Diríase, observando el carácter protector de las religiones y las morales, que unas y otras no tuvieron más objeto que el de establecer la supremacía y favorecer la supervivencia, en un momento preciso de la historia, del grupo más rico de savia vital é ilusión favorable á la conservación de la especie, formando para ello con los dogmas, reglas, virtudes, cilicios y disciplinas el caldo de cultura moral, digámoslo así, en el que la misérrima, aunque dominante colonia humana, pudiera absorber mejor los jugos de la vida. Es por este orden de ideas que, sin mayor audacia, puede aseverarse, no sólo que el bien y la verdad son dos formas antiguas de la Fuerza y el derecho un legado de ella, sino que Dios mismo, bueno ó malo, cruel ó piadoso, guerrero ó pacífico, según los momentos, es una manifestación prodigiosa de la voluntad de los hombres.
Cuán otro hubiera sido el destino de las religiones sin el terror de la muerte, poeta brioso y fantástico de las fábulas olímpicas; cuán desprovisto de encanto sin el misterio de las cosas; cuán deleznable sin las amenazas de lo ignoto, sin la urgente necesidad de darle un nombre á las energías creadoras del misterioso universo para ajustar á sus leyes la conducta y prolongar la existencia! De ahí que los mandamientos de Dios, aun los más crueles, sean conservadores de la Vida y al modo del instinto vital, servidores humildes de ella. Lo divino se ofrece así á los ojos atónitos como un substratum de las leyes de la materia... Ya se ha visto como en las entrañas de las doctrinas espiritualistas, existen barruntes reveladores de la identidad de lo divino y la fuerza, y común origen de la materia y del espíritu—Bruno ya anunciaba que Dios es la fuerza que se transforma en todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y siempre la misma en sí,—y como la evolución filosófica tiende á un monismo absoluto, materialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de la ilusión humana y ayuno de toda grandeza, causa la desesperación de los obstinados irrealistas y provoca las líricas cóleras de ese ente radioso y obtuso que se llama el poeta...
Con eso y con todo, el tal materialismo, que penetra el pensamiento contemporáneo, sin curarse de las declamaciones sonoras y huecas con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos de desesperanzar á los hombres, como pudiera creerse, al destruir implacablemente sus fantásticos sueños, podría resolver, por el contrario, lo que se consideraba eternamente irreconciliable y antagónico: la pugna de la Fuerza y la Razón, y las irreducibles antinomias del interés y del altruísmo, del individuo y de la sociedad, de la bestia y del hombre; las crueles antinomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones subjetivas y las realidades indestructibles del mundo.
Apoyándose en algunas verdades indiscutibles, que no están en desacuerdo con los postulados de la experiencia, como las morales espiritualistas y los dogmas antropocéntricos, tal vez pudiese el instinto vital componer un nuevo brebaje de ilusión, que haría reverdecer las fértiles praderas de la esperanza en el alma aridecida de los hombres. Para ello bastaría desentrañar los elementos sociales que lleva en su seno, como la áspera corteza la sabrosa pulpa, el principio selectivo, cruel y destructor, que es la enjundia y el alma de diamante de la Fuerza y de la Vida. En vez de desoír las voces secretas y los eternos mandatos de la diosa inexorable y revelarnos contra ellos, oponiéndoles, ¡pueril intención! las leyes falaces de un universo ilusorio, en el cual no creemos ya, sería más digno de una acendrada sabiduría someterse y convertir por un sortilegio de la voluntad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero é indómito, que burlándose de falsas autoridades y falsos reglamentos, voltea nuestros castillos de naipes ó nos acecha airado en todas las encrucijadas de la vía dolorosa. Sólo así pudiera ser que la planta de estufa de la moral, hundiera sus endebles raíces en la tierra firme, dando al aire libre flores y frutos, y que el Derecho, la Razón, la Justicia no fueran, sin la superstición del creyente, puras entelequias, ídolos grotescos, fetiches irrisorios, sino expresiones reales y legítimas de lo divino natural, reconocido y acatado por la inteligencia del hombre.
Á pesar de la pobre condición humana y miseria del mundo, no parece imposible elevar sobre las ruinas informes del idealismo de Platón, del que derivan no sólo las grandes falsificaciones que consisten en anteponer las ideas á las actividades, á los hechos de fuerza que las crearon, sino en anteponer la razón mística á la razón física, y en ponerle á ésta la máscara de aquélla, no parece imposible, repito, elevar un templo grandioso, construído con los materiales del planeta, y donde, convertidas en ilusiones posibles y realidades futuras, pudieran recogerse y esperar las Quimeras y Utopías, antaño acariciadas como un lenitivo á sus males, por la humanidad doliente y ensoñadora.
Existen razones, cada vez más pertinaces y sugestivas, para darnos á pensar que la Fuerza no es tan antagónica á las asiáticas esperanzas humanas como Apolo y Jesús, por motivos ocultos, nos lo han hecho creer. Puede afirmarse sin loca temeridad, que su inteligencia y su razón se acuerdan más con el genio de la especie y son, en definitiva, superiores á la razón é inteligencia del Espíritu. Prueba irrefutable de ello, es que este audaz aeronauta termina infaliblemente las ideales excursiones por el cielo azul,
«que no es azul ni es cielo»
cayendo en los pantanos más cenagosos de la necesidad; mientras que el culto de la diosa omnímoda, al absorber en los robustos pechos de la Naturaleza el néctar y la ambrosía del olimpo, se diviniza, rematando fatalmente, ora en la práctica ora en las doctrinas de sus pontífices más materialotes ó más románticos, en la religión de la Vida, y de una vida intensa, heroica, plena, desbordante de espléndida robustez y hermosura, por predominar en ella el instinto de grandeza sobre la dicha del mayor número y el nivelamiento común, enemigo ambagioso ó declarado de toda superioridad y aun de la vida misma, de los pensadores devotos del humanitarismo.