Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas, la antorcha del espíritu pasa de mano en mano. Las superestructuras cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se nutre un instante la humanidad, perecen así que ésta agota el jugo vital que aquéllas atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad de vivir, que trabaja oculta en los antros más profundos de las almas, como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros, escondido en las concavidades misteriosas de la tierra.


Mas el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios é informa el pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las costumbres con el renacimiento de los deportes atléticos y el amor de la acción, nace, mirándolo bien, de la metafísica de la fuerza. Ó de otro modo, el triunfo de la religión de la Vida es la implícita consagración del culto de la Fuerza. La moral de esta última, á pesar de la terca y enconada oposición de nuestros ideales del momento, aparecerá triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas, cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos que tergiversan el valor de las cosas é invierten las reales y eternas, aunque á veces imperceptibles jerarquías, de la razón universal. La diosa de voluntad diamantina no herirá entonces los sentimientos más caros de los hombres, ni aparecerá á los ojos de éstos como una deidad maléfica, como un genio enemigo, sino al revés, como el ángel protector de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las ilusiones favorables á la existencia... Si todavía rechazamos con fiera indignación sus verdades infalibles, trágica hermosura y grande justicia, á la que empero, quieras que no, ignorándolo ó á sabiendas, se someten todas las cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad de invernáculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de él; es porque ignoran que su propio crecimiento va á romper presto los vidrios que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes y que será preciso aclimatarse ó perecer; es porque no conocen su pristino origen, ni saben que sólo son las pintadas y efímeras mariposas en que se transforma una porción diminuta de la fuerza eterna é inconmensurable.


Este convencimiento vago, que gana poco á poco las conciencias más quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá aparejado, al decantarse, un cambio radical en la apreciación de las acciones y excelencias humanas. La victoria del más fuerte no parecerá ignominiosa como hasta aquí, sino altamente justa y saludable porque será, en un momento dado, el triunfo de lo más vital, de lo que sirve mejor el único propósito discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento divino, generador del universo; establecido el idéntico abolengo é ilustre prosapia de la Razón y la Necesidad, del Factum y de la idea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material ó espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas nociones de lo real, dilatará los horizontes de su concepción ética, teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal absolutos.

Y aquí daría principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia sería una irrefragable manifestación de él. Las criaturas, las cosas, las almas, se graduarían en la escala de la vida por la cantidad de virtud que almacenasen. Lo pequeño no podría ser lo grande, como acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo débil lo robusto; ni las aspiraciones más nobles serían precisamente, por una estupenda inversión de valores morales, las que más deprimen y amengüan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los triunfos se impondrían sin demostración, por sí mismos, por el hecho de existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que debía ser, de lo objetivo y lo subjetivo, á causa de las cuales tantas inquietudes han atenaceado al hombre, acabarían por reconciliarse para siempre en el regazo maternal de la grande razón.


Formidables testas han acometido la singularísima aventura de echar los cimientos de la fábrica moral, no en la voluble razón del espíritu, sino en la firme razón de la materia, volviendo por tal arte á poner sobre sus pies á la humanidad aburrida de la parada de cabeza hegeliana. Pero únicamente el amable pensamiento de Guyau intentó poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la expansión de la vida y los instintos interesados y agresivos, con el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, á decir verdad, los sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta social de la criatura humana y probar que «la vie comme le feu, ne se conserve qu'en se communiquant», sólo son modalidades del instinto de soberanía, instinto que por medio del amor ó del convencimiento tiende á ocupar más espacio en el alma ó la inteligencia de los otros, no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de vida entrañan, en su propia intensidad, un principio altruista que transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos generosos ó expansión hacia las demás criaturas. Más aún. El poder ergotizante del filósofo-poeta partiendo de la expansión de la vida como elemento activo de la conducta, llega no sólo á resolver la afligente antinomia de lo individual y lo social, sino á establecer á la manera del viejo idealismo, la supremacía del espíritu, precisamente porque éste realiza el máximum de intensidad extensiva, es decir, de fuerza dominante.

Una argucia ó vuelta de grupas de la misma índole, da nacimiento á la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte, se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos ó metafísicos. «Las fuerzas, dice, en acción en el mundo ó en nosotros, cualquiera que sea su naturaleza intrínseca, concluyen por concebirse en nuestra conciencia y al concebirse transformándose en ideas, juzgan lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» No por arte, pues, de birlibirloque, sino por las vías naturales de la experiencia, llega el representante del idealismo francés á fabricar como Guyau, con substancias materiales, los útiles productos de la voluntad de conciencia y el persuasivo supremo. En su tozudo afán de establecer la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo contemporáneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo á sentar los divinos pies en la tierra. Sólo que después de cada nueva adulteración y embrollo, queda más claramente dilucidado lo que podría llamarse el origen material del espíritu y la naturaleza agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas; las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin combatir ni dominar.