No ha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus fiebres líricas y embriagueces dionisiacas.
La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en cierto modo, para recibir el pan eucarístico de las costumbres galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres, y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la nobleza y la flor y nata de los ingenios.
La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada son los salones. Gracias á ellos la influencia femenina se ejerce, no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt, los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que recogieron la herencia de la famosa chambre bleue, donde Corneille leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la conversación en arte, la fría urbanidad en graciosa politesse y el talento en esprit. Y esprit, politesse, don de gentes y arte de la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas, acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á los hombres con las cadenas que salían de su boca...
Pero antes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, la Mignonne de Francisco I, autora de innumerables poesías y del picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época: poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras, las artes y el amor—cosas que anduvieron siempre juntas y en muy buena armonía,—la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo xviii y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos, y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas, cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en las tinieblas de la locura.
Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias, depuran y afinan la expresión por medio de la causerie y consagran la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones. Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las preciosas y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas, ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas repercusiones en el siglo xviii. Pero este es un siglo en el que reina la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la expresión poética en el romanticismo y sus retoños.
No deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey, se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria. Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau había fondus et liquéfiés, acogen incautas en sus salones á la Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta frase de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson, la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos bijoux con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos—bien que acaso no lo fueran en su espíritu al menos,—que La Harpe ponía en boca de Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort, Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la duquesa de Gramont que reía, creyéndose por su sexo al abrigo de aquel terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme. Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria, excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde, sin saberlo, tres merveilleuses ligeras de cascos y de no mucha sal en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo.
La frase de Michelet: «La mujer es la fatalidad» no es una mera frase en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de la política de oreiller y del prestigio social, pública y decisiva influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento, la Revolución, por no citar sino los acontecimientos más universales; ó inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad heroica en débil cuerpo femenino, todo un arte y toda una política internacional, aquella célebre política, fracasada en la desdichadísima guerra que tanto amenguó á la Francia, y que la divina marquesa seguía ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratégicas con sus lunares postizos de engomado tafetán.