SEGUNDA PARTE
METAFÍSICA DEL ORO

Un «veneciano del estilo»—como Peladán llama pintoresca y acertadamente á Saint Victor, quien figura entre los contadísimos escritores que tuvieran de la significación de la Riqueza y la Finanza algunas exactas vislumbres—dice con su verba briosa, gallarda y más rica en valores subjetivos de lo que comúnmente se cree: «Si la Economía política tuviera sus poetas, éstos podrían cantar el largo y duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar á la dominación de la tierra.»

Todas las instituciones é industrias humanas pasaron por largos cautiverios y terribles pruebas, antes de enseñorearse del mundo. Basta observar las múltiples metamorfosis, penurias y malandanzas del más humilde arte, comercio ó práctica añeja, para percatarse de las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la alquimia social, antes de merecer la aprobación solemne de la Vida. Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo del homo Mousteriensis Hauveri, hasta el acumulado en su castillo de las «Mil y una noches» por el mago de Menlo Park; las torturas de la Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas y productos raros de países remotos, hasta las vertiginosas operaciones bursátiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que ponían en contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, hasta las serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulación las mercancías de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico las une á todas entre sí más íntima y estrechamente que pudieron hacerlo la sangre ó la religión, no tiene igual. La historia de Mammon es la más aventurera y dramática de la historia de los dioses. Las maldiciones divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados siempre como representantes típicos del egoísmo y enemigos natos de la fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la gran falsificación idealista, no se equivocaban: navegantes osados, astutos mercaderes, usureros voraces poseían los secretos del lucro, de la dominación y tendían, como los grandes capitanes por medio de las armas ó los sofistas por medio del discurso, á acaparar y oprimir. Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el sentido de lo real, robustecía los músculos en mil peliagudas gimnasias y hacía de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarístico; los depositarios vulgares de la fuerza interior, que según Ferrero, «obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de los hombres», y los obliga en cada época á crear nuevas riquezas é ideas, y á destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres, en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo inconsciente, formas y derivaciones, en suma, más ó menos complejas y sutiles de lo que los modernos mecanistas llamarían acaso la energía, es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y Engels al hacer de las luchas económicas el principio generador de la historia...

Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían cada vez más preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominación, que Tito Livio, el viejo Horacio y Séneca en Roma, como antes en Grecia Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron por corruptoras, puesto que destruían los usos y sentimientos consagrados por innúmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado de actividades productoras y constante transformación, se inclina á considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, á causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean las energías y son venero de producción de riquezas y renovaciones saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen sus ahorros y declinan fatalmente.


Las virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes destinadas á flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros primeros padres al pie del Árbol del saber, no habían terminado su cometido y tenían algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos hicieron su irrupción bárbara y empezaron á modelar á su antojo y abiertamente las sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, porque siempre los hombres riñeron por un trozo de pescado crudo, cocido ó en salsa. Pero los antiguos no podían reconocer de buen talante el advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba destruir las instituciones civiles y religiosas, y á la par de ellas, los privilegios de las aristocracias seculares. Era «el vencedor, cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño de vencidos y esclavos, encadenados á su carro de guerra.» Llegaba produciendo mil cataclismos y desquiciándolo todo: destruía las viejas jerarquías, libertaba á los esclavos, ennoblecía á los plebeyos, envilecía á los nobles y daba pábulo á mil actividades desconocidas, á mil costumbres nuevas y á una nueva mentalidad. No hay sino considerar las reformas de Solón y Servius, para darse cuenta de la magnitud de las revoluciones sociales que siguieron á la aparición del dinero como Majestad en Grecia é Italia, cinco ó seis siglos antes de nuestra era. Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos é invectivas de los poetas contra la confusión de razas que traía consigo las bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces, como en la magnífica corte del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase de madame de Grignan disculpando á su hijo de haberse casado con la rica heredera de un fermier: «las mejores tierras necesitan, de tiempo en tiempo, un poco de abono». La riqueza empezaba á conferir los rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, como antes la religión y la sangre. Un personaje de Eurípides, á quien le preguntan de qué origen es cierto sujeto, contesta: «Rico, son los nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas que sabían enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los campos de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los Polibios y Cicerones lamentasen acerbamente la relajación de los lazos sociales, la perversión de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, terminadas á veces por terribles hecatombes y degollinas, entre señores y esclavos, patricios y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del dios que había de ser luego tan amante de la paz. Séneca, moralista estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba airado: «Es el dinero que revoluciona los forums, que precipita las turbas hacia los tribunales, que arma á los hijos contra sus mayores y fabrica los venenos; por él los reyes roban, matan y, á fin de descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de esfuerzo levantaran».

Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer á colación los horrores de la guerra, pues que destruía las augustas construcciones religioso-militares, los moralistas defendían el patrimonio social, la civilización propia contra las invasiones de los bárbaros que pretendían imponer la suya. Por razones fáciles de comprender, sólo percibían los miasmas deletéreos que la riqueza produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante, en cierto modo, á los excesos no menos malsanos de la cultura, la moralidad ó del arte. La economía política y la ciencia social estaban por nacer, y la severa Clio en pañales no había descubierto todavía los genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las leyes que rigen la producción y el cambio de las riquezas, verdaderos sístoles y diástoles del corazón del mundo. Á esto será bien agregar, que el hijo de Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en una tierra tres veces labrada», no producía entonces, como ahora, el desarrollo de tantas actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones voraces, aparecían como contrarias al orden social establecido y la tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas á dominar, incomodaban y constituían una amenaza, un peligro: no eran fraternales, traían la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y enervante de la civilización, quintaesenciada en los preceptos galanos que, plácidamente, caminando por prados floridos, caían de la boca de los maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, efebos gráciles y desnudos.


Considerándolo atentamente, ocurre preguntarse si quizá el odio á la Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones, filosofías y morales después de Platón, á quien tan duras invectivas le merecieron las clases adineradas, no es el síntoma típico, aunque inadvertido para el poeta de «Zaratustra», de la reacción de los débiles contra los fuertes, dictada por la urgentísima necesidad, de que nos da señales inequívocas la doctrina cristiana, de atenuar la virulencia del egoísmo nativo y corregir los abusos naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común y la santidad de la existencia.

El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es la objetivación condensada y cabal del egoísmo, hostil al renunciamiento, á la generosidad inútil, á los ideales humanitarios; hostil á lo que no sea el interés genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que causa y su condenación por los santos varones, sobre cuyas testas sin fiebres y que ignoran la razón fisiológica de los fenómenos sociales, desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del espíritu de Dios, cuando el hombre simple, por un prodigio de la fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado del Graal. Pero el egoísmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio, el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la virtud humana, lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y rehabilitación por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos de novísimo cuño, excitadores y organizadores de los egoísmos desvirtuados por las dulzuras de la civilización, no á los moralistas de vieja cepa, de industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egoísmos, como cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en que el animal humano era demasiado bravío y acometedor.