Con eso y con todo, la influencia honda y durable de las vírgenes sages ó folles, no es la visible, la que se ejerce en el areópago de la plaza pública, mas la oculta é íntima; la que afemina el sentimiento rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversación, dulzuras de la amistad, hechizos amorosos é influjo del arte, que ellas inspiran y que se dirige principalmente á ellas. En achaques de belleza son á la vez musas, Mecenas y público, el público soñado por los artistas, porque el arte es cosa que atañe á la emotividad, no á la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al pensar, el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas débiles en los ásperos dominios de la realidad, adquieren por sus mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extraño poder en el reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo propio es el de la sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos, todo lo que contribuye á desarrollar, en último término, la facultad del desgarramiento interior, es fuente de líricas efusiones y velados erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna inspiradora de poesía y la maestra de las sensibilidades artísticas y aun podría decir masculinas, ya que á su contacto y por su virtud unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos receptáculos de emociones.
Muchos géneros literarios, aparte de la poesía lírica, el drama y la novela, que directa ó indirectamente inspiró siempre la mujer, nacen como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce necesidad de darle suelta á los sentimientos afectuosos y conversar con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en general, el temperamento artístico, vienen á ser así como los grandes y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la imagen de la seducción. El poeta, su hermano y generalmente su obra, es un á modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad, que por él conoce los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él inocula el virus de las debilidades y seducciones de ésta. ¡Curiosa colaboración! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce á pensar obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer—ambos son criaturas débiles, apasionadas y quiméricas, especie de andróginos que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,—y sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para el porvenir de un pueblo, el que predominen en él los elementos morales, de que Platón, juzgándolos turbadores y debilitantes, quería purgar enérgicamente á la república. Lo que parece indudable es que la influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran y asocian para introducir sutilmente en la formación del alma francesa, la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la mujer y del arte en la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y sin precedente en la historia: la supremacía de la mujer en las bellas letras.
Tales hechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita, parecen las floraciones estéticas de una civilización dulce como las mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas rosas y las turbadoras orquídeas que sólo podían brotar en el jardín de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con fervor en el culto del alma y la religión de la belleza.
Desde abajo á arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese lujo de la inteligencia que se llama el esprit, por medio de los mil espectáculos públicos, diarios, revistas, conferencias, causeries, exposiciones de toda índole y libros de toda suerte, refinan á porfía las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Los clichés literarios son de uso corriente en todas las clases. Los términos escogidos han pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar. Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV, y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame de Sevigné. La estética de los boulevards, las canciones tiernas ó libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de sí como una estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema de la sociedad la última comedia de Capus, la música dislocadora de Pelleas y Melisanda ó los templos de la rue de la Paix. No creo que en ninguna parte ni en época ninguna, la facultad de sentir sin esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fácil y graciosamente hayan llegado nunca á tan rara perfección. Chistes, alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del sentimiento, nada escapa al público que en los domingos populacheros ó en las soirées de gala, invade los grandes ó pequeños teatros de París. Antes que las palabras hayan concluído de salir de la boca del actor ó del conferenciante, ya han sido cogidas al vuelo y á veces comentadas con un chiste, una exclamación oportuna ó una sonrisa graciosa y escéptica, mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moños y perendengues de toda la sala. Es un público, sobre todo si abunda el bello sexo, erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los géneros, las obras, clásicas y modernas, las últimas novelas, «Las Flores del Mal» y las «Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su corazón en ese artificio literario y mezclado toda esa literatura á la vida, se ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible á las manifestaciones de lo bello.
Mas como «la belleza es toda la mujer», la emoción estética, después de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va callada ó ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas alturas á los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava.
El amor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en las líneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias del tocado femenino. La religión de la belleza se transforma en religión de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya de fournisseurs; y duerme con guantes ó careta para afinar el cutis, y se amasa cruelmente, y martiriza el estómago y el cuerpo, y gasta millones para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los medios, y darle al mundo la peregrina sensación de la elegancia, de una elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, la flor encantada y efímera de una civilización secular.
Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes sacrificios ni las transcendencias de la toilette. Son hombres eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distinción moral. Llaman desdeñosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros y pone á contribución las más peregrinas aptitudes para encantar; sentimiento del color, de la línea y del matiz; gusto seguro de la alhaja y del moño; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud; dominio perfecto de las elegancias estéticas que constituyen el chic; imaginación y osadía en el arte de plaire, y por medio de la armonía de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad del cuerpo, la coquetería del espíritu y las gracias del alma. Lo que parece pura frivolidad, es asunto gravísimo: una religión misteriosa, que obedece á muy hondas necesidades éticas y que tiene sus templos, ritos, sacerdotes y pitonisas. París es la Meca de esa religión ligera y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores de artículos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de Francia, y los pontífices: la muchedumbre de escritores, artistas, industriales y obreros que trabajan en la realización de la belleza más perceptible y necesaria acaso á la especie: aquella que entra por los ojos y golpea las puertas de la sensualidad.
Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota y esclaviza á éste. De los rincones apartados y huraños del globo, de los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, del fondo de los mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras de irisados colores, las pieles costosas, las perlas pálidas y dulces como niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas, las telas y sederías, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que diríanse hechos de suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades de la naturaleza y la industria vienen á depositarse á los pies de la parisiense, la cual con un arte infinito é inagotable invención las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una vida extraña y voluptuosa, como si le comunicara á los materiales bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos materiales, dóciles á la magia de las manos diminutas, operan el supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura femenina, transfigurándola en una perpetua metamorfosis que, al multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio estético y eleva la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio.