Mas, pasando de las ideas al gobierno del mundo y práctica de la vida, los glorificadores de la fuerza, el éxito y el valor—entre los que se podría incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, Stendhal y el famoso conde de Gobineau, al dulcísimo Renán,—tienen precursores tan remotos y venerables como los sean Heráclito y Lucrecio en el terreno de la especulación filosófica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas ultra-aristocráticas é individualismo razonante y feroz, que muy bien pudieron inspirar el imperialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el imperialismo apolónico del profesor alemán; los evangelios políticos del gran Federico y de Bonaparte, y hasta el paradójico «Crimen considerado como una de las bellas artes», de Tomás de Quincey, pues ya el representante de la aristocracia jónica en uno de los más famosos Diálogos de Platón, veía en el crimen, antes de Weiss, quien asegura «que es hermoso un hermoso crimen», ese elemento de heroísmo y belleza reconocido siempre por las multitudes en las fechorías y desmanes de los bandoleros famosos. Y es que antes de los glorificadores de la fuerza vencedora, el corazón fué siempre devoto de ella. En la admiración secreta, vergonzante, pero profunda que, á pesar de nuestros arrechuchos humanitarios, nos inspira el egoísmo avasallador de Bonaparte, las cínicas dobleces de Bismark ó la ferocidad del bello Borgia, á quien muchos delicados artistas llaman con delectación el divino, existe una aceptación tácita de los derechos inhumanos del gorila más membrudo; una consagración íntima de lo que es naturalmente legítimo, y, al mismo tiempo, una incoercible simpatía que en vano tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones de la naturaleza, muy semejante á la que nos mueve, mal nuestro grado, á perdonar las faltas y hasta los dolos y crímenes que como un bandido romántico suele cometer Eros, contra el orden consagrado por el artificio de las leyes.
Esta simpatía entusiasta y cariciosa, que hunde sus profundas raíces en lo inconsciente del alma popular, se hace visible en las mitologías, afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; fulgura como la lumbre del encendido carbón, en las sonantes estrofas de poetas épicos y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, en el coraje y la belleza dos maravillas ó embrujos del mismo daemon que dispone sabiamente las alas para el vuelo y los pies para la carrera; y transciende de un modo manifiesto en las leyendas de las edades heroicas, donde, sin subterfugios, imperan los hombres de más grande y duro corazón: les bêtes de proie hiperboreens, los eugénicos, los hombres de presa, en fin, nacidos para dominar, tenaces é indómitos en los cuerpo á cuerpo con el Destino, pero á la vez los más obedientes y aptos para acatar, sin interrogarlas, no las leyes eternas de Dios, como diría Carlyle en su lengua inspirada, sino de la Naturaleza, de la Vida, de la Fuerza, que es lo divino en el universo confuso que al hombre le es dado penetrar y comprender.
Y he aquí, acaso, el secreto del amor instintivo é irresistible del alma, por todo lo que triunfa, domina y prevalece.
Es la dulce cautiva, enamorada siempre detrás de los barrotes de su prisión del terrible y hermoso caballero que la hizo prisionera.
El prestigio de los héroes, grandes capitanes, profetas dulces ó ceñudos y hasta de los dioses, nace de que unos y otros, aunque de distintas maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos á los ojos de las multitudes con los atributos marciales de la Fuerza, que son los de la Divinidad. Un Dios que no opera milagros para mostrar su poder, no goza de buena salud. Por eso, sin duda, los artistas de la Grecia adivina y reveladora, ponían el rayo en las manos de Zeus y en las de su hija Palas, la diosa de la razón, una lanza y un escudo... Los héroes y los dioses son tanto más grandes cuanto más osados y terribles. Diríase que el Alma, la cautiva lánguida y suspirante, no reconoce ni se deja seducir por otros atributos ni prestigios que los de la Fuerza, y de ahí que los invoquen y se vistan con ellos, desde los emperadores de férrea armadura hasta los caballeros andantes que ostentan en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los que pretenden atraerla, seducirla ó dominarla.
Considerando el extraño é íntimo parentesco de lo divino y de la Fuerza, se ofrece al espíritu una inquietante conjetura que, á ser verdad, podría resolver por modos no pensados, grandes misterios y terribles antinomias. Si el último término del análisis de la materia es la fuerza, como parecen probarlo muchas hipótesis, y, sobre todo, las curiosísimas investigaciones de Le Bon; si la vida y la muerte no son otra cosa que las perpetuas transformaciones de ella; si á sus misteriosas reacciones deben los mundos la existencia y estabilidad en el espacio infinito; si ella es la razón única de todas las cosas, de donde todas salen y adonde todas vuelven, puesto que todo sale del éter y todo retorna á él, y, finalmente, si la condición de la vida y del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio de la fuerza obedeciendo á la suprema armonía de sus propias é infalibles leyes, la Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las religiones y la Razón de los filósofos estuvieran contenidas en el alma infinita de la Fuerza; el mundo mismo fuera su emanación, lo cual explicaría que todas las cosas participasen de la naturaleza combativa de aquélla, y en el trono de la divinidad usurpadora se asentaría radiosa y triunfante la virgen señuda y de duro corazón. La Fuerza sería Dios y Dios un hombre y una hechura de la Fuerza...
