Sería curioso y acaso útil, escudriñar y descubrir las necesidades éticas y las reacciones contra-sentimentales que determinaron la concepción del heroísmo en la historia y la filosofía. Schlegel y Tieck echaron las basas; Hegel, Schopenhauer y los historiadores alemanes, desde Ranke y Mommsen á Sybel y Treitschke, le dieron forma concreta y positiva, y luego cumplido remate Carlyle y Nietzsche. Á pesar de su abolengo en apariencia idealista y hasta místicos componentes, el culto del héroe, del genio, del hombre histórico ó providencial y, en fin, del superhombre, es no sólo aristocrático como la Naturaleza, donde todo es diferenciación y jerarquía, sino á la par de ella, tan contrario á la moral de la razón razonante como á la moral del sentimiento, puesta de moda por el infelice Juan Jacobo y de la que arrancan, según muy encumbrados pensadores, el romanticismo en política y literatura: dos formas del espíritu de rebelión, de la sensiblería caprichosa y la hemorragia de la palabra, que llevan entre las flores de trapo de los idealismos ornamentales los venenos sutiles de flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento.


Parecería incomprensible que en este mundo, donde reina el más tiránico determinismo, y donde los fenómenos se subordinan los unos á los otros sumisamente, las quimeras y los romances, de libertad igualdad y fraternidad, imaginados por un héros lâche et délicat, hayan ejercido tan misteriosa acción sobre los hombres, si no fuese cosa averiguada que éstos adoran los discursos, fantaseos y dulces damiselas que más los engañan, adulan y fascinan. Y el mísero y glorioso Rousseau, es el fascinador más grande que, después del Nazareno, ha visto la humanidad: «un maestro de ilusiones y un apóstol de lo absurdo», como dice alguien con crueldad, pero no sin exactitud. Él amó ardientemente á los desheredados de la fortuna; clamó contra los poderosos, aun cuando se holgaba en su compañía y comía su pan; sufrió á la vista de todos, los dolores de la inteligencia, del orgullo, de la carne flaca, y comunicó á todos también sus rencores, despechos y fiebres de reparaciones sociales y dicha universal. Fué el novelador de la Utopía y el arquitecto lógico de un sueño de poeta. Por eso ha sido y será el eterno revolucionario y el eterno ilusionista. Su poder de encanto y seducción, calor comunicativo y contagiosa locura de bondad y virtud, es para la conciencia lo que para el Deseo el dulce é irresistible canto de la sirena. Fuera preciso no tener sensibilidad humana para escuchar sin embriaguez, los persuasivos y cálidos Discursos, Rêveries y Confesiones que se dirigen artera y directamente, no al cerebro, sino al corazón, al orgullo, á los apetitos que robustecen las ansias legítimas, en suma, de placer y dominación. Nuestras flaquezas están de su parte, sus debilidades de la nuestra: por eso ha reinado y reinará. Y he aquí lo estupendo: salvo la sana aspiración hacia la dicha y el imperialismo democrático que ocultan las frases fraternales, la dolorosa experiencia de los pueblos proclama que todo es falso en las doctrinas que han hecho sacudir á la humanidad en tan violentas convulsiones y preparan al presente otros y acaso más terribles sacudimientos para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno por naturaleza; falso que nazca libre é igual á los demás hombres; falsa la fraternidad y las utopías sentimentales basadas en el desconocimiento absoluto de la fisiología humana.

¡Pero qué importa!

Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo arraigue y viva en la inteligencia y el corazón de la humanidad, no obstante sus contradicciones y pueriles fundamentos, es que en vez de ser una grande verdad es una grande ilusión. Lo imperecedero de él son sus errores. Gracias á ellos, y no á su substancia lógica, hase convertido en verdad popular, en injusticia, en esclavitud. Á tal punto que, sin quererlo, el observador de los tiempos que corren se pregunta, rugando la pensativa frente, si el verdadero libertador de los ilotas, el destructor del último ídolo y de la última tiranía no será acaso el que asesine la Libertad...


La moral de la Fuerza, velada hasta ahora á los ojos humanos, pero presente en el mundo, no admite del desorden anárquico, ni la mentira, ni el error, ni las contumaces falsificaciones del espíritu, porque la Fuerza, ó por otro nombre, la razón física, es lo que es y no puede menos de ser; lo que triunfa fatalmente, la condición única y suprema de las realidades, y lo que establece en toda suerte de cosas una indestructible jerarquía, un orden divino, al que nadie ni nada escapa, ni aun la razón mística, que viene á ser así como la loca de la casa de la otra y universal razón.

Un escolástico, Duns Scot, maravillado, sin duda, por las manifestaciones disfrazadas, pero reconocibles para el ojo profundo de esta mecánica inteligente que rige en el universo, preguntábase atribulado por heréticas vislumbres y afanes prolijos, si la materia no pensaba, tan armoniosas y de buen concierto le parecían su estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, iluminando el alma obscura de las cosas con las sutiles claridades de su misticismo adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren á las flores ni más ni menos que á nosotros. «Ellas tantean, dice, en la misma noche; encuentran los mismos obstáculos, la misma mala voluntad en el mismo ignotus. Ellas conocen las mismas leyes y las mismas decepciones, los mismos triunfos, lentos y difíciles. Parece que tuvieran nuestra paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma esperanza y el mismo ideal», y considerando el esfuerzo inteligente y formidable de las flores, los inventos ingeniosos, los prodigios de imaginación, las industrias de que se valen para convertir en mensajeros de sus aromados suspiros y fecundos besos á los insectillos y las brisas, y unirse á los amantes lejanos é inmovibles, burlando el cruel destino que las ata al suelo; reconociendo, en fin, la suma de voluntad y pensamiento que anima la vida heroica de la flor, deduce que «no hay seres más ó menos inteligentes, sino una inteligencia esparcida á todo; una suerte de fluido universal que penetra en diversos grados, según que sean buenos ó malos conductores del espíritu los organismos que encuentra. El hombre sería hasta aquí, sobre la tierra, el modo de vida menos resistente á ese fluido que las religiones llamarían divino. Nuestros nervios aparecerían como los hilos por los cuales se esparciría esa electricidad sutil. Las circunvoluciones de nuestro cerebro formarían, en cierto modo, las bobinas de inducción, multiplicadoras de la fuerza de la corriente; pero ésta no sería de otra naturaleza ni provendría de otro origen, que aquella que pasa por la piedra, los astros, la flor ó el animal.»


Sí; podría aseverarse muy bien, no sólo que la materia piensa, sino que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma de él, una manifestación autoritaria de la razón física, á la cual la conmovedora é incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se empeña en oponer la razón mística, que es en realidad una creación y una servidora de aquélla, del mismo modo que los instintos y las pasiones. Los devaneos, fantasías, caras á las veces, y briosas imaginaciones de esta razón que vive de prestado, perduran, resisten á la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solícitas los firmes designios de la razón madre, donde encuentran su razón de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intangible. Son como las floraciones y galas mudables de un árbol eterno. He ahí por qué las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y caducan; y he ahí por qué, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la razón de una época parecen ó son sacrificadas al dar á luz la razón, la virtud y la bondad de la época que sigue. Así las duras virtudes del paganismo, fueron destruídas sin piedad por las piadosas virtudes cristianas, y éstas que alguien llama con ternura melancólica les vertus délaissées, empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra, muestran las encendidas flámulas de sus floraciones tropicales en todos los horizontes y principian á enseñorearse del paisaje moral visible á los ojos humanos.