Un hecho se ofrece á los ojos, fútil y vacuo al parecer, pero sugestivo y transcendente en realidad: es el carácter guerrero de los fenómenos. Esta combatividad originaria y común que les presta á todos ellos así como un acentuado aire de familia, perceptible hasta para los observadores miopes, induce á Le Dantec á substituir la noción de vida universal por la noción más exacta de lucha universal. «Ser es luchar; vivir es vencer.» Y tal sentencia, que el solo espectáculo del mundo debió sugerir al hombre de las cavernas hace incalculables siglos, resulta, á pesar de las doctas lucubraciones sobre la fraternidad de San Agustín y los discursos sentimentales de los pacifistas, tan verídica en lo que atañe á la materia como por lo que toca al espíritu. El carácter belicoso y la condición cruel son los lazos de parentesco que unen estrechamente los fenómenos físicos, vitales y morales. Los instintos, sentimientos é ideas luchan también por el espacio y la dominación. Y sus luchas y tiranías no son menos cruentas que las rudas batallas de los elementos sexuales por el patrimonio hereditario, ó los combates heroicos de la humilde amiba con el medio ambiente, ó las feroces riñas de los hombres en la conquista del pan, de la gloria ó de la mujer.


El aspecto de un cerebro ó un alma después de sufrir las invasiones de los bárbaros de ideas y sentimientos no familiares, debe de parecerse á un fragoroso campo de batalla cubierto de cadáveres, ruinas, fugitivos escuadrones y soldados ébrios de sangre y de victoria. ¡Hecatombes, incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! Jamás he percibido bien la radical diferencia que á lo que parece existe, entre las luchas de los ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que éstas sean de otro linaje ni menos mortíferas. Las tiranías de la pluma parécenme tan despóticas como las tiranías del sable y acaso más, si se considera que las opresiones mentales, aparte su ingénito encono, violan sin piedad lo realmente sagrado del individuo: los altares de la conciencia y del alma. Por eso, sin duda, humorística, pero profundamente, decía el dulce y maleante Renán: «más vale el soldado que el sacerdote, porque al menos el soldado no tiene ninguna pretensión metafísica». Así delataba con sutil socarronería, el carácter despótico y fanático de los imperios espirituales.

Extraño é ingenuo prejuicio, en verdad, el que nos ha inducido en todo tiempo á someternos humildemente á las coerciones hipócritas de la Idea, creyéndola de otra prosapia más conspicua que las resueltas coerciones del Factum. Cuántos furibundos anatemas y saetas envenenadas dispara diariamente el idealismo á lo Cousin contra las iniquidades de la fuerza bruta, y cuántas frases crespas y huecas no deposita, como ofrendas de miel y de flores, á las plantas de la severa Palas... vestida de punta en blanco y presta para el combate, porque es combatiendo, porque es por medio de la destrucción y la conquista, que la diosa de los ojos fríos y claros extiende sus dominios en las tierras del alma... La Razón es esencialmente guerrera y dominadora. Las ideas no son vírgenes tímidas de albas manos y blando corazón, mas intrépidas amazonas que en los riscosos campos de la conciencia, toman feudales castillos; entran á saco villas y ciudades; incendian, matan, destruyen los templos y las mieses, y hacen prisioneros y esclavos. Una modesta, una humildísima sensación se introduce á hurto en el receptáculo misterioso de la célula nerviosa; sigilosamente se atrinchera allí; congrega, muy luego, en torno suyo otras sensaciones hermanas y al mismo tiempo combate y destruye poco á poco, pero tenazmente, las sensaciones antagónicas: así dilata sus zonas de influencia á los centros nerviosos; conquista después de muchas maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los lóbulos cerebrales; invade los dominios del alma, haciendo riza y estrago de todo lo que se opone á su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de guerra, audaz y avasalladora al mundo exterior para transformarse, ejerciendo las mismas violencias, en hechos reales é imperar sobre otros hechos.

Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen ó mueren, crecen ó menguan, dominan ó caen en esclavitud gracias á las mil formas de selección que reviste el juego universal de la fuerza. Aun las cosas más delicadas y de cándida apariencia están sometidas á las duras leyes de aquel juego y á su vez las practican cruelmente. ¿Qué son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia; sin el divino poder de animar con un eurítmico soplo la materia inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué la grandeza moral sin las severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? ¿Qué la inteligencia, sin las tiranías y absolutismos del orden, del método; sin la facultad despótica de clasificar los fenómenos, establecer similitudes y descubrir las secretas é inefables correspondencias que introducen una musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe y confuso?

El estro poético y la nobleza del carácter, el prestigio del héroe y la virtud de la idea no tienen, mal que pese á nuestras magníficas ilusiones, otra genealogía que la de los hechos cesáreos. Ideas y sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas específicamente distintas de la energía creadora, sino modalidades supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espíritu, semejantes á las cristalizaciones regulares del reino inorgánico, á las que tiende la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraña y fatal inclinación. La armonía misteriosa de un organismo, de un alma ó de un mundo tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneció silencioso, el excelso y común origen en la inteligencia divina; pero ésta fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos que bordó la encantada imaginación de las religiones sobre el tenue cañamazo de un universo quimérico. Formidables intuiciones invitan hoy á pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la materia, ni otra Razón que la razón física, ni más Harmonía que los pasajeros equilibrios de una eterna lucha.

Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en el corazón ó en el cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y dominación que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el ejercicio de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de las sectas y escuelas entre sí; las herejías y los cismas combatidos por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los idealistas; las revoluciones rojas de los teóricos, y la propensión irrefrenable de las Iglesias y las filosofías á convertir el influjo moral en Poder, muestran hasta qué punto los principios activos de la fuerza, aunque disfrazados por ideales máscaras, ordenan las maniobras de las huestes espirituales para la conquista y sumisión del mundo. Los aparatos y máquinas de guerra cambian en las diversas contiendas por la dominación, pero el resorte es el mismo bajo la engañosa disparidad de las formas. Los ejércitos emplean armas y estratagemas; la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el amor; imperativos categóricos las morales, y las religiones milagros para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar. Nada escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente á todas las cosas reñir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se forma en el tiempo y el espacio: la opresión de la fuerza triunfante sobre la fuerza vencida. Los peces grandes devoran á los pequeños, las microscópicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos á los débiles, los dioses á los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de los otros. Mas sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas...

La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente y la condición necesaria de la vida.


Esta verdad, monstruo que con uñas de diamante desgarra la piel femenina de la celeste ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo á los cuatro puntos cardinales por las líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre todo, el que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, la enjundia de su doctrina filosófica y la substancia crítica disolvente de las morales que liban aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jesús.