Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmósfera encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora tampoco que sólo la ciencia del chiffon satisfará plenamente su ingénita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos le vendrán de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los privilegios y títulos envidiables á los ojos parisienses. La soberanía de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo les casques dorés, ya que por medio de ella, como los pintores por medio del color y de la línea, provocan las sensaciones que les pide un público de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son, lo que quieren, lo que pueden...

Las magnificencias de París forman el ornado marco que mejor cuadra á la belleza viviente, la más costosa y artificial. Hasta la luz suave, como pasada por filtros de ámbar y ópalo, parece que fué hecha para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las líneas y envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de criaturas presas en talleres sombríos y sórdidos tugurios, trabajan y aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra nacional. Grandes y chicos contribuyen á ella más ó menos directamente. Todo espectáculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda fiesta una ocasión de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y establecer la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó Redfern: monarcas del figurín que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de Carlomagno.


Lo fútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psíquica jugosidad si se observa con ojo experto, revela á veces lo que no descubren hechos importantísimos, libros venerables ni mamotretos de copiosa ciencia. Decía un gran pintor que «el verdadero arte comienza allí donde pequeños toques producen grandes cambios». Acaece algo semejante en las cosas de la vida y no es muy zahorí el observador de ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frívolo el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullición y luego el enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no me parece desprovisto de sal ni miga el espectáculo curioso, aunque nada ajeno al ambiente de los meetings sportivos, que tuve la fortuna de presenciar en el hipódromo de Trouville.

Era una gozosa confusión, un mareante vaivén de trajes vaporosos, sombreros como canastas de flores y blanquísimos zapatos que corrían como albos conejitos de la India sobre el verde riente de las pelouses. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los resplandecientes atletas del turf, bestias finas, artificiales y como tallados primorosamente en maderas duras, é invadía luego las casillas del Pari-Mutuel, donde á cambio de algunos francos, hasta á los humildes mortales les era dado sostener un trágico cuerpo á cuerpo con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los héroes y los dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extraño y luego una especie de remolino de curiosidad que atraía á un punto del padock al público disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de Helleu se apiñan, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y los ojos agrandados por el kohl, se abren extáticos como ante una aparición celestial. ¿Qué era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la Moda, que aparecía por primera vez en público después de la muerte de su bello y perfumado esposo. Vestía de medio luto, traje blanco adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus esclavas le pedían algo sumisamente, dejábase contemplar al desgaire prodigando á uno y á otro lado principescas sonrisas, mientras con la falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de azabache conservaba con un gesto de virgen púdica á la altura de la boca, avanzaba lenta y rítmicamente, elevando las piernas á la manera clásica de los mannequins para posar luego los pies con mimo sobre la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como una lección práctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas, las archimillonarias yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban á su paso. Allí no habían méritos ni títulos que no se eclipsaran, ni testas que no se abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella imperaba sola.

En medio del oro de la tarde, aquella escena tomó de súbito á mis ojos la augusta significación de un símbolo: el de la Francia depositando sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad.


Si «la belleza es toda la mujer», ó como dice Gourmont: «la belleza es una mujer y la mujer es la belleza», pero como la mujer es el amor éste es el término fatal del estetismo parisiense. ¡Qué mucho que el niño ciego impere como único dios en la gran ciudad latina! Mas no se trata del infante terrible que disparó sus flechas en las ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, sino de un amorcillo muy civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas y madrigales. Cómo habían de resistir los líricos corazones al Tentador que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la literatura y la vida. Una comedia sin conflictos amorosos ni tocados elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales ó picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no llegan al alma; la música sin embriagueces ni escalofríos voluptuosos no prende sus líricos garfios en los oídos. De esta suerte el niño desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casuística amorosa en las que se enseña á percibir doctamente los variados matices de la sensualidad, desde el travieso flirt, les passionettes y las dulzuras de la amitié amoureuse, hasta los desatados impulsos del corazón y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta educación sentimental, también se aprende de una manera no menos docta ni prolija, la ciencia de la expresión caline y el arte de la caricia endormante. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo que el chic, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda imaginación de la parisiense, alada imaginación que ha enriquecido la lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plástica de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario erótico.

Así, pues, la cultura como la moda, parece que no tuviera otro objetivo que embellecer la voluptuosidad y endiosar el amor. En un ambiente tan propicio á las emociones blandas y regaladas y que por tan varias maneras favorece la cristalización de las sensibilidades artistas, cae de suyo que éstas predominan y que los sentimientos austeros y viriles sean formas secundarias de la emotividad francesa, esencialmente literaria y erótica. No llegaré al extremo de decir, como la indignada yanqui de Huret que «un francés, es una función sexual», pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros sentimientos, y particularmente el de la belleza y los mismos apetitos materiales, degeneran en apetencia de la mujer, se subordinan al amor y son como preludios de la gran orquestación amorosa. Es el negocio público, como la belleza femenina es la industria nacional, y no podía menos de ser así en el encantado jardín de la tierra donde la sociabilidad de las gentes, la agilidad del espíritu, la rapidez de los movimientos del alma y la molicie del medio, hacen que, hasta los más austeros, se coronen de rosas y se apresten á gozar de la vida en común y tiernamente. La eterna canción se oye lo mismo en las espaciosas avenidas del Bois que en los salones; en los musical-halls donde impera el desnudo, como en los teatros, hipódromos y paseos elegantes donde el vestido, después de haber realzado osadamente las curvas y protuberancias tentadoras de la mujer, las suprime para darle á ésta el encanto picante y equívoco de los donceles afeminados.

No vaya á creerse por lo dicho que la licencia y el libertinaje echados en cara por los extranjeros á los franceses, sin percatarse de que tales manifestaciones de tolerancia moral son acaso el producto del exceso de inteligencia y el reverso de cualidades muy nobles y humanas, reviste la forma grosera de las saturnales del Directorio conducidas por Mme. Tallien y las Merveilleuses. Es menos y es más, porque es como la disipación de los hombres mundanos, una especie de elegancia del alma, una sensualidad estética. Las directoras de los orgiásticos coros son las Musas de París. Coronadas de laureles conducen la lírica bacanal. La fórmula poética de las blanduras sentimentales, de la voluptuosidad, de lo femenino, no podía menos de ser un feliz hallazgo de la femenina inspiración. Nadie mejor que las Safos habían de ofrecerle al mundo la manzana de Eva y los misteriosos secretos de Afrodita. Lo logran con desnudarse, y en efecto se desnudan, y poseídas del delirio sagrado, absorben por la ávida boca de los ocho sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda y la ofrecen como un vino embriagador en el ánfora de sus cuerpos trémulos. Al grito báquico de libertad y con un impudor que los liróforos no conocían, enseñan las carnes atormentadas por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo de innúmeras generaciones esclavas de la razón y sumisas á la castidad. Las hijas espirituales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado Voguë llama las musas de la Revolución, cantan, en verdad, como Jean-Jacques, Bernardin de Saint-Pierre, Senancour y los grandes románticos, los derechos de la pasión, la soberanía del instinto, la rebelión del individuo contra la sociedad y el amor panteísta de la naturaleza en que se traduce su frenético erotismo. Todas dicen: