Pero Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades. Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción.
Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero, fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no, decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la savia de las ramas que empiezan á marchitarse.
Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas, desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales, son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente con el signo luminoso y á los cuales la selección económica presta invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso, gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas las impurezas de la vida.
Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres, universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque el Oro es la posibilidad inmediata, al decir del escéptico France, mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano, substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y todas las realizaciones del deseo.
¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!
Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación: el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento divino del universo.
Si bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos en una tarea honesta y renumeradora.
¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas, ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas, industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura, pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros, sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de idiotas sabios ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo; tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad, el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo, desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre, perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia. Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida... pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una verdad profunda y sutil.