Como creación de la Vida, imponiéndose una ley para asegurar la vida, las reglas y las evaluaciones morales, dictadas siempre por razones de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. Todas van, igualadas por el rasero de la inexorable Parca, á la fosa común, ó cuando menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes y los diferentes módulos de la cultura. Á un pueblo agrícola le conviene, y se crea, una religión y una moral de pastores; un pueblo guerrero una religión y una moral de soldados. El bien en sí, pájaro azul de la inteligencia, no ha podido ser descubierto por las inquietudes divinas del hombre en las excavaciones del pasado. Lo que aparece entre polvo y frías cenizas son los códigos de los grupos dominantes, ó sean las cristalizaciones útiles, y, por lo tanto, relativamente durables de la conducta, producidas siempre por los pasajeros equilibrios de una lucha sin fin. De donde se infiere que no existe una moral única, sino mil morales, igualmente verdaderas en un momento determinado é igualmente falsas después de él; y lo mismo podría aseverarse de la justicia y del derecho teóricos que, en fin de cuenta, á pesar de las transfiguraciones que les hacen sufrir los taumaturgos de las verdades eternas, no pasan de ser entidades sin contenido alguno, fórmulas vacías, cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, si no llevan en las estériles entrañas los gérmenes del acto, los embriones del hecho, ó lo que es idéntico: la potencia de convertirse en realidades.
El derecho al placer, al triunfo, á la vida de los tristes, los débiles, los enfermos, de los condenados por la naturaleza á la melancolía, la derrota y la muerte, no es sino un sarcástico desmentido de la grande justicia de la Fatalidad reinante en el universo todo, á la pequeña justicia que impera solamente en el corazón de los hombres, como una deidad sin virtudes milagrosas fuera de su templo. Suenen tan doloridos y desjuiciados los clamores contra la injusticia de la pastereulosis, que diezma las majadas, ó contra la temprana muerte de un ser amado, indispensable á la dicha de numerosas criaturas, ó contra la desgracia de un pueblo al que, adverso destino, por razones inescrutables para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias y los males, como los anatemas de los vencidos contra el inícuo triunfo de los vencedores, ó las iras de los justos sin virtud, contra el pecado virtuoso. La victoria del fuerte sobre el débil, ó del rico sobre el miserable, ó del inglés sobre el boer, se nos antoja injusta é irritante porque la aislamos de la serie fenomenal á que pertenece y que la determina, y no consideramos con bastante calma que «un phènomène actuel ce sont plusieurs passés qui luttent». Por donde, no sería ilógico admitir que generalmente lo que se llama injusticia es el resultado de muchas virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra ilusa piedad, el fatal término de una serie infinita de incapacidades, impotencias y pretéritos pecados.
Ser: he ahí la virtud suprema. Lo que es, aun bajo las réprobas apariencias de la iniquidad, no puede menos de ser transcendentalmente justo, porque, por el hecho de existir, demuestra su acuerdo íntimo y perfecto con las leyes universales. Sin duda, estas consideraciones, ú otras de parecido corte y talle, han inducido á muchos filósofos de azules pergaminos idealistas, y particularmente á los historiadores alemanes, á identificar la realidad y la verdad, el éxito y la justicia, la fuerza y el derecho. Las aspiraciones más señoriles y levantadas, tórnanse en cambio, desde tal punto de mira, en vanos ajetreos si no poseen el divino poder de agrupar en turno suyo las condiciones esenciales de la existencia, salir del Caos y del Limbo y operar el milagro de transformarse en realidades, acaso humanamente impías, pero eternamente legítimas y vencedoras.
Pero el turbador misterio del ser, las realidades materiales ó morales, ¿son otra cosa, en substancia, que las manifestaciones primigenias de la fuerza palpitante en las entrañas de todos los fenómenos?
Muy sesudos pensadores hay que niegan la existencia del elemento terrible y lo reducen á un concepto lógico. Para ellos, lo que llaman ahitos de científica suficiencia el dogma de la fuerza, es un resto de antropocentrismo, tendente á desaparecer como el principio vital, el alma vegetativa, las virtudes específicas y otras entidades milagreras de la filosofía escolástica. Según el autor de «Los orígenes de la Francia contemporánea», en el mundo físico, como en el mundo moral, «la fuerza es la particularidad que posee un hecho de ser seguido de otro hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus condiciones y dependencias: los unos morales ó concebidos bajo el tipo de la sensación, los otros físicos ó concebidos bajo el tipo del movimiento». Las causas desaparecen en esta sucesión colosal é interminable de los fenómenos, y la fuerza acaba por ser concebida, no como causa del movimiento, sino como movimiento sintetizado.
Sea lo que fuere, lo cierto es que, á pesar de nuestras repugnancias metafísicas, sobre todo por lo que toca á la vida y más aun al alma, las novísimas verdades que salen de los laboratorios y santuarios donde ofician los sacerdotes del saber, nos llevan como de la mano á considerar los fenómenos, cualquiera que sea la índole de éstos, como hechos de fuerza, si no parece muy profana la expresión, entendiéndose buenamente por fuerza el nombre común y sintético de las energías naturales.
Ya veremos en el decurso de estas divagaciones heterodoxas, cómo, sin salir de la isla de lo conocido, la cual no es tan diminuta como Littré pensaba, aunque el océano de misterio que la rodea sea muy grande é impenetrable; cómo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada y maldecida por los poetas, sin sospechar que era el alma de su estro y de sus rimas, es por igual el alma del mundo y la causa primera de todas las cosas.
No hay por qué adolorirse ni indignarse. Tal presunción es menos temeraria y absurda que las hipótesis que, sin escándalo, llevan en el disforme vientre las viejas cosmogonías. Mueve á risa el hecho sólo de suponer, al punto en que han llegado las certidumbres é intuiciones humanas, que las ciencias podrían aplicar sus instrumentos infalibles y razones experimentales á descubrir la voluntad divina en el orden del universo. Aunque nos pese y hiera nuestros sentimientos más caros, los fenómenos físicos constatan invariablemente la presencia de la fuerza y la ausencia de la divinidad. Y así como es imposible concebir siquiera el universo sin la energía, que con los nombres de cohesión, atracción, gravitación y otros mil mantiene los cuerpos como tales y rige las raudas carreras de los astros en el espacio infinito, tampoco es dado imaginar, á menos de acudir á las triquiñuelas de la concepción dualista, que los filósofos no invocan ya, los fenómenos de la conciencia sin el juego de los instintos, pasiones y sentimientos de estirpe fisiológica; sin las energías físico-psíquicas y físico-químicas, en fin, que se atraen ó rechazan, funden ó combaten, pero que siempre tienden á ser, á realizarse, y cuyas reacciones infinitas y complejísimas, dan pie y margen á la intrincada urdimbre del universo: milagroso equilibrio de fuerzas y luego de substancias y después de organismos y al fin de voluntades que pugnan por destruirse. Un acto, un pensamiento, del mismo modo que una vida ó un mundo, parécenme en su realidad primordial y esencia íntima, formas de la materia, y por lo tanto, momentos sutiles de la fuerza, no más sutiles, sin embargo, que la luz, la electricidad ó las operaciones químicas, superiores á la de nuestros más poderosos laboratorios y más clarovidentes que los más fabulosos prodigios de nuestra razón, que realiza una microscópica gota de protoplasma...