Luis Moreri, en su Grand Dictionnaire Historique, tomo I, pág. 353 (París, 1732), sin determinar con fijeza su parecer al respecto, observa: "Los Americanos deben su origen á los europeos ó á los asiáticos, y quizá la deben á los unos y los otros." Francisco Javier Clavijero, en la "Disertación primera" de su Historia antigua de México, tomo II, pág. 138, es algo más explícito, pues formula su opinión en este sentido: "Los americanos descienden de diversas naciones, ó, más bien, de diferentes familias dispersas después de la confusión de las lenguas;" y en apoyo de su aserto trae á colación, en primer lugar, la variedad y diferencia de las lenguas americanas; y prosigue: "Puedo asegurar, sin riesgo de engañarme, que entre las lenguas vivas y muertas de Europa, no se hallan dos más diferentes entre sí, que lo son la Otomita, la Tarasca, la Maya y la Misteca, que son las dominantes en diversas provincias de México;" agregando nosotros, la Puquina y la Quechua, en el Perú.

Pero, tratándose de averiguar á qué raza ó razas pertenecen los habitantes de América, el abate Juan Andrés opina en su obra, en lengua toscana, titulada Origen, progresos y estado actual de toda la Literatura, que "la Geografía y la Cronología se llaman, y son realmente, los dos ojos de la Historia; porque valiéndose de la tradición constante de la historia y del estudio de los lugares, esos trabajos propenderían, talvez, á resolver, en gran parte, el problema de la población del Nuevo Mundo."

También el Sr. Tulio Febres Cordero, en su selecto Estudio sobre Etnografía americana, que presentó en 1892 al Congreso Internacional de Americanistas, reunido en el histórico convento de la Rábida, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo, asienta juiciosas observaciones sobre la onomatología geográfica de América, probando la semejanza de muchas voces, en varias lenguas indígenas, correspondientes á pueblos ó comarcas de distintos Continentes, para lo cual llama, en apoyo de su teoría, las opiniones de los notables publicistas Humboldt, Prescott, Restrepo, Rojas, Castro, Calcaño y Graty.

A las opiniones que al respecto emiten el abate Andrés y el señor Febres Cordero, podemos agregar, que también la antropología, la etnografía y aún la craneología, son las ciencias que con igual acierto podrían conducir al conocimiento de las antiguas razas indígenas que primitivamente han habitado el Continente del Nuevo Mundo.

Finalmente, haciendo abstracción de las opiniones de los etnógrafos que están, unos por la autoctonia de una sola raza, y otros por la pluralidad de ellas, creemos que la tan debatida cuestión de la población de América está por resolverse, pues aún no se ha podido dar una explicación satisfactoria de su origen.

En el presente trabajo no pretendemos solucionar este problema tan árduo, tan intrincado y de tan difícil investigación, sobre el cual, desde la época del descubrimiento de Colón hasta nuestras días, se han escrito muchísimas disertaciones; pero, sí, trataremos de exponer los diversos juicios de los autores que han tratado esta materia, y del cotejo de esas opiniones diversas y aún contradictorias, trasluciremos, talvez, alguna conclusión, sino definitiva, á lo menos algo problemática. Suplicamos, por tanto, al lector, que disculpe cualquiera deficiencia que notare en este trabajo, en gracia del propósito que nos anima.

Habríamos podido darle mayor extensión de la que tiene, contemplando la importancia de este asunto; pero una obra en estas condiciones, aunque de mucha utilidad é interés científico, sería leída tan sólo por hombres consagrados al estudio, no por la generalidad, y no habría llenado el propósito que tenemos en mira, cual es, que nuestra obra sea leída por un público extenso.

Escritores españoles[41] han tratado ya este asunto con más amplitud que nosotros y, más tarde, vendrán otros que llenen el vacío que hemos dejado, llevando más adelante sus investigaciones sobre materia de tanta entraña que ahora imperfectamente diseñamos.

Por último, debemos confesar ingénuamente, que no tenemos la pretensión de titularnos etnogenítico, ni paleontógrafo, ni etnógrafo, ni arqueólogo, sino simplemente nos consideramos como un humilde factor para la formación de la historia antigua, pues que comprobamos, identificamos y valorizamos los hechos del pasado: en una palabra, somos un auxiliar modesto que hace el paciente trabajo de la hormiga, acumulando con prolijidad el material histórico adecuado á la presente obra, porque en el Perú poco se conoce el pasado, y mucho menos algo de las épocas pre-incáica y pre-hispánica, ó sea de las grandes y heróicas civilizaciones indianas de esas mismas épocas.