Tocante á las razas blanca y negra, tan diametralmente opuestas, como el día y la noche, ó sea, la luz y las tinieblas, declaramos que es un grave error suponer que ambas sean igualmente descendientes de Adán y Eva. Este tópico ha suscitado algunas controversias entre los hombres de ciencia, sin que hayan llegado á una conclusión acertada y definitiva, como lo vamos á probar.

La versión de algunos escritores consiste en atribuir el color negro de los Etiopes, á Caín, hijo de Adan y Eva, á quien Dios, en castigo de su crimen, le puso la cútis de ese color para que fuera señalado y distinguido, siendo natural que los descendientes de éste heredaran el mismo color.

Otros escritores alegan que el color negro de los Etiopes les viene de su ascendiente Cus ó Chus, hijo de Cam y nieto de Noé, que, dicen, fué de este color; pero muy extraño es, que los que emiten tal opinión, confiesan que Cam, padre de Cus, fué de color blanco.

Otros doctos escritores, para definir el mismo problema, dicen que el color negro de Cus le provino de la maldición que Noé echó á su hijo Cam por la burla que de él hiciera al encontrarle embriagado y desnudo, y que tal anatema alcanzó á los descendientes del maldito. Además, siendo verosímil que Cam hubiera tenido cuatro hijos, Cus, Misraim, Fut y Canaán, no se explica cómo el primero adquiriera el color negro, en lugar del último que, según la Sagrada Escritura, fué el maldecido en la persona de su padre.

Otros, que también han tratado en la materia, suponen que la negrura de los Etiopes proviene del violentísimo calor del sol en aquella tierra, que los tuesta y abrasa; sin reflexionar que, en Africa, existen regiones tan templadas como en otros Continentes, y que en América hay lugares tan ardientes como los de la Etiopía, sin que, por eso, los habitantes de esas últimas latitudes tengan la cútis negra.

En fin, otro erudito autor, Fray Gerónimo Feijoó que ha terciado en esta cuestión, opina también que la negrura de los Africanos tiene por origen la influencia climatérica del país que habitan.

Todas las erróneas opiniones que preceden deben desecharse por no estar fundadas en la razón. A nuestro humilde juicio, el color negro de la piel de los Africanos, proviene de la existencia, en esos individuos, de una sustancia negra en la red celulosa que se halla debajo de la piel ó epidermis, y se conoce, entre los anatómicos, con el nombre de tejido reticular ó cuticular: esta membrana es inorgánica; carece enteramente de fibras, vasos y nervios, y se considera como un producto de secreción del dermis, ó una parte del cuerpo mucoso, desecado por la acción del aire, que sirve como de barniz á toda la piel. Esta sustancia negra no existe, consiguientemente, en el tejido ó red celulosa que se halla bajo la piel de los hombres blancos.

Por lo tanto, los despropósitos emitidos, tocante á los negros, por los escritores citados, nos conducen á emitir nuestra opinión al respecto, en el sentido de que Dios ha creado, para cada raza, lo repetimos, su respectiva pareja en diferentes puntos del Globo, siendo la América uno de esos puntos de creación; de donde resulta que sus primitivos habitantes fueron autóctonos, como lo fueron también los de la raza blanca de Europa, los de la raza amarilla de Asia, los de la raza morena del Indostán, y los de la raza negra de Africa. Debemos establecer aquí un principio que tiene razón de ser y que es incuestionable.

Según nos enseña la Sagrada Escritura, el Criador del Universo mandó el Diluvio Universal para castigo del Género Humano, por la perversidad de sus costumbres, ordenando préviamente á Noé que construyera una arca para salvarse él con su familia y los animales destinados á repoblar la Tierra.

Si Dios, que es Omnipotente y Todopoderoso, quiso que se salvara del cataclismo universal una ó más parejas de la raza blanca (suponiendo que Noé y su familia fueran descendientes de Adán y Eva), pudo hacer, del mismo modo, con su gran poder, que se salvara también del Diluvio, una ó más parejas de cada una de las demás razas, ó sea, la amarilla, la roja, la morena y la negra, á fin de que no solamente la raza blanca, sino también las demás, pudieran repoblar la Tierra después del Diluvio. Tocante á la habitabilidad antediluviana del Nuevo Mundo, hay que fijarse en otra consideración. No hay duda de que el Criador, al formar el Planeta Terrestre, tuvo la mira de que todo él fuese habitado: en tal virtud, no es lógico ni verosímil suponer que el Continente americano, que forma una extensa porción de la superficie de ese mismo Planeta, lo hubiese dejado Dios inhabitado durante 1656 años que, según la cronología del texto hebráico del Génesis, trascurrieron desde la Creación del Mundo hasta el Diluvio Universal[88], pues ese texto bíblico, en su cap. IX es tan explícito al respecto, que dice: Creced y multiplicaos y poblad la Tierra. En cumplimiento de este precepto divino, incuestionable es, que la América como los demás continentes terrestres, fuera habitada desde la Creación del Mundo; supuesto, que nos permite retroceder, nuevamente, á la cuestión de la autoctonía de los primitivos habitantes del Continente americano, que, según opinión de algunos poliphiletes, es indudable que descendieron de una pareja distinta de la de Adán y Eva[89].