
—Muchos hombres conozco que son una frase hecha, nada más que una frase hecha,—murmuré.
¡Pero no! Tucker no podía ser un remordimiento... ¿Por qué? Yo no sabía por qué, ¡y sin embargo sabía que no era un remordimiento!
Y seguimos y seguimos... y yo vi que si seguíamos así, pronto íbamos a acabar el hilo que enrollábamos alrededor de la Tierra, que era nada menos que el hilo de nuestras vidas.
Con harta razón alarmado, supliqué a Nanela que nos detuviéramos... Ella no me escuchó, ocupada en cantarme su canto de amor a través de nuestra ruta vertiginosa. Y yo la miraba enamorado, tan enamorado que se me cayeron los ojos...
—Se me han caído los ojos—le dije.—Parémonos a recogerlos.
Así le dije, deseoso de detenerla y detenerme, aunque no hubiera olvidado que yo era una salamandra hombre... ¡No era preciso recoger mis ojos, pues que ellos retoñarían solos!