El espíritu poco práctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido político y escaso poder de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina y frívola ligereza de los pueblos en demasía razonadores, tiene su origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposeídos del sentimiento de las realidades por la absurda falsificación que, á guisa de pecados y vicios, combate todavía torpemente la fuerza fundamental de la humana criatura. Cuando dejan de oirse los eternos mandatos de la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo y miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores mentiras del arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto de su destino; también se inventan las religiones del alma y las hechicerías de la razón, y todo aquello que por ser enemigo jurado de lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con pérfidas seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino brillante, pero efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro.

Porque así como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atañe á la inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas del pensamiento, según la tradición irrealista y anti-utilitaria de los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosóficas sin aplicación á las realidades prácticas, idealismo político, misticismo social: hinchada palabrería razonante en la que se resuelven al fin de cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francés.

La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, persigue la injusticia, busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello, y quizá á causa de ello, no puede reducir la anarquía interior que la divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frente del invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble é ilusa Lutecia, víctima de lo que llamaba Gioberti el «amor de los antípodas»! Su pecado y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las construcciones ideales y fiebres demagógicas; los esfuerzos por encauzar el torrente impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lógica y poner al unísono universo y corazón, absorben los zumos preciosos de su cerebro y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la inteligencia á las necesidades de la concurrencia universal, urgentes y perentorias en el medio económico realista y utilitario, no exento por dicha de heroísmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los pueblos civilizados.

La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueños es el crónico desequilibrio del organismo nacional y, por añadidura, una suerte de desidia é ineptitud para las cosas prácticas y cierto amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francés, lo colocan en permanente inferioridad junto á otros pueblos menos cultivados pero más enérgicos; menos espirituales, pero más duchos en aplicar la inteligencia á la vida; menos sensibles y ébrios de virtud, pero en el fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras el confundir la inteligencia con el esprit, la realidad con la literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lírica. Y á todo ello conduce frecuentemente el culto de la Razón, que tantas esperanzas hizo concebir á la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la inteligencia y no relaja las energías productoras, que son las virtudes cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud estética sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la conciencia con lo sub-consciente, la física del alma y la física del cuerpo; pero es condenable toda civilización, por brillante que sea si, con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios de los hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours accepter la mesquinerie des conditions autour de son Ideal».

Las cristalizaciones típicas de la civilización francesa, y aun podría decirse de la cultura greco-latina de la que es París el dechado y la simbólica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espíritu, lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estéticos y modas sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que llamaría el enérgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde las voluntades anemiadas por las sangrías del sentir y del pensar desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda intoxicación literaria y que no tienen los ojos ébrios de luna sino fulgentes de luz solar.


Considerando al materialismo fatal de la era presente y las aptitudes prácticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin grande esfuerzo, la reacción brusca de las civilizaciones modernas, positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del pasado y particularmente contra el racionalismo francés. Á pesar de los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces y ennoblecedoras un día, más que otras cualesquiera, de la cultura francesa, ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones que extienden sus dominios en el momento histórico actual, ni pueden ser las fórmulas morales del porvenir. Si bien afinan al animal humano, lo hacen con detrimento de sus energías belicosas. Es lo contrario lo que priva y hace falta. La selección de las sociedades encamínase francamente á proteger á los viriles y destruir á los sensitivos. Y por eso la cultura que realizó en la historia el connubio de la Gracia y del Saber, la única que todavía puede parangonarse á la que floreció en el Ática sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las virtudes sociales del momento.

Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente é imparcial, caracteriza el siglo xix por dos hechos singulares entre todos: el triunfo del espíritu democrático y del idealismo político ó extensión de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y la supremacía de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las realidades prácticas, ó lo que es equivalente, en las luchas políticas y económicas. Mas lo primero es sólo una amable apariencia. Por lo que toca á la filosofía y la moral, damas pudibundas y al parecer invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los bárbaros, lo típico del siglo xix es, en último término, la reacción triunfante del naturalismo alemán y del darwinismo anglo-sajón, contra el racionalismo francés; en lo que atañe á la vida real lo que salta á los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, políticos, económicos, democráticos y la superioridad, establecida por los hechos en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que cuando no es la fuerza es el mal», según la aserción del paradójico Wilde, un esteta que también aseguraba con el mismo desahogo, «que no tiene nada de sano el culto de la belleza». Él debía de saberlo.

Y esa superioridad, y he aquí lo portentoso, se hace manifiesta no solamente en las luchas económicas y diarias porfías, sino en el terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser más eficaces las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espíritu solidarista que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la dicha del mayor número, la libertad, el progreso, nociones confusas y tal vez antinómicas, no es más favorable, en suma, á la sociedad que las doctrinas naturalistas ó anti-racionalistas de alemanes é ingleses. En la práctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran, el primero: en estetismo amoral, ironía, escéptica indiferencia y repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentación revolucionaria é individualismo anárquico, cosas antagónicas, como el amoralismo de los estetas, á la sociedad y la vida. Por el contrario, el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, al orden, á la libertad, á la cooperación por la vida dentro de la lucha por la vida; y, por otra parte, al individualismo del self governement, que es fuente inagotable de energías y virtudes sociales, no teóricas sino prácticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el egoísmo acaparador de los brutales, es más provechoso para el mundo que el egoísmo sin interés de los delicados.