Sociólogos y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo, lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre el punto de vista matemático y el punto de vista pecuniario, entre la ciencia que, para ser más comunicable se matematiza, siguiendo su propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios secretos de la vida, se monetizan para hacerse más sociables. «El imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar, cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.


Desde tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades. Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con ojo profundo, su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente, se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una comprensión más musical del símbolo, que el desdén artificioso y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de espiritualidad y nobleza de alma.

Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender, los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que, en realidad, es el substratum de la voluntad humana. Contempladlo larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la zapeca china, antes de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda—hermoso símbolo de su excelsa alcurnia,—es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación de los hombres y los pueblos. Todas las virtualidades de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía, desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de todas las edades.

¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!

Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada, una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien, después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral. En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso, mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres, los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas, que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros, obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa, obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad; el banquero, á quien mil combinaciones impiden dormir en su lecho de plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario, que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas, si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades. Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del triunfo.

Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser, sin duda, las formas más universales del instinto de dominación, correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan, como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo así como el substratum de las virtudes y excelencias nacionales: hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse, en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las usinas y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo, la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la verdadera Majestad.


Por tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente armar hombres para la vida, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa; á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo» claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.

Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en religión universal.