Sesudos autores sospechan que el Romanticismo es, en el fondo, una insurrección del sentimiento y del instinto contra la razón, contra el sometimiento á la regla dictada por la experiencia de las sociedades, y pretenden que la sensibilidad romántica y el espíritu revolucionario derivan, unos, como Taine, del mismo espíritu clásico, otros, y son los más, de Rousseau y sus secuaces. Harto ligeramente echan los últimos en olvido que la furia de la Revolución fué la Razón misma, y que Rousseau y los ideólogos fueron los descendientes legítimos del idealismo y de las abstracciones de los filósofos, empeñados lo mismo en Egipto y la India, que en la Francia del siglo xviii, en construir un hombre ideal, un hombre de museo, para lo cual hacía falta arrancarle las entrañas y rellenarlo de metafísica estopa; de los filósofos que impelidos por la soberbia de la mente, creyeron posible sustituir la idea á la realidad, la abstracción al hecho, la teoría á la historia, la presuntuosa razón de Descartes, que á pesar de sus títulos en apariencia indiscutibles á la hegemonía sobre lo humano, no conoce los fenómenos sino históricamente, es decir, después que han dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna acción sobre los fenómenos presentes, desconocidos á su vez, al instinto vital, que obra siempre en el sentido favorable á la expansión de la vida porque él es ya el principio de su expansión. No ha de confundirse este instinto vital con el instinto, el sentimiento y la naturaleza de los revolucionarios, vislumbres obscuras de la imperialista condición humana. Tengo para mí que el sentimentalismo romántico no es otra cosa que una interpretación descarriada de la legitimidad, entrevista un instante, de las pasiones y del egoísmo nietzsquiano. Y se me ocurre, aunque parezca espantable sacrilegio, que si por la bondad nativa del hombre se hubiera entendido la gravitación sobre sí y el deseo de poder, la Revolución habría tenido consecuencias harto más provechosas para la humanidad y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo proclamó la excelencia del hombre natural no corrompido aún por la civilización, reacción legítima en el fondo, contra el artificio del orden social y el racionalismo de la Enciclopedia; pero lo que triunfa en los héroes románticos no es el egoísmo sano del salvaje, que las necesidades sociales pueden convertir en virtud y amor hacia las demás criaturas, sino el egoísmo patológico del hombre sensible, que muy luego remata en anarquía moral. Razón cartesiana ó predominio absoluto de la inteligencia sobre el instinto, y primitivismo, ó retorno á la naturaleza, se transforman respectivamente gracias al desconocimiento de la fisiología humana y los devaneos de la literatura, en racionalismo demagogo y sentimentalismo romántico, dos pestes. Pero no pudo ser de otro modo. No se conocía bien, á pesar del amor propio de La Rochefoucauld, el fondo imperialista de la humana naturaleza; ni se tenían nociones del darwinismo social; ni de las leyes que rigen la evolución de las sociedades; ni Comte había dicho «que sólo son buenas las verdades que nos convienen», vaciando de ese modo en una frase la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, iconoclastas de las verdades absolutas y del bien en sí. Filosofía, literatura y arte se encaminaban directamente á refinar el sentimiento y combatir rudamente la animalidad, los instintos dominadores, el pecado original de los cristianos. Lo mismo los autores del siglo xvii, hidrópicos aún de teología, que las admirables, pero incompletas intuiciones de Buffón y Condillac, que la pseudo-ciencia histórica del noble Condorcet, que el misticismo social de los utopistas y la lógica rectilínea de los jacobinos, convergían por distintos canales á la maravillosa y ridícula concepción del hombre abstracto, esa quinta-esencia del irrealismo que nos embriaga todavía. Siguiendo atentamente el curso de las ideas se cae en la cuenta de que no existen verdaderas soluciones de contigüidad ni irreducibles antinomias entre el espíritu realista y viril de Corneille y La Fontaine y el espíritu afeminado y quimérico de Juan Jacobo y Senancour, como no las hay entre el retorno á la naturaleza de los precursores del romanticismo político y el reinado de la Razón de los revolucionarios. Racine poseía ya como los románticos, el triste don de las lágrimas, y antes que por Saint-Preux, Pablo y Virginia y Obermann los nervios habían sido extra-sensibilizados por la caballería y las costumbres galantes, por los Amadises y las Astreas. Clasicismo y romanticismo se ofrecen al entendimiento como manifestaciones antagónicas en apariencia, pero fraternas en realidad, del mismo proceso evolutivo y de la misma falsificación idealista, si se entiende por clásico no lo racional, sino lo espiritual, el esfuerzo hecho por someter las leyes de la Naturaleza á nuestras aspiraciones subjetivas. En este sentido el uno encaja en el otro; ambos entrañan una concepción que admite y pregona la supremacía de la inteligencia ó la del sentimiento, y ambos se oponen al espíritu moderno, realista y utilitario y que es la resultante de una filosofía basada no sobre el instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, sino sobre la voluntad.

En verdad la sensibilidad romántica y el irrealismo, ora ingenuo, ora docto y terrible del pueblo francés antójaseme la obra de toda la cultura francesa y particularmente del exceso de cultura literaria y de la influencia femenina en el arte y las costumbres. En dosis exageradas la literatura y lo femenino intoxican. El lirismo social tiene sus quiebras. Filósofos enamorados de la razón y del ideal y que creyeron devotamente en la omnipotencia de la inteligencia desde Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; ideólogos y utopistas fervientes no de un derecho, de una libertad, de un bien, sino del Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores entusiastas de las Salentes, Ciudades futuras y Eras de oro de la humanidad, desde Fenelón á Fourrier; briosos poetas como Lamartine, Chateaubriand, Hugo, Leconte de Lisle que pretendieron substituir el ensueño á la realidad y convertir sus encantadas imaginaciones en dulce paz campesina, primitivismo patriarcal y edenismo terrestre; artistas de la estirpe de Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen de la civilización ó muestran en inmortales frescos sus visiones paradisíacas; estetas, dramaturgos, noveladores, ironistas y diletantes que á nombre de la dicha de la humanidad ó de la religión de la belleza condenan iracundos el maquinismo, la finanza, las energías viriles, las actividades productoras, lo vital de la vida moderna, en fin, todos concurren á formar la atmósfera de estufa favorable á las quimeras, ensueños, molicies, sensualismos y embriagueces de amor y de ventura que el choque contra los duros ángulos de las realidades resuelve infaliblemente en ironía, escepticismo y mal de vivir.


Porque es lo más insólito que las exquisiteces de la sensibilidad y elegancias mentales, tenidas hasta ayer por signos ciertos de superioridad y dorada cúpula de las civilizaciones selectas, sean causa y venero de toda suerte de egoísmos y enfermedades del alma. Si se para mientes en ello verase á poco andar que el sentimentalismo y la sensiblería, el entusiasmo y el lirismo, el amor del hombre y de la sociedad universal de los hombres sensibles, los delicados y los estetas se transforman, si pasan del plano de la literatura al plano de la vida, en acritud y amor propio feroz, soberbia y aridez de alma, aversión de los hombres é imposibilidad práctica de vivir en su compañía y de adaptarse á ningún medio social. Así fueron Rousseau, Bernardin de Saint-Pierre, Senancour, eternos judíos errantes del país de las quimeras, y de la misma estofa son los bellos tenebrosos, la larga y maltrecha falange encabezada por Saint Preux, el aristocrático René y el inconstante Adolfo, cuyos descendientes enfermos y desesperados desde Rolla y Sorel á Monsieur Venus, parecen algo así como la columna vertebral de la neurosis de un siglo al que llenan de sus clamores y perversidades.

Y los poetas, escritores y artistas; los eternos niños que un augusto prejuicio consideraba como dechados de perfección y arquetipos humanos, tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. Conocida es su ligereza y vanidad pueril que los lleva, entre otros extremos ridículos, á vivir constantemente en la estática postura del bello Narciso; conocido el amoralismo y las depravadas costumbres de los estetas, de quienes son acabados specimens esos complicados embelecos que se llaman des Esseintes, Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad femenina, el ningún poder de gobernarse y la perversión de los exquisitos, admiradores fervientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En resumen, parece una gran mentira la panacea de la cultura literaria, y puede que los refinamientos de la sensibilidad y la inteligencia, ó el arte y las letras, como quería Rousseau, en vez de ennoblecer á los hombres los haga antisociables é inhumanos. Cultura é individualismo, ó lo que es equivalente, condenación de la sociedad, son sinónimos. Acaso es más humana y sociable la bondad natural, sólo que por ésta no habría de entenderse la que tal creyó el sensible é incauto Juan Jacobo, sino al revés, el egoísmo puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo contrario de las languideces sentimentales y flaquezas del carácter que diseñan el perfil moral de los voluptuosos. Esto explicaría acabadamente la oposición y disparidad que el solo nombre evoca entre sensitivos y viriles, idealistas y utilitarios; la escasa virtuosidad de sensitivos é idealistas en el dominio de las realidades prácticas y, al contrario, su preeminencia en el país de los sueños, esto es, en las actividades sub-conscientes que rebajan al hombre disciplinado por el ejercicio de la voluntad, dueño de sí y adaptable por su hábito de gobernarse á las variaciones del medio y lo ponen á la altura de la mujer y del niño, en los que domina el capricho, la fantasía y es más débil el juicio y menos robusta la facultad de querer.

El infantilismo y sugerente parentesco de las sensibilidades artistas y las sensibilidades femeninas; la emotividad exagerada que hace tan irascibles y quisquillosos á los sentimentales; la ineptitud social y escepticismo disolvente de los fieles de la religión del alma; el pesimismo y la ironía de aquellos á quienes tortura el vicio sutil de pensar, no son precisamente seguros indicios de virtudes sociales ni demuestran que la humanidad anduviera muy acertada al elegir como ayo y Mentor al amable y picotero Espíritu, tan desdeñado á menudo por la vida. Prometeo le decía á un sátiro que habiendo visto por primera vez el fuego y deslumbrado por su resplandeciente hermosura, quería besarlo: «Sátiro, llorarás tu barba si lo besas, porque el fuego quema al que le toca», alegoría cuyo sentido expresan, á la par del viejo mito del fruto vedado, muchas fábulas, sentencias y discursos que indican la sospecha ó revelan el conocimiento de la cualidad anárquica y disolvente de poetas y artistas, y dejan que se columbre la oposición del sentir y del obrar, del saber y del poder, de lo que llamaría Nietzsche la lucha del instinto vital que crea y del instinto de conocer que destruye. Hay mucho de verdad en todo ello. Más que los libros y las doctrinas, el comercio de los hombres induce á creer á pie juntillas que las clases demasiado afinadas por el influjo afeminador de las artes y las letras caen en el escepticismo, cuando no en otros males peores, y pierden los bríos de la voluntad y la virtud de amar la vida y gozar de ella, como si vida interior y acción se excluyesen, individualismo y humanidad se rechazasen, lirismo y realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite del egoísmo: sofocado por la cultura degenera en esas enfermedades misteriosas de la voluntad y la inteligencia que debilitan á los delicados, los desarma y obliga á tender el cuello á las ambiciones materialotas, pero vivientes y sanas de la plebe.


Porque es muy cierto que esa actitud desdeñosa de las naturalezas muy finas y cultivadas frente á la sociedad que se llama la ironía, «flor funeraria que florece en el recogimiento solitario del yo»; esa actitud crítica y rebelde que impide tomar parte activa en la tragi-comedia humana é incorporarse con mansa resignación al paciente rebaño de Panurgo, es destructora como el individualismo anárquico del que sólo es vigoroso brote, de las virtudes y energías sociales, y, por consiguiente, de toda robustez moral. La conciencia del profundo desacuerdo entre pensamiento y acción é individuo y sociedad de que nos ofrecen lamentables testimonios la helada indiferencia de Benjamín Constant, el orgullo solitario de Vigny, la melancolía de Amiel ó el cinismo de Stendhal, corta las alas al deseo de poder é impide vivir, porque no se puede tomar en serio un espectáculo fatalmente absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos por fuerza y pagamos con nuestra desdicha. La sonrisa oculta la mortal desilusión, las heridas del flagelado orgullo y nos venga del mundo y su tejido de contradicciones. Es como un desquite de la personalidad, conveniente en dosis moderadas para corregir el optimismo tonto de los simples, de lo que llamaría Schopenhauer el filistinismo hegeliano, pero pernicioso cuando de las clases pensantes desciende la ironía á las masas y se convierte en descreencia, burla y cinismo, porque entonces destruye implacablemente las mentiras é ilusiones necesarias que forja el instinto vital de las sociedades, con el robusto fin de que éstas perduren en el mudable imperio de Cronos y le pongan su cuño al espacio. Que una cosa sea verdadera ó falsa desde la torre de marfil del pensamiento, ¿qué importa?: lo que importa es que sea útil á la vida. Acontece en esto lo que con esas verdades religiosas, erróneas científicamente, pero ciertas y eficaces desde el punto de vista de la religión ó de las costumbres, en las que James echa los nuevos fundamentos del viejo pragmatismo: ¿qué más da que sean puras patrañas y burdas engañifas si curan y dan razones de existir? El utilitarismo de Caliban es más saludable en los trances apurados que el racionalismo de Ariel. El pueblo, lo que en nosotros es pueblo, lo que aún no rompió el cordón umbilical que une la criatura al cosmos, no razona: obra impulsado por sentimientos que son al interés lo que los cuerpos á la gravedad: posponiendo toda consideración transcendente á la utilidad inmediata. Y precisamente por esta limitación y estrechez de juicio acierta con la voluntad de la Vida cuando los timoneles de la Idea han perdido la brújula. Para la Vida el instinto, el egoísmo es más seguro ombráculo y consejero que la razón enseñada en los libros. Ésta harto frecuentemente amengua y desorbita. Obedeciendo á impulsos extraños al interés verdadero y primordial, suele decir: «Sálvense los principios aunque se pierdan las colonias». Pero el instinto vital le habla á la razón como el gran Federico á los doctores cuando decía al penetrar en Silesia: «primero me apodero del país, que después no faltarán pedantes que prueben mis derechos.» El santo deseo de poder se queda siempre con las colonias.

La razón no: contempla la vida reflejada en el espejo deformador de la conciencia mientras la vida pasa cambiante como la onda, y que la misma conciencia no permanece un solo instante sin mudanza. Cómo conocer la verdad moral y eregirla en norma de conducta si ella no fué nunca idéntica á sí misma, ni el medio social tampoco y si nosotros, al concebirla, ¿no somos ya lo que éramos? Aplicamos el parche cuando el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el plano de la lógica ó establecimiento de las verdades científicas en que nuestra fisiología no tiene interés ninguno en engañarnos, el triunfo de la facultad humana por excelencia es evidente: todo es tangible para ella, y razonar notre puissance, parece lo más justo; pero en el plano de las realidades esto suele ser lo más desastroso, porque la vida, como el corazón, tiene razones que la razón no conoce. Un trabajo formidable se produce en las reconditeces y antros del alma, ignoto para las luces de la conciencia y que determina la mayoría de nuestros actos y voliciones. Conocemos los fenómenos visibles, de nuestra voluntad, como vemos la burbuja que estalla en la superficie de las aguas: después de haberse formado en el seno de ellas y de atravesar su masa toda. Los verdaderos móviles que nos impulsan nos serán desconocidos eternamente al obrar, que es cuando su conocimiento podría sernos de algún provecho para dirigir la vida. Lo que percibe el espíritu es la proyección de los deseos; por otra parte, él no es el espectador sino el espectáculo mismo. Engañados por los sentidos, las pasiones, los antojos de la fantasía, los caprichos del corazón y la óptica deformadora de la inteligencia, el hombre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que quiere ni adonde va. La ilusión gobierna el drama espantable del mundo. Y así, impulsados por las fuerzas colosales é irresistibles de lo sub-consciente ó por la inteligencia, esa «petite chose á la surface de nous mêmes», seguimos adelante como autómatas y sonámbulos en la noche obscura del alma. Solamente que en el primer caso, nuestras plantas se apoyan en el suelo y por ellas como la savia por las raíces y el tronco hasta la flor, sube al cerebro la voluntad de la tierra; mientras que en el segundo nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los espejismos de la imaginación, que es pura fantasmagoría cuando deja de ser el instrumento dócil de aquella voluntad; perdemos el contacto de las realidades; dejamos de nutrirnos de sus jugos divinos y ya no somos otra cosa que vanidad, hojas secas volteando en los lomos del viento.