[1] Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust» de P. Adam.

Aunque simple y pecador, paréceme que esta suerte de propaganda, digna del poeta de las Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún se acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pública caridad, es la que menos conviene á un pueblo excesivamente galante, sentimental, artista, pero nada sobrado hoy de energías viriles. ¡Mas qué sería, sin tales arrestos de desinterés, del amor de las actitudes estéticas y de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente los más enfermos de ese mal misterioso y baladí que se llama la literatura! He ahí por qué el viejo prejuicio contra las actividades interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes de letras. Ya se sabe que ello es pura retórica; tema susceptible de dar pie á elocuentes volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera y obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigüedad, donde la riqueza era á veces corruptora, pero sin disculpa en las civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes para no quedarse rezagadas, debe de obedecer á razones profundas, aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma por los hombres de espada, de los rêveurs por los agisseurs. Es una especie de odio sacerdotal. Quizá retores y humanistas, representantes típicos del espíritu clásico y de la disociación ideológica, se sienten amenazados en sus privilegios de clase pensante—como antes las aristocracias históricas por las actividades económicas que tendían á destruir el dominio secular de aquéllas—y lamentan la agonía de un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y favorable; quizá niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenación implícita ó categórica de la vida moderna y las virtudes necesarias del momento, tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las encomiadas en la «Imitación de Cristo» ó los libros de caballerías, implica en los que la formulan de una ú otra manera, la incapacidad de adaptarse al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van á morir...


Á pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos, las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil: la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente, cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la ejecutora del deseo de poder impuro, pero fecundo, contenido en el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo, y vivientes alambres, y líquidos caminos de zafiro y esmeralda, llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos, que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,—que es una forma superior de aquellos—y el bien de las sociedades. Sin embargo, moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa, desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca; los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas; las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él. Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre, de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo, la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir precisamente los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.

He ahí su crimen radioso, su vergüenza y su gloria.

Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones metafísicas: por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma heroica del Oro.


Sin caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe Charmant. Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa. Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su esencia divina.

Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe, quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano, han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la moneda.