En una carta del Atlas de Mediceano, del año 1351, se halla anotada la Is. de Brazil, y en mapas posteriores del siglo XIV, aparece el mismo nombre con las variaciones de Braxil, Brazylle ó Brasile[83], isla que probablemente se encontraría cerca de la costa del territorio conocido hoy por Brasil.
En la carta de los hermanos Pizzigani, venecianos, de 1367, aparece marcado el archipiélago de las Canarias, con algunas islas cuyos nombres no han variado hasta hoy, como la de la Palma y la de Forte-Ventura (Fortunata).
En las cartas marítimas catalanas del año 1376 (anónimas), que formaban parte de la biblioteca de Carlos V, figuran también los archipiélagos de Canarias y Azores y la isla de Madera, con curiosas leyendas algunas de ellas. La de las islas Afortunadas dice: "......... Estas islas se llaman Afortunadas, porque abundan en todo lo bueno: trigo, frutos y árboles. Los paganos suponen que allí está el Paraíso, á causa del poco calor que se siente y la fertilidad del suelo...... Así, los paganos de la India creen que sus almas, después de la muerte, van á habitar esas islas, y continúan viviendo allí eternamente del perfume de esos frutos. Piensan que en aquellas islas está el Paraíso; pero, en verdad, esto no pasa de una fábula."
En 1424 apareció en un atlas italiano que se conserva aún en la biblioteca de Weimar, la Is. Antilia. Mucho se ha hablado de esta isla, situada hacia al norte del trópico de Cancer, no lejos de las Azores: se pretende que en el año 734, cuando la España se vió invadida por los Moros de Africa, esta isla fué habitada por un Arzobispo de Porto en Portugal, y seis Obispos, con gran número de cristianos, hombres y mujeres, que habían ido allá con sus animales y sus bienes. Esta isla se encuentra reproducida en los mapas que el genovés Bedacio ó Bedrazio dibujó en 1434 y Andrés Biancho reprodujo en 1436.
El mismo Andrés Biancho dibujó en 1439 otro mapa en pergamino, que existe en la Biblioteca de San Marcos de Venecia, en el que está señalado, además de las Islas de Brazil y Antilia, otra situada hacía el cabo de San Agustín, en la Florida, designada con el nombre de Is. de la man. de Satanaxio (Isla de la mano de Satanás)[84].
En 1476 Andrés Benicasa dibujó un mapa en el que también figura la Is. Antilia, la misma que aparece igualmente en los mapas de Bartolomé Pareto, Fray Mauro, Ostelius, Mercator y Toscanelli, que, á la vez dan á esa misma isla el nombre de Sette Citades, (Isla de las Siete Ciudades).
En fin, en el célebre «Globo Terráqueo» de Martín Behaim[85], del año 1492, que se conserva en Nuremberg, aparece también la Insula Antilia llamada Septa Citade, con la siguiente anotación: "En el año 734, según se cuenta desde el nacimiento de Cristo, cuando toda Hispania estaba conquistada por los herejes de Africa, fué habitada esta isla por un Arzobispo de Porto-Portugal, con seis Obispos más y otros cristianos, hombres y mujeres, que habían huído de Hispania con su ganado y toda su hacienda. En el año 1414 pasó cerca de ella un buque venido de Hispania." Además, en el mismo «Globo Terráqueo» de Behaim, á los 50° Oeste del meridiano de la costa portuguesa, en medio del Océano, está señalada la Is. de San Brandano con la siguiente inscripción: "565 años después de Jesucristo llegó San Brandano á esta isla, vió en ella muchas maravillas, y siete años después se volvió á su país."
Algunos historiadores han negado la existencia de todas estas islas, tachándolas de fabulosas; pero al figurar ellas en los diversos mapas antiguos que hemos citado, es indudable que fueron exploradas antes del descubrimiento de Colón por atrevidos navegantes. Posible es, por lo demás, que los primitivos nombres de esas islas hayan ido desapareciendo de los mapas á medida que se alcanzaban conocimientos más exactos del Océano Atlántico, y que hubieran sido sustituidos por otros nombres indicados hoy en los mapas modernos[86].
Los hechos, crónicas y mapas que acabamos de citar tienen una autenticidad indiscutible, y los más renombrados geólogos modernos, sobre todo Alejandro de Humboldt, afirman que la América ha sido frecuentemente visitada por los Escandinavos desde el siglo IX al XIV. Desgraciadamente, estos viajes, apesar de su trascendencia, no han producido resultado alguno favorable para la América, por haber quedado interrumpida desde el último siglo citado la comunicación del Atlántico, ya por lo larga y peligrosa que se hacía la navegación á través de los mares que separan el Continente de Europa del de América, ya por las piraterías de los Ingleses en aquellos mares, ó ya, en fin, por la poca experiencia que en aquellos tiempos se tenía del arte náutico. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho es, que quedó abandonada ó á lo menos fuera desatendida esa ruta durante el trascurso de cerca de doscientos años, llegando así á quedar olvidada la América, hasta que, en 1492, el navegante genovés Cristóbal Colón añadió este nuevo é incomparable florón á la Corona de España.