—Baja los párpados y vuelve a levantarlos—me insinuó Nanela.

Hícelo así y me retoñaron los ojos... Nanela me los besó, cantándome con su voz de sirena:

—¡Cuán bellos ojos!... Has ganado en el cambio, esposo mío. Antes eran pardos y ahora son más negros y expresivos que los de un arcángel después de rebelarse.

—Por bellos que sean, estos ojos deben cerrarse pronto—observé desalentado—si continuamos nuestro desenfrenado viaje de bodas...

—Nuestra huida—rectificó ella.

—Nuestra huida, perfectamente.—Pero los hilos de nuestras vidas se acaban, se acaban si los seguimos devanando... ¡Y para qué morir tan jóvenes!... Además, antes de morir, yo quiero conocer a Tucker. Tú lo sabes.

—¿Estás loco?—prorrumpió Nanela.—¿Quién habla de morirse? Te equivocas si piensas que todavía no nos queda bastante hilo que enrollar en nuestros viajes alrededor de la madeja de la Tierra. Y es mejor que no pienses ahora, ¡oh mi ídolo! en ver a Tucker. Porque tiene lepra y te la contagiaría si lo vieras.

—Pero cuando que es tu tío y tutor no tiene lepra—objeté a Nanela.

—No lo niego. Sólo tiene lepra cuando es un extraño para mí. Cuando es mi padre, unas veces la tiene y otras no.

Bien sabía yo que en aquel momento Tucker no era ni padre ni extraño para Nanela, antes bien, por el estado de su temperamento, el verdadero tío y tutor. No quise sin embargo contradecirla, porque nunca conviene contradecir a la mujer amada, cuando ella es una mujer pálida y nerviosa. El tiempo me daría razón. Por entonces seguiríamos dando vueltas alrededor del mundo como mulos vendados alrededor de una noria.