Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegría en la ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes, las pasiones fogosas y desmandadas, los egoísmos vencedores, y el orgullo satánico:

«Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux».

apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen en tropel de las lóbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y, revelándose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del Alma, sustentada con grande penuria á los flacos pechos de la metafísica, y enemiga de la Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la Vida, que se nutre en las morenas y ópimas mamas de la tierra, no reconociendo otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su reinado. La filosofía de la historia y la historia de la filosofía, proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesión, y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y cruel á Psiquis de la inmortalidad para conferírsela á la materia, fortifica el novísimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal no es el alma, sino el plasma germinativo, depósito minúsculo y misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas las generaciones, que éstas se transmiten, por medio del acto genésico, como una herencia sagrada y eterna...

Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba en la Carrera de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris en Egipto, las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de Demeter en Sicilia, unidas á los juegos atléticos y á los cultos cándidos ó torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas civilizaciones, dan indicios inequívocos del instinto seguro, aunque mal interpretado á veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida que siempre indujo al hombre á la adoración de la animalidad humana en su impuro, pero fecundo esplendor.

Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reanúdase, con más ahinco y encono, el duelo á muerte del espíritu y la materia, del alma y del cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta vez el instinto, el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mágico penacho del poder de crear las ilusiones propicias á la existencia que la Razón tiende torpemente á destruir con sus construcciones artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección de la Vida entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua y desvirtúa, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero es lo favorable á ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que á ella se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria opuesta á lo que es, se desvanece y surge el mundo de las realidades indestructibles y las verdades útiles parido con dolor por una nueva y próvida Fatalidad. Y aquí se produce la transmutación de valores que indujo al gran revolucionario de la filosofía á oponer con magnífica pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que nadie osó: á la pequeña inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto; á las falsas jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, las legítimas jerarquías que, en todos órdenes de cosas, establece la fuerza; á la piedad del individuo, virtud egoísta de los débiles, la piedad de la especie, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una humanidad doliente y apocada, el culto del superhombre, germen de la vida desbordante de belleza y generosos ímpetus; á la destructora moralina de los esclavos, la moral creadora de los aristos; á la religión de la paz y la humildad, la religión del esfuerzo y de la lucha trágica contra el Destino; á los mandamientos seráficos de Jesús, que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos.

En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascéticas huyen despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos pámpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente dios. La esencia de la filosofía de Nietzsche, de quien panegiristas ó detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y epidérmico, está concretada y contenida en las siguientes afirmaciones: la voluntad de dominación es el nervio del mundo: todo tiende á ocupar más espacio; la Vida, la única cosa sagrada, se dicta sus leyes y fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante expansión de la vida, lo cual entraña la adoración de la fuerza como origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no como espectáculo transcendente y finalista, sino como espectáculo estético. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es lo que impide á Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad alguna y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan también al figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza, á la cual, por darle un nombre más concreto y á la vez menos objetivo, que no suponga el conocimiento imposible del fenómeno, llama el maestro voluntad de vivir y el discípulo voluntad de dominación; pero aquí se separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios de su íntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, todo egoísmo, todo deseo para llegar á la inefable euthanasia y escapar al dolor, Nietzsche llama á sí los dolores, pasiones, instintos y exasperadas apetencias del alma, á fin de embravecer en la criatura la voluntad de dominación, hacer más terrible la lucha del deseo insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombría majestad de la existencia. El culto trágico de la vida y el estetismo heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardín de las Furias.


Mas la voluntad de vivir y la voluntad de dominación, que á veces las sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filósofos en entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, digámoslo así, de la fuerza á secas, de la energía ó principio generador del universo, y según todas las apariencias y probabilidades, también de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio dinámico, si se hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el agua de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintón, y el fuego viviente de Heráclito; lo indefinido de Anaximandro y la unidad absoluta de los alejandrinos; la idea de Platón y la actividad pura de Aristóteles; la substancia única de Spinoza, y, por decirlo todo, la causa primera de las filosofías y lo divino de las religiones.

El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas generatrices de lo creado á un solo principio y establecer la unidad de naturaleza física de todos los fenómenos, se columbra aquí y allá, como un errante fuego fátuo, entre las tinieblas de la filosofía de Jonia y Abdera; en la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo; tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula más ó menos categóricamente en las estrambóticas explicaciones del iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una afirmación razonada y formal, en la concepción unicista ó monista del universo y la doctrina físico-química de la vida, á las que han prestado últimamente eficacísimo concurso, el formidable trabajo de los laboratorios y, sobre todo, considerándolos de cierta manera, los desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke.

Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros portentos, que los indivisibles é inmortales átomos de Demócrito y Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depósitos de la energía dispersa en el universo, la cual en efluvios magnéticos, emanaciones de distinta índole y explosiones perennes y varias de la misma naturaleza que la luz, la electricidad ó el calor, abandona las prisiones del átomo y retorna al éter de donde salió, formando por tal arte, el maravilloso puente aéreo que una la materia ponderable á la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio actividad, que en mayor ó en menor grado poseen todos los cuerpos, y que es el fenómeno específico de su disociación ó muerte, como el último suspiro de la materia antes de volver á la nada... Pero, en verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce y silenciosa de la materia indestructible? ¿la substitución del dogma clásico «nada se crea, nada se pierde,» base de la química y la mecánica, por la fórmula heterodoxa «nada se crea, todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter de donde salió la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para nosotros la nada, por escapar á nuestros medios de apreciación; pero no es probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas del universo son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenómenos físicos no son posibles sin su existencia. Le Bon acierta á imaginarlo, al igual de la materia, como un milagroso equilibrio de la energía, sólo que móvil é intangible, «fuente primera de las cosas y último término de ellas». Lord Kelvin supone que el éter es un sólido dotado de extraordinaria elasticidad y que llena todos los ámbitos del espacio. Para algunos físicos, y no de los menos célebres y autorizados, la molécula material es sólo éter. De todas maneras y como quiera que se mire, el éter es algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación de tantas abstrusas hipótesis é indiscutibles certezas, es que la materia parece á todas luces una forma de la energía universal contenida en el éter; que materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los efluvios sutiles de la radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etéreos, participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos.