La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fué amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazón de la bestia el desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía hacia las voluntades sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un río que recibe copiosos é inauditos afluentes, después que Jesús enseña el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales. «Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á Dios y á Mammon», dice en el «Sermón de la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, frailes descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, fugaces luminosidades de fuegos fátuos y perennes sombras, cuyo misterio aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie del confesonario. Diríase que, llenando de horrores y pavuras la existencia, iban á descepar del alma el sentimiento de las realidades y el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían en el mismo plato. Uno era la negación, el otro la afirmación del mundo que urgía destruir como hechura del demonio.
La mala conciencia, como un murciélago fatídico, revolotea en tomo de las almas. «Época exquisita y dolorosa para los artistas», asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas manos se juntan unánimes en demanda de perdón. El goce, el amor, la vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias locas de purificarse y morir, agitan los pechos hundidos por la devoción y las penitencias. Y así, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las conciencias atormentadas, el desdén de las realidades, el desprecio de los bienes positivos y la economía celeste, que sólo regula las relaciones místicas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse de nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación de las almas: el resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán como los pájaros, «que no siembran ni recogen», de lo que Dios les dé. El estado ideal será la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia de todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, bien que á veces, apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiológicas, papas ávidos y concupiscentes, como los del siglo vi; ambiciosos patriarcas, como los de Alejandría, y caballeros andantes, como los templarios, se dieran en cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al demonio de la dominación. Papado, guerras religiosas, política eclesiástica y los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores menos mansos y evangélicos, muestran la flagrante contradicción de la metafísica cristiana y las necesidades de la existencia. Sólo transando y deformándose mútuamente, han podido vivir codeándose durante el largo período que empieza con la revolución mística del cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente con la revolución materialista de los proletarios contra todas las teodiceas, éticas é ideologías. Ayer las miradas y las aspiraciones, atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las góticas flechas de las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias y deseosa de retemplar su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas y el rubio trigo, ¡Dramático contraste! Él explica lo que va del Dios ciego y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano en sendos poemas, al magnífico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la «Prodigalidad», la Poesía; lo que va del bonete irrisorio del judío, escarnecido y confinado en la prisión del Ghetto, como una alimaña vil ó sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la corona de oro macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el majestuoso ademán del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar ciudades y vergeles en los desiertos áridos; lo que va de Shylok y Harpagón á Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de mendigos de San Juan Crisóstomo, el amor de la Pobreza del serafín de Asís y la vida penitente de los anacoretas y ermitaños al determinismo económico, las doctrinas nietzequianas y la religión de la Vida.
Aunque en realidad fuera el primer incentivo del deseo, teóricamente el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales idealistas, pasa al arte, á la literatura, á todo lo que toca á la inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo más impuro y terrenal, por ser, sin duda, la materialización de los deseos, pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. Sí; teóricamente el dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones de Satán, para los cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor. «Saldrá de la obscura tierra una cosa que pondrá á toda la especie humana en peligro de muerte; que inspirará infinitas traiciones, robos y perfidias, arrebatándole la libertad á las ciudades y la vida á los individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras al infierno, oro, monstruoso elemento!» clama el gran Leonardo con el ciego furor de un apóstol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, tuvo tan luminosos atisbos y fué sabedor de tantas cosas. Y como él, nadie barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazón del dios ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir los modernos milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes de la falsificación idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo de los monjes que, por pura penitencia y mortificación de la carne, se emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pública, déjanse desecar los miembros ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre. Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo de la sabiduría; desdeñar las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir filosóficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el púlpito, la cátedra, el libro vomitan airados las más rotundas invectivas contra la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su olorcillo de azufre. Poetas parásitos de los grandes señores; hidalgos orgullosos y famélicos; los inútiles de todas las profesiones y los incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión de la engolletada y casquivana Literatura, llega hasta nuestros días con la maldición de Alberich, á pesar de tener delante las maravillas realizadas por la virtud del Oro, entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, la paz del mundo y la unión del género humano.
Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón y Mercadet pululan en las piezas de teatro y novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la producción literaria francesa, como correspondía, por legítimo é indiscutible derecho, al pueblo más idealista, razonante y amoroso de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas fortunas se hacen de vilezas, las grandes de infamias», decía en serio el admirable Becque. Afirmaciones semejantes, y aun más subidas de punto, son el pan cotidiano entre las gentes de letras. Á creerlos, todo comercio sería una maniobra obscura y vil; todo hombre de negocios, un truhán vendedor de negros, como el respetable personaje de «La Petite Noémi». Es cosa admitida que, «on ne devient riche sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy, «el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, otro monje iracundo, pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no puede explicarse sino atribuyéndole una naturaleza diabólica. Y en esta católica concepción se complacen, no sólo los poetas, mas los filósofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no satisfacen jamás, á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos, según confesión de las embrujadas, hielan de espanto.
Los adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistofélico al rostro simple y bonachón del comerciante, y hacen de éste, que tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis de las virtudes cristianas, la encarnación de los apetitos groseros, el espíritu del mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos aún á las reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo los artistas. Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congéneres los perros judíos de antaño, perseguidos en todos los países, robados, sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, más que por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicería.
Los curiosos é infantiles personajes de «Les Effrontés», «Les Corbeaux», «Les affaires sont les affaires», y «L'argent» enseñan que el patrón literario del financista no ha variado desde Shakespeare, Molière, Le Sage y Balzac á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y hermosura del último símbolo. Bien es verdad que el literato, fuera del mundo de la ficción, es un hombre incomprensivo y estúpido. Diríase que, á fuerza de vivir con el oído atento á las misteriosas campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teoría de sonrientes vírgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos del mundo ó de poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden y disculpan las flaquezas humanas, sonríen benévolos á la voluptuosidad y al vicio y sólo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemático detractor de los vientres dorados, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia «Les Deux Hommes», nos muestra para condenar á una y enaltecer la otra, la oposición de dos morales: la del delicado Delange, quien á causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y educación caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera noble y elegantemente que los apaches vengan á arrancarle los últimos sous que le quedan; y la del arrivista Champlin, sujeto vulgar, envilecido, como no podía menos de ser, según el prejuicio literario por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simpático de la pieza, pertenece á aquella dilatada estirpe de idealistas imbéciles que otro idealista de más enjundia y garra, Barrès, aconseja enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el sibarita decide, en un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á la lucha, envilecerse en la Bolsa. Parece resuelto á ser un hombre terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una jugada infeliz y pierde, como era lógico, obrando con tan poco seso, lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo que había que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como se ve, la odisea de su energía no es muy famosa. Champlin es harina de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies la nave rota y hundida». Á pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus sentimientos groseros, contiene las partículas de oro de una ambición generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podría esperar algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El desinterés de Delange será siempre estéril. Harta razón tiene Champlin cuando le dice al que, entre paréntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo cual, á lo que parece, es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; sólo se llega á ser un inútil y un egoísta». Bien dicho. Sin embargo, después de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al prejuicio literario y al sentimentalismo del público. La pieza termina así: «Champlin será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se colige que la riqueza es una especie de maldición.
Y el sentimiento es general. No recuerdo haber leído novela de la índole de «Un homme d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte, sin contar muchos tomos de la «Comedia Humana»; ni visto pieza, como «La Question d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca de otro modo que enalteciendo á los sentimentales y condenando á los viriles[1]. Porque lo vituperable é innoble, como en el teatro de Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva de lucro, la torpe avidez de los hombres de negocios; mas la ambición en sí, la voluntad dominadora, el espíritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen los aplausos de las almas nobles.