Lo terrible de esta sacrílega conjetura es que tiene todos los visos de la turbadora verdad que ya los griegos, maestros en toda clase de intuiciones, vislumbraron en la naturaleza y en el alma humana. Sus dioses fueron la divinización ingenua y encantada de las fuerzas naturales, y también de la fuerza invisible de que ellos se sentían depositarios. El Dios de las religiones monoteístas, producto más complejo de la alquimia mental, pero no de distinta esencia que las divinidades paganas, podría ser muy bien la reducción de éstas á una sola, ó de otro modo, la diosificación de la fuerza total, anunciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias leyes al mundo de la materia, la vida y el entendimiento. Fuera de que todas las divinidades se decoran y engalanan con los fascinantes atributos del poder, cual si hicieran impensadamente gala y ornato de su terrible linaje, en el limo milenario de las creencias primitivas quedan como restos fósiles, indicios indelebles de las necesidades fisiológicas y de las razones utilitarias que seguramente determinaron, en la cándida aurora del mundo, la formación de las religiones y las morales.
En la dura infancia de Atenas, Esparta y Roma, la religión, que absorbía todos los poderes para cumplir mejor el grave cometido que el instinto vital la confiaba secretamente, pudo mostrarse, como lo afirma Fustel de Coulanges, extraña ú hostil á los intereses y conveniencias de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto estos intereses y conveniencias no eran consonantes con los que ella defendía ferozmente, como una loba á sus cachorros. Mas en época ninguna se mostró la religión hostil ó extraña, en realidad, á los intereses de la Vida. Las instituciones y leyes de la ciudad fueron implantadas porque la religión lo quiso, no por razones de utilidad civil, es cierto; pero no es menos cierto que la religión lo quiso precisamente porque eran cosas útiles. Los intereses divinos siguen las evoluciones de los intereses vitales, como la sombra ligera los movimientos del cuerpo, y si, por cualquier causa, no lo hacen pierden su valor y degeneran en prácticas ociosas. En las mismas páginas de «La Cité Antique» no es difícil empeño el constatar hasta qué punto la organización religiosa de las sociedades, estudiadas por el sesudo y experto Fustel de Coulanges, obedecía á fines altamente utilitarios. El carácter sacerdotal del padre y el culto de los muertos, unían estrechamente las generaciones. Cada hogar era un templo donde se acumulaba y mantenía religiosamente, de padres á hijos, la fuerza del pasado. Agrupados los miembros de la familia alrededor del humilde altar en el que ardía en mansa dulcedumbre la leña sagrada, sentíanse herederos y tributarios de la llama viviente de que el fuego sacro era símbolo, y robustecían unánimes, en el mismo culto, las virtudes domésticas conservadoras de la preciosa célula social que atesoraba los gérmenes de la humanidad futura. Los dioses Lares la protegían celosamente, y el cerco sagrado de Términus barbudo aislábala de los extranjeros y de toda influencia extraña al culto familiar y por lo tanto corruptiva y deletérea. Luego, al unirse las familias en curias y tribus para constituir la ciudad, nacen los dioses y las reglas morales que protegen á ésta, facilitan la unión de los elementos que la componen y crean las costumbres y prácticas religiosas menos hostiles á la plebe, sin fuego sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados ni religión. Los Lares y Penates se transforman entonces en divinidades nacionales. Más tarde, cuando las perentorias urgencias ambientes piden y reclaman que se fundan los grupos humanos y dilaten los estrechos límites de la ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren los anquilosados brazos á los recién venidos. Por último, llegado el solemne instante de la comunión de los pueblos, preparada laboriosamente, mucho antes del advenimiento del cristianismo, por los discípulos de Pitágoras, Anaxágoras, Zenón, los sofistas y los poetas de ideas contrarias á las divinidades nacionales y propicios al cosmopolitismo del cerebro y del corazón, aparece el Dios único, que no rechaza hosco al extranjero, y une en amoroso abrazo á los hombres de todas las clases y patrias. Pero esto era precisamente lo que necesitaba la evolución de las sociedades.