Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos del Norte, al haber permanecido hostiles á la influencia greco-latina, manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad étnica y hasta cierto punto, su civilización castiza, lo que constituye la fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas esos pueblos precisamente, desempeñaron por mucho tiempo un papel secundario en las conquistas de la civilización y se nutrieron en muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos que sufrieron el dominio de la Roma de los Césares y los Papas, no debe atribuirse á la ausencia de ese dominio, sino más bien, á la sórdida economía de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraña á los refinamientos y molicies destructoras del carácter que traen consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandría, Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fué el Japón antes de haberse asimilado la civilización occidental. Lo que á todas luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia ó prestada no desvirtue el egoísmo nativo, manantial de toda vida y en el que absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar aún.
Las cualidades viriles que garanticen el triunfo práctico y cabal en esta época de imperialismo económico, no han sido hasta ahora, ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseñorean del globo, no poseían ayer las preciosas energías á que deben su predominio, ni nada hace suponer que tanto fasto y poder no concluyan un día con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida en su juego divino seguirá transformando las sociedades y es muy posible que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas dotes dejen de ser útiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente, como acontece en la era capitalista de cálculo y ahorro, con las virtudes hidalgas de la caballeresca España, eficaces en el tiempo pasado y al presente perniciosas. Así, pongo por caso, si el edenismo convierte un día la tierra en los campos elíseos de la humanidad, los pueblos que juzgamos ahora más aptos para la lucha vital, perderían la situación preponderante que deben á lo que entonces fueran cualidades anacrónicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura. Francia acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si triunfase sería el desquite del ideal francés. Pero en la vida como en el arte, «las intenciones no son nada, el poder de realizar es todo». Y el poder, fuerza es que se diga, no está de parte de la Idea, sino del Factum; no de parte de los delicados, sino de los viriles; no de parte de los más nobles, sino de los más fuertes, que son los más aptos para convertir en hechos sus aspiraciones.
Por los demás no conviene llamarse á engaño sobre la supuesta egregia condición de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus conquistas. Ya hemos dicho que la razón es esencialmente arbitraria y opresora, y cómo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las zarandajas morales de la nobleza y del desinterés de los propósitos, cuando se examinan de cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiología y cultura. Como la función crea el órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que el ideal francés se opone formalmente á todo privilegio é imperialismo derivado de los hechos y no de la teoría; pero ese ideal ¿es otra cosa que el privilegio de la razón razonante que conviene á la Francia, y un imperialismo sentimental con el que, la nación desprovista de sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no de otra manera, su gastado instinto de soberanía? Grande vidente fué Zaratustra cuando dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una mano de su voluntad». Todo es mano en el hombre, y el objeto de ese órgano prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las arenas movientes que lamen las olas del mar.
De las aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francés, no cabe dudar y menos de su obra dilatada á todas las actividades, industrias, ciencias y máquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos llevan en el medallón del alma, como un recuerdo del primer amor, la imagen querida del bello París. Fuera menester haber nacido ciego y sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar la influencia dulce y luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel, y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fué, y sigue siendo en parte aún, la flor de la humanidad y así como la inteligencia y la gracia del mundo. La invención de la inferioridad de la raza y la decadencia latina, son burdas especies. Después del libro de Finot quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las aptitudes y cualidades francesas, tan múltiples como peregrinas, nunca fueron más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha cambiado y muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rémora y dificultad para ponerse al diapasón positivista de los tiempos que corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen empleo los marqueses talon rouge. El perpetrar las tradiciones estéticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningún pueblo podrá ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uñas pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia técnica que se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el ejercicio del espíritu y el uso de la razón, de la vieja razón, no prolongarán el imperio de Francia sobre el mundo. La Fuerza de las ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresión de la Fuerza. En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi tan anacrónicos como los santos. Pero ello no implica una condenación de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que éstos, después de haber «fait le tour des sentiments et des idées», no puedan adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente los arrestos y bríos morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias á su inferioridad crítica y simplicidad primitivas. Además, puede acontecer muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se tienen por raras perfecciones, méritos de subidos quilates y signos ciertos de superioridad.
Mas, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta á la vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo de las aguas que disloca y parte las montañas, van haciendo del mundo su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la finanza plantan las banderas de la expansión comercial hasta en los rincones más escondidos del globo; conquistan los mercados, que son las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancías en los pueblos y los hacen sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se transvasan en la era capitalista los ímpetus conquistadores de otras épocas y los impulsos del nunca dormido, mientras se conserva sano, instinto de dominación, el sibarita París no acierta á oponer otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces y refinamientos que abrieron á Roma las puertas de Atenas y á los bárbaros las puertas de Roma.
Al modo que las voluntades flacas, después de renunciar á las tierras del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las estupefactiva inversión de valores que hacen robusto lo canijo, rico lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energías viriles y fatigados alientos, inventan los códigos morales de la debilidad y las ilusiones idealistas que adormecen y engañan las voluntades nacionales contra las que no se puede luchar á brazo partido ni frente á frente. Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplación, acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en sí oculto, muy oculto, el desdén de lo real y de la acción—su amor de las ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios—y es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza y hacer factibles por las vías pacíficas, el suspirado reino de la justicia y la adorable quimera de la sociedad universal, que de realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo por la guerra y