En el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre» solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho, en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan, ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio. Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas. Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas. La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas, convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la política alimenticia, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia política y valeroso idealismo. Esos rudos pioners son los pastores poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos, extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y razón humanas.
Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces, como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera, contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales y aun en la propia casa.
Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.
Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor.
TERCERA PARTE
LA FLOR LATINA
Para los sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente; ninguna estación de psicoterapia tan propicia á las meditaciones filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y crapuloso, cruel y sensual.
Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz, París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos, caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral, multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también el cerebro. De los boulevards magníficos, hirvientes y sonoros de afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau; de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos, ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al atravesar el arroyo las piernas más picantes é inteligentes del mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado, el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en los pequeños cabarets, se aprende á sentir y amar la vida bella y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas. Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo, la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo supieron «caer, sonreir y morir».
Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu», pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo; peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes, florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo hizo lo que tú por accordar las inexorables leyes del universo á los deseos caprichosos del corazón. ¡Tu historia es la más sentimental, noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia! ¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas, aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esas petites femmes blondes vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á los Don Juanes del saber de los boudoirs rococós, aun poseyendo á la ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas; de fraseadores y voluptuosos; de ahí el erotismo floreciente en la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso.