Otra prueba que, sin contradicción, se puede también aducir en apoyo de la autoctonía del Hombre antediluviano en el privilegiado Continente americano, además de los corpulentos paquidermos, esqueletos humanos y herramientas de pedernal encontrados en su suelo, es que este mismo Continente tiene un sinnúmero de producciones especiales y propias de los tres reinos de la Naturaleza, que muchas de éstas no se encuentran en los Antiguos Continentes, y que el Supremo Hacedor del Universo no habría puesto aquellas con tanta explendidez en América, si este suelo hubiere permanecido inhabitado.

En efecto, maravilloso es todo lo creado en el Continente americano, que supera en extensión á cada uno de los otros cuatro, pues por sí solo, representa una tercera parte del Globo habitado[1].

Sus cadenas inmensas de cordilleras son las más gigantescas del Orbe, pues abrazan toda la longitud del Continente, desde el Mar Glacial hasta la Tierra del Fuego, habiendo algunas montañas que tienen más de 20,000 piés de elevación y cuyas cimas están perpetuamente coronadas de nieve; sus ríos son también los más extensos y caudalosos, y los de corriente más torrentosa y formidable que se conocen, teniendo algunos de ellos más de mil leguas de extensión; sus numerosos volcanes elevadísimos, que son fanales encendidos por la Naturaleza, hacen erupciones tremendas que se oyen á más de doscientas leguas de distancia; cuyos extragos causan la ruina de grandes poblaciones; en sus frondosas é impenetrables selvas vírgenes y en sus espesos bosques jamás penetran los rayos del sol, por la tupidez de su follaje y su lujurienta belleza desordenada y grandiosa; sus extensos valles son profundos y deliciosos, designándose con el nombre de sabanas ó praderas; sus desiertos ó pampas inmensas de arena movediza, desprovistas de vejetación y moradores, pueden compararse á los de Africa y Asia; sus lagos mayores, algunos de ellos muy elevados, como el Titicaca, que se halla situado en una meseta de la Cordillera de los Andes, á 12,000 pies de elevación sobre el nivel del mar, y otros lagos de más de 25 á 30,000 millas cuadradas y más de cien leguas de longitud, pueden considerarse como mares interiores; sus archipiélagos estupendos, que constan de las más grandes y ricas islas del Mundo; sus numerosas aguas termales que brotan del seno de la tierra en una elevada temperatura, son tan benéficas y maravillosas para la curación de gran número de enfermedades; sus golfos y bahías, que son los mayores que se conocen; sus diversos climas, que comprenden las producciones de todas las zonas y son propicios al cultivo de casi todas las plantas de otros Continentes, á más de una multitud de otras producciones que le son peculiares; sus abundantes minas de ricos minerales, cual no las posee ningún otro continente, porque la riqueza de sus innumerables é inagotables depósitos mineralógicos son fabulosos, habiendo producido, desde la conquista hasta hoy, más de siete mil millones de pesos y sigue produciendo enormes cantidades, constatándose que á fines del siglo XVIII se contaban, tan sólo en el Perú, 770 minas de oro y plata en labor, y 578 prontas á ser trabajadas, sin incluir los lavaderos de oro y minas de azogue, siendo una de estas últimas la reputada de Huancavelica, que ha rendido inmensos productos; su magnificencia, galanura, exuberancia y lujosísima vegetación, que es asombrosa en tantas especies de plantas propias de este Continente; su zoología variada y diversa de la de otros países; todo, en una palabra, es más grandioso, más sublime y más majestuoso en el Continente americano, que lo es en los demás. La obra de la Creación se presenta allí con todo su imponente aspecto, y en medio de esta salvaje y virgen vegetación, el naturalista experimenta puros y suaves goces, que no se pueden comparar con los que proporcionan las agitadas y bulliciosas capitales.

"En América—ha dicho un viajero eminente—la Naturaleza entera, animada é inanimada, tiene el sello de la grandiosidad y reviste un carácter de majestad y formas tan colosales, que sería en vano buscarlas en cualquiera otra parte del Globo."

Valiéndonos también de la expresión de otro escritor contemporáneo: "Parece que el Autor de la Naturaleza quiso hacer gala de su grandeza y poderío al dejar salir de sus manos el Continente de América."

Por lo tanto, no es concebible que semejante prodigalidad y munificencia divina, lo volvemos á repetir, hubiera sido concedida por el Omnipotente para que ese suelo privilegiado permaneciera inhabitado la larga serie de siglos que trascurrieron desde la Creación hasta el Diluvio; por eso mismo, debemos creer que los hombres que habitaron ese paradisíaco Hemisferio en tan dilatado trascurso de tiempo, fueron de raza autóctona.

Para patentizar los inmensos tesoros que la América encierra en su suelo, señalamos en seguida, si no todas, á lo menos gran parte de las producciones, que, con mano pródiga donó el mismo Criador al Continente americano, para provecho del Hombre; pues si fuéramos á enumerarlas todas, habría necesidad de hacer un abultado volumen. No dudamos que la siguiente nomenclatura sea de algún interés, pues por ella se puede apreciar la riqueza fabulosa del Nuevo Mundo en sus tres reinos de la Naturaleza.

REINO MINERAL

Bien sabido es que en el Reino Mineral, ningún otro Continente es tan rico como el de América, pues todos los metales, principalmente el oro y la plata, se encuentran en suma abundancia encerrados en el seno de sus montañas. Las grandes cantidades de oro, plata y otros metales que se han extraido de América, tanto por los indígenas, antes de su descubrimiento, cuanto durante la conquista y el largo período del coloniaje, y las muchas cantidades que se síguen extrayendo hasta el día, se elevan á una suma extraordinariamente crecida, que se puede estimar en incalculables millones de pesos, sin que por eso se hayan agotado las minas de esos preciosos metales. «El afanoso minero no ha logrado más que deshojar la superficie de cuantos veneros están guardados dentro de la colosal muralla del Nuevo Mundo.»[91]