Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de los humanistas, causa eficiente ayer de poderío y hoy de flaqueza, puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fué antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades necesarias á las naciones para no ser vencidas en la contienda universal, no cabe pacto ni conciliación. Es la lucha de dos mundos; uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la tradición conservadora y la educación revolucionaria como dicen los fisiólogos y que constituye el fenómeno de la vida lo mismo en la naturaleza que en las sociedades.
La discordia que la antigua sabiduría creyó suprimir entre los hombres, sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma, ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilización. Son las novísimas formas de la cultura, las modalidades del progreso, las manifestaciones de la vida. Cuanto más avanza ésta, más se complica y refina la lucha no sólo entre los hombres, sino entre las ideas, sentimientos é instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello el collar infamante de los esclavos.
Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propósitos impertérritos é incontrastables de la razón universal.
La cuestión social que actualmente nos atribula, se resolverá como todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los débiles. El comunismo evangélico, soñado por ciertas órdenes religiosas y que ha tenido sus últimos destellos en el misticismo anárquico de Tolstoy; la Edad de oro de los utopistas del siglo xviii y la Federación universal de los libertarios modernos; los ideales colectivos, por decirlo todo, punto extremo de la Economía que pretende organizar la sociedad, vale decir la producción, científicamente, es muy posible y aun probable que puedan arraigar en la áspera corteza del globo. Mas ello no será porque los consabidos ideales sean justos, según nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que á todos nos impulsan á revelarnos contra lo que el instinto social, desarrollado por el influjo del ambiente humano á expensas del egoísmo nativo, llama iniquidades sociales, vías ocultas acaso de una justicia suprema; sino porque la evolución económica llega á un punto culminante y preciso en que «la producción colectiva reclama la repartición colectiva», y, sobre todo, porque siendo las necesidades pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor número de almas y tengan más grande influjo sobre las sociedades que el aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi místicos, no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y finas. Y he aquí otra prueba palpable de la relatividad y miseria de las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple modificación de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de los valores humanos: las cualidades excelsas truécanse en causa de inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy.
No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el porvenir la obra santa del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diabólico del instinto vital dominante, ó como quiere Marx, el producto de la lucha de clases, engendrada, según él, por la evolución de los intereses y que determina, por añadidura, el proceso de la historia entera. Es la parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo científico ó criticista, que muy poco tiene que ver con las utopías sentimentales de Rousseau, del cura Meslier y de los ideólogos, ni con las componendas burocráticas y fiscales ó utopías de los cretinos, ni con otras formas pueriles del socialismo vulgaris de que nos habla el docto Labriola. Muy acertadamente dice Marx: «El modo de producción de la existencia material, determina generalmente el processus social, político é intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se crea el espíritu como una mano de su voluntad», diría Zaratustra. «La producción primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribución de las riquezas y, por consiguiente, la formación y las jerarquías de las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las causas determinantes de tal ó cual metamorfosis ó revolución social, será preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su conocimiento superior de la verdad y la justicia eternas, sino en las metamorfosis del modo de producción y de cambio, en una palabra, no en la filosofía, sino en la economía de la época estudiada.»
Estos razonamientos pedestres son la antítesis del vértigo de las alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafísicas, pero producen la reconfortante impresión de la tierra firme después de un largo viaje marino ó una ascensión aerostática. Por fin los fenómenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de la evolución económica, la cual provoca la formación y la lucha de clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre de la historia. La ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que tan hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada claramente. El modo de producción y de cambio, sometiendo á su influjo plasmante las manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el derecho de cada época, que no son otra cosa, en último término, que «la expresión autoritaria de los intereses que han triunfado», y dicta las relaciones de los hombres que sólo son, en substancia, «relaciones de producción, correspondientes á un período dado del desenvolvimiento de sus fuerzas productivas».
Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso nunca por falta de documentación histórica precisa, de explicar, por medio del determinismo económico, los mitos, las religiones, las morales como ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por la escuela marxista, y la observación, constatada, en general, de que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo, á causas económicas visibles ú ocultas, legitiman las pretensiones del materialismo histórico y permiten interpretar, en conjunto, una gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los más ayunos de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que siendo las necesidades materiales las más hondas y urgentes, debieron de inspirar en todo tiempo las metafísicas, retóricas y reglas de conducta favorables á su satisfacción; y que siendo el espíritu así como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, las estructuras sociales se explican más acabadamente por la economía de cada época que por sus engañosos espejismos mentales.
Antaño podían abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmación, que á muchos ingenios, y no de los más romos, hubiera parecido descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de los fermentos económicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya morfología empezamos á conocer íntimamente, sin que nublen los ojos veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformación completa de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Más que espíritu precipitado parece el mundo condensación de egoísmo. En el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas páginas del Capital, admirables de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas razones, el pontífice del socialismo científico, cómo los nuevos modos de producción y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cómo el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en el mismo producto, ó en otras palabras, cómo la producción colectiva, mina al presente los fundamentos de la apropiación individual, ó lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes político-jurídicos y trata abiertamente de imponer los códigos comunistas y la repartición colectiva que corresponden á aquella producción. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuará, según los arúspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa, fundada sobre «la odiosa explotación del hombre por el hombre», y el advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idílica, en la que «el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre desenvolvimiento de todos.»