Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio profesor de Cambridge, sobre la generación espontánea, hacen, cuando menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la materia inerte á la materia organizada. Los radiobos, los artificiales animálculos producidos por la acción del radium sobre la gelatina esterilizada, ofrecen singularísimo parentesco con la materia viviente, y aunque el rigorismo científico de los institutos les rehuse el carácter de bacterias, puede admitirse, sin cándida credulidad, que aquellos semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen, mejor que el cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado á lo animado.

Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por insalvables, entre los mundos orgánico é inorgánico que mil analogías y correspondencias intrínsecas aproximan y confunden, se reducen á cada nuevo descubrimiento y no tardarán en desaparecer en absoluto, como van en camino de hacerlo, á la par de los dioses, dogmas y augustas entidades de la teología y la metafísica, las viejas murallas de la China y los místicos fosos que separaban celosamente los dominios linderos del cuerpo y del alma.


Aseguraba el honestísimo Taine que «las mismas leyes rigen al hombre y á la piedra del camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa en su época, va convirtiéndose, limada de ángulos y puntas por el uso, en certidumbre cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo desde que la síntesis de los conocimientos actuales afirma, implícita y aun formalmente, el común origen del mundo físico, del mundo orgánico y del mundo moral. En efecto, á pesar de las travesuras del neo-vitalismo y las argucias de la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostración, el avance de las ciencias concurre por vías distintas y múltiples á destruir las viejas dualidades de la materia y la energía, de lo inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma, dividida asimismo, según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa y perecedera. Las manifestaciones vitales son consideradas por una novísima doctrina que goza de gran predicamento, como metamorfosis energéticas de idéntico modo que las demás manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el pensamiento distinto de la vida, porque el análisis no ha llegado á su sazón aún, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo á los inquisitoriales potros, que las piedras viven y mueren, que los metales se fatigan, que la materia, aun la más pesada y consistente, es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza; la vida, un complexus de operaciones físico-químicas de la misma naturaleza que las que dan origen al individuo cristalino, el cual nace, asimila y se reproduce de un modo casi idéntico á como lo hace la substancia viviente; la inteligencia, una máquina explosiva de más rápidos efectos, pero no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta directora de la maravillosa adaptación de los órganos sexuales de las plantas para ser fecundados por los insectos, ó preparado en el andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, á fin de que éstos puedan servirse de sus órganos visuales en los abismos tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz... Todo vive de la misma vida y una es el ánima de toda cosa. Y lo que más espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, esa actividad creadora y á una mortífera que los físicos descubren en las entrañas del átomo, los fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en los orígenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan á columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazón de las sociedades.

Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos de nuestra indignada voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa tentación de atribuir los fenómenos físicos ó morales á la causa generadora—fuerza, energía ó movimiento—que ya buscaron en sus hornos tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle fuerza, porque es el término empleado corrientemente en la explicación de todos los fenómenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la orquestación del universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares y las construcciones pasmosas del espíritu; ella, finalmente, se impone cada vez con más tiranía al entendimiento como el principio único del que serían portentosos atributos por orden cronológico, la materia, la vida, la inteligencia, el alma...


Este monismo archi-materialista, no barruntado por Heráclito en la remota antigüedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo Haekel en los tiempos modernos, traería aparejadas catástrofes inmensas en el orden moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas para nuestro orgullo infanzón de vástagos del Espíritu, así que los pacientes y sapientísimos varones que exploran la razón de las cosas, empezasen á descubrir los gérmenes terribles de la fuerza en el alma blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los abismos de la conciencia sublimal, viene preparándose sigilosamente desde luengos siglos. Es posible. El aire huele á tormenta. Sea lo que fuere, lo cierto y lo que está al alcance de cualquier quisque, á poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia filosófica, es que desde el naturalismo jonio acá; desde que las cosmogonías y las éticas pierden su carácter divino y se convierten en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos activos de la fuerza entran más ó menos secretamente en la composición de las ideas. El amor propio de La Rochefoucauld, que es, en último término, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco deseo de poder de Hobbes; el derecho natural de Spinoza; el instinto de soberanía de Mandeville, primo carnal del instinto invasor de Blanqui y de la fuerza fundamental del ser humano de Stirner; el interés de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el principio selectivo de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el mayor motivo de Spencer y las mismas ideas-fuerzas de Fouillee, y, por último, la expansión de la vida de Guyau y la voluntad de poder de Nietzsche, principios más universales de la conducta, tentado estoy de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento teórico más ó menos implícito de la energía combativa que, en la práctica, ha dirigido los movimientos armónicos ó desordenados del alma humana.

Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo Heráclito nos advierte que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran que el derecho natural es el derecho del más fuerte, y Pascal que la fuerza «es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque es una calidad palpable, en cambio que la justicia es sólo una calidad espiritual de la que se puede disponer caprichosamente», de lo que deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo fuerte»; Vaunenargues afirma «que todo se ejecuta en el universo por la violencia», formulando antes que Darwin, como ya lo había hecho Lucrecio en la antigüedad, la ley de la lucha por la vida, «la más absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, cortando por un inopinado atajo del humanitarismo, á la manera de tantos apóstoles de los ideales fraternos, como Prudhon que acierta á ver en «la dignidad la cualidad altanera que empuja al hombre á la dominación de los otros hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole France, quien con su sonrisa bondadosa nos dice que «vivimos de la muerte de los otros», pronuncia esta diamantina sentencia: «La fuerza es un don de los dioses. Armándote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su voluntad. Huye de estos lugares, cede á la fuerza ó combate», bellas y crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar á Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del deseo insaciable de posesión y de mando, y deja caer de los verídicos labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas de su idealismo altanero y señoril: «La fuerza bien comprendida es la medida de todo mérito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno símbolo de la fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son idénticos, la realidad es la verdad, «la cosa fuerte es la cosa justa»; lo cual induce, como la Idea de Hegel, de la que toda realidad es un momento, á la glorificación del hecho, á legitimar la misión histórica de los maestros alemanes y las aplicaciones prácticas de Bismark; á concluir con Strauss que «la Necesidad es la Razón misma» ó con Nietzsche que el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas antiguas de ella.

Con estas trazas é invenciones desaparecen no sólo del mundo moral, sino también del mundo lógico, todo principio divino ó racional, toda evaluación humana que no sea una cristalización maravillosa de la Fuerza, la tabla de valores ideales que por necesidad y utilidad un grupo dominante de hombres supo imponer á otros grupos y que después se erigen en dogmas, en verdades religiosas, en reglas morales. De donde se infiere rigurosamente que las reglas morales, las verdades religiosas y los dogmas, no son otra cosa, en el fondo, que transformaciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza.