En tales ocasiones acontece á la eterna ilusa lo que á aquella infeliz criatura que, habiendo perdido á causa de terrible enfermedad la divina belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, providencial locura la salva de un desencanto mortal, haciéndole ver reflejada en los espejos, no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura de los gozosos días.

La humanidad ha padecido muchas de estas demencias saludables. Ellas le impidieron reconocer, cuando la verdad hubiera sido como escarcha sobre los tiernos capullos de las rosas, la futileza de los adobes y afeites que realzaban las gracias del alma á la luz de las candilejas metafísicas. Hoy el arduo problema estriba en averiguar si éstas no han perdido su mágico poder, y si la transfiguración de los hechos reales por la óptica de los moralistas, es todavía conveniente para la delicada salud del mundo.


Á decir verdad, la agonía de lo divino aparece á las inteligencias libres de prejuicios hereditarios y atavismos religiosos, como un hecho triste, pero incontestable, que se descubre en todos los horizontes y que las ansias subjetivas del hombre no aciertan á disfrazar con un nuevo espejismo celeste, quizá porque este nuevo espejismo no es ya necesario á la Vida. Esta vez el instinto vital, el travieso mago que en la filosofía nietzsquiana crea las ilusiones favorables á la existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, que las destruye implacablemente... pero sólo para darle á aquel estímulo y ocasión de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia prolija del caduco globo, levanta el velo de Maya, y en lugar de las desnudeces impecables y sagradas perfecciones de la diosa, surge la razón física de los fenómenos. El misterio de que se nutren las religiones, se rompe como un hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias, las vírgenes violadas por el Saber, amarillean y enferman, y con ellas palidece en el mundo la estrella del reino espiritual. Y coincidencia peregrina: allí donde éste fué más efectivo y avasalló más tiránicamente las conciencias, no ya la clorosis, sino el acabamiento de todas las energías y la parálisis, dan seguros indicios de un lúgubre é inevitable fin, como si el pecado capital de desarraigar la planta humana de la tierra y cultivarla en místicas estufas, entrañase la terrible penitencia del agostamiento, la esterilidad y la muerte. La remota y misteriosa India es el pudridero del espíritu religioso; en las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos y extáticos, brotan lujuriantes los nenúfares de la contemplación ascética y del nirvana, entre cuyas raíces y tallos mueren sofocadas las tímidas vegetaciones de la voluntad de vivir; Jerusalén llora las diligentes y briosas virtudes que encendieron la llama activa de la fe en el pecho de Pedro el Ermitaño y provocaron la colosal marea de las Cruzadas; en la Ciudad Eterna muere el poder espiritual, que ya fué enterrado en Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, y en todos los sagrados lugares de la tierra donde el animal místico labró en piedra dura sus ansias ardientes de lo infinito, el peregrino apasionado lee tembloroso sobre las informes ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la nadería de las cosas humanas.

La evolución del sentimiento religioso no deja lugar á dudas sobre el humilde origen y el destino mortal de los dioses... Después de las ingenuas cosmogonías de las primeras edades, en que el hombre mísero é ignaro interpretaba los fenómenos más comunes como revelaciones del misterio eterno y signos infalibles de las voluntades olímpicas, la razón divina, perseguida y estrechada por la explicación materialista del universo, vió destruir, como la ciencia hermética y la filosofía escolástica, sus misterios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lóbrego castillo de las causas primeras y de lo incognoscible. En la práctica, Dios se hace utilitario. Las religiones se humanizan. Desde luenga data, siguiendo paralelamente las evoluciones del conocimiento y la misma, aunque en apariencia opuesta derrota que los instintos dominadores, apéanse de sus fueros y vienen transformándose en cosas útiles, en servidoras solícitas de la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten las altivas y aureoladas testas los intereses divinos. La conservación de las excelencias tradicionales y el freno moral, son los títulos más remontados que sustenta la religión á los ojos de la culta Europa. La utilidad práctica es la virtud característica de las modernas experiencias religiosas en la tierra del opulento yanqui. Sus imperturbables doctores aseveran «que los principios especulativos no son nada, que los resultados y consecuencias de las teorías lo son todo». Pragmatismo y utilitarismo se dan la mano: la verdad es lo útil. «Lo verdadero es lo oportuno en nuestra manera de pensar, como lo justo es lo oportuno en nuestra manera de conducirnos» agregan. En conclusión: los yanquis buscan un Dios del que puedan servirse. Las flamantes disciplinas no forman santos ni profetas, que es fuerza considerar como los grandes paquidermos fósiles de la religiosidad, ni menos virtudes desinteresadas, contemplativas, caballerescas, amorosas del renunciamiento, como las viejas y sublimes virtudes enseñadas por Buda ó Cristo. No, los pastores de la americana grey, llámanse Franklin, Emerson, Pierce James, ó también Haper, ese admirable presidente de la Universidad de Chicago, que, sintiendo próximo su fin, formulaba lleno de unción esta singularísima cuanto valerosa plegaria: «Señor, permitid que haya para mí una vida después de esta vida, y en esa vida permitid que haya mucho trabajo que hacer y tareas que cumplir»; entre los credos y dogmas del nuevo culto figuran la vida intensa, el pragmatismo, el mindcure ó psicoterapia religiosa, tan eficaz como la psicoterapia del doctor Dejerine en la medicina ó las estaciones de psicoterapia del sutilísimo Barrès en la literatura; los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, Carnegie, Booker Washington; los reyes del petróleo y del acero; el Napoleón de los ferrocarriles, quien tenía por inmorales las tareas improductivas, en una palabra: hombres robustos y esforzados, voluntades inteligentes y heroicas, como las piden con hondo afán las necesidades orgánicas de la época y la gestación del porvenir.

Las caliginosas nieblas del antropocentrismo se disipan y por eso la moral como la religión, la filosofía y la ciencia, recorre también, mal de su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito á lo finito, de lo absoluto á lo relativo, de lo divino á lo natural, de la vaporosa metafísica á la sesuda biología, «llave secreta de la historia y las acciones humanas, que en época no remota explicarán acaso la física y la química...» como alguien conjetura osadamente. Y á juzgar por lo que se ve, el conocimiento adelanta imperturbable por ese camino, sin detenerse un punto á considerar con lástima, las ilusiones que á su paso van muriendo. Á las morales de esencia mística, altruistas é infalibles, siguen presto las morales de levadura fisiológica, sensualistas y pecadoras, que hacen del placer, del egoísmo, de la lucha, y finalmente con Guyau y Nietzsche, de la expansión de la vida y del instinto de dominación, vale decir, de la fuerza, el resorte oculto de la conducta y la base sólida é indestructible del Bien y del Mal.


Por otra parte, la impasible majestad de la Naturaleza, indiferente á la moral humana, extraña, cuando no antagónica, á las necesidades subjetivas del hombre, y ajena á toda finalidad racionalista, confirma rotunda y cruelmente las desencantadas suposiciones que sugiere la evolución filosófica. La ciencia y la historia también. De consuno el origen animal del hombre, visto como en una caleidoscopio en las múltiples y ascendentes fases zoológicas del embrión humano, y el origen fisiológico y espúrio de la justicia, despojan á la humanidad de su divino abolengo y tienden á destruir, con impertérrita lógica, las verdades eternas, los principios absolutos, la posibilidad de una ética infalible é inmutable.