YARACARAS, de la Cordillera de los Andes de Bolivia.
YURIS, del río Marañón.
ZAMUCAS, del Chaco paraguayo.
ZARZAS, de los ríos Guacamaná, Colán y Amarillo, en el Ecuador.
ZURÍES, de la Serranía de las Cruces, en el Istmo de Panamá.
Y muchas otras tribus inferiores á las citadas.
Además, en la América Meridional, existían y existen todavía un sinnúmero de tribus salvajes, cuyos territorios no están aún explorados, como las que habitan el Gran Chaco, que contiene gran número de familias distintas, todas por clasificarse; las de las comarcas del caudaloso Marañón y sus tributarios, que cuentan con muchas familias nómades; las de la región del gran río Amazonas, donde viven también gran número de indianos de diferentes familias; las de las selvas del Orinoco y sus afluentes, en que se alberga un regular número de indígenas; y las de la Araucanía, Patagonia y Tierra del Fuego.
Todas estas parcialidades indígenas ofrecían desde la conquista, diversas especies y modificaciones de gobierno, desde el despotismo paternal de los Incas, hasta la más absoluta independencia, donde cada individuo sólo dependía de sí mismo. El mayor número de esas parcialidades aborígenes estaban sumidas en la mayor ignorancia y vegetaban en el estado más netamente selvático, y, aún hoy día, algunas son refactarias á los progresos de la civilización del siglo actual.
Los españoles, digámoslo con franqueza, han sido más humanitarios que los anglo-americanos, pues en lugar de exterminar á los indios de sus colonias, como lo hicieron los ingleses y los yankees, los catequizaron é instruyeron en los preceptos de la religión cristiana. Sin embargo, los castellanos no dejaron de tener gran parte de culpa en la disminución de la población indígena de sus colonias, porque si bien no los cazaron á balazos, como á fieras, al igual que los sajones, en los extensos dominios que les quitaron á viva fuerza, no dejaron esos mismos castellanos de causar la muerte de gran número de los indios que habían subyugado, empleando, para ello, otros medios proditorios. En efecto, desde el principio de la conquista, los españoles llevaron á la raza indígena al sacrificio, obligándola á tomar las armas en las guerras civiles que entre ellos mismos sostenían, y aún en sus luchas en las tribus que pretendían someter. Consideraban á esos indios como esclavos, condenándolos á trabajos forzados y abrumadores en los obrajes y en las minas, é infiriéndoles maltratos inhumanos; pero no fué esto todo: los agobiaron con tributos, mitas y fuertes cargos; los emplearon como acémilas en las expediciones de la conquista de nuevos países; y, en fin, les fomentaron el vicio de las bebidas alcohólicas, para embrutecerlos. Las epidemias de la viruela, sarampión y otras enfermedades, desconocidas para ellos antes, diezmáronlos también, de tal manera, que en muchas ocasiones hubieron de desaparecer tribus enteras. Con causas de abatimiento y de despoblación todas las expuestas, contribuyeron á la degeneración de la raza indígena en proporcionalidad tan monstruosa, que de 20.000,000 de indios de ambos sexos que poblaban el Continente sometido á la férula de los españoles, de esa primitiva, enorme cifra, al finalizar el Coloniaje, apenas se contaban 4.000,000.