«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,

Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»

ó

«Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés,

Un vase d'Orient où brûle une pastille.»

ó aun:

«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.

Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux

Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»

Pero mejor aún cantan en versos de una rara perfección, más sinceros y profundos que los de Hugo y tan dulces y musicales como los del pobre Lelian, la canción de Bilitis, «el arte delicado del vicio», el amor del amor, la religión del placer, la conciencia del mal, los siete pecados capitales de la lujuria. Aquello que los poetas, menos sensitivos y vibrantes, sólo podían balbucear torpemente, ellas lo formulan con peregrina virtuosidad; lo que ellos no acertaban á discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia é imágenes magníficas y aladas. Su penetrante análisis recorre ágilmente el misterioso teclado de las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez en las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, es la causa oculta del triunfo de las modernas bacantes en la gaya ciencia. Ellas poseen el término justo y dichoso para expresar todo lo que es desmayo, caricia y ensoñación. La música desfalleciente y enervadora de sus versos y las nostalgias infinitas de su poesía, que mejor que cualquier otra «es sensualidad transformada en eretismo mental», responden al sibaritismo del corazón y del cerebro y constituyen la típica manifestación de la recrudescencia, fácil de prever, sin embargo, de lo que antes se llamó el mal del siglo, de lo que un filósofo llama hoy el mal romántico, que es en suma, el mal de vivir: la ineptitud para la vida, la repugnancia de lo real y la moral anarquía en que, á vueltas de tantos idealismos y refinamientos sentimentales, suelen caer las naturalezas más finas y cultivadas.