La larga y laboriosísima evolución de las morales interesadas ó fisiológicas, de las que desaparecen poco á poco los elementos divinos y luego las substancias espirituales á medida que la inteligencia humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina después de la grande revolución de Darwin en la ciencia y de Spencer en la biología, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la fuerza, para darle á la conducta humana una base inamovible y en armonía con las leyes del universo.

Por otra parte, la reacción de los hebreos contra toda aristocracia, continuada por el cristianismo, los ideólogos y los hombres sensibles del siglo xviii, hasta florecer espléndidamente en los inmortales principios de la gran Revolución, remata luego de acicalarse con los ensueños, quimeras y utopías sociales de los discípulos de Jean-Jacques, en el determinismo económico de Marx, explicación materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legítimo de la fuerza en las sociedades, es el principio generador.

Esta doctrina, antagónica del état pensant que vive fuera del Taller; este socialismo científico, destructor de lo que llama con enojo y desprecio un discípulo de Marx la disociación ideológica ó irrealismo de la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza, el mando y la dominación del mundo las aspiraciones sentimentales de los humildes que antaño pretendieran establecer, en ebriedad generosa, el reino de Dios sobre la tierra.

Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por vías ocultas ó visibles, las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la voluntad, y resuelven en opresiones y tiranías los idealismos más desinteresados y puros. La fuerza tiende á ejercer su imperio porque es la fuerza; la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El tiempo descubre infaliblemente, los principios activos de la conducta humana, que son idénticos á los de toda la actividad universal. En vano es desvirtuar con metafísicas mixturas su naturaleza combativa y dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso de los variados tapices de la historia, enseñan que un estado social es una cristalización de la violencia, y que las reacciones contra él, aun las más idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las morales, las religiones mismas—propugnáculos y murallas que acaso no tienen otro objeto que proteger la conquista económica,—obedecen á esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de la fuerza que constituyen á su turno los módulos de la vida. Ved el cristianismo; la religión del amor, la piedad y el desprecio de los bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterráneo, sale de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos á los herejes, provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores, desplegando en sus luchas por la dominación un celo apasionado y cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no saciándose con el odio y la persecución de los infieles y dañados, inventa sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar á su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolución, la gran Revolución, luego de cometer mil horrendos crímenes en nombre de la Libertad, termina en las tiranías de Robespierre y Napoleón. El reino de la Razón, resulta la locura trágica del Terror. La eterna paz, guerra sin fin. Después... las indestructibles jerarquías vuelven á establecerse con otras etiquetas. Á los privilegios de la nobleza suceden los privilegios de la burguesía; la aristocracia del dinero á la aristocracia de la sangre; el derecho burgués al derecho feudal; la tiranía del número á la tiranía del rey, y la fementida fórmula en que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre, no inspiran más respeto, ni tienen más virtuosidad en el frontón de los edificios públicos, que los versículos del Corán en los muebles moriscos de los bazares exóticos. Pasada la tromba niveladora, en el interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el puesto que les da su valor social, como los líquidos de densidad diferente se gradúan por su peso si dejan de ser agitados. En el exterior, la revolución que acariciara el pretencioso intento de suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta sólo á instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formación de las repúblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias sociales se acentúan más cada día, á pesar de las leyes democráticas que las rigen. Así que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacífico y modesto país de Washington, se convierte en la patria altanera é imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idéntico modo que la poética Alemania de los claros de luna, de la grechens y del imperativo categórico, en la utilitaria y temible nación de Bismarck y la filosofía de la historia.

De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban las necesidades subjetivas del hombre, no libertado aún de las tiranías de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de la fuerza no ha dejado jamás de existir en las sociedades salvajes ó cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la vida. Sea la primordial de ésta el deseo de poder de Hobbes, ó la lucha Darwiniana, ó la voluntad de dominación de Nietzsche, ó la voluntad de conciencia de Fouillee, ó la expansión de la vida de Guyau, ó la vida creadora de Bergson ú otra ley no formulada aún por labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de las religiones, de las filosofías y del amor mismo y es así como el fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra.


Es un bien ó un mal? En todo caso es una indestructible realidad, contra la que, al punto á que han llegado las nociones positivas de las cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? Las atenuaciones de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un principio indispensables para corregir la virulencia del egoísmo nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común, parecen hoy nocivas á las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados ardores para la acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos. Las nuevas disciplinas morales tratan de dárselos; obedecen á una alta necesidad. ¿Qué sería de los hombres y los pueblos que practicasen el desinterés, el desprecio de los bienes materiales, en esta época en que la superioridad económica entraña todas las otras? Las viejas virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto é inane espiritualismo confiésase impotente para forjar una nueva ilusión favorable á la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que le daban á la existencia una razón de ser y la marcaban imperiosamente un derrotero, no tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia condena implacable las aspiraciones subjetivas é ilusiones metafísicas en pugna con las verdades é hipótesis que ella establece fríamente, sin piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elíseos del edén ni en los místicos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que satisfacen, sin las torturas de la mala conciencia, su apetito de carne, su sed de vino.

Perdida la ilusión fastuosa del Paraíso y de toda finalidad transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersas ovejas al redil, hacia la religión de la Vida, elevada y cruel en aquellos pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza como necesarios á la evolución progresiva, quieren la vida bella y dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazándolos y desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo honestamente á la dicha común del mayor número.

Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo, llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses materiales, donde las categorías idealistas pierden sus múltiples y engañosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por la riqueza entre los poseedores y los desposeídos. Los primeros, individualistas ó no, sin exceptuar á la clase pensante, que tan sospechosa y antipática va pareciendo á los trabajadores, son los menguados descendientes, pero que llevan aún en la sangre la pimienta del heroísmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores forzudos delante del Señor que guiaron á los pueblos en su aurora; los segundos, solidaristas ó ácratas, son los ensoberbecidos vástagos de la turbamulta pasiva y rebañega, convertida en pueblo soberano por la fuerza del número. Su oposición es la oposición de la parte caduca del pasado señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el presente científico, pacifista, práctico, laborioso. Del choque nace el antagonismo y la anarquía de las ideas contemporáneas; las trágicas luchas sociales y el drama íntimo de las conciencias: antros obscuros donde á ciegas riñen guerreros con sotana, señores vestidos de harapos y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables chambergos.

El espíritu clásico, razonante y finalista, que reconoce un principio divino y la supremacía de la inteligencia sobre el querer y el poder para la bella ordenanza del mundo, fué siempre amante de las jerarquías bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la sumisión á la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya que perpetúa con el desinterés y el altruísmo, un engaño, una mentira, un espejismo peligroso para las energías viriles de la inteligencia y del alma. Á las veces por sensiblería y razones de justicia convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos artificiales en las aulas de los ideólogos, pica en democrático y humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar su instinto profundo es un adorador de la fuerza idealizada—como corresponde á quien ha nacido con el alma gran dama y el espíritu gran señor,—y acata las copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece á su capricho, de la misma manera que el espíritu moderno, un tanto macarrónico, á pesar de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real y respeta sólo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen por su eficacia y utilidad inmediatas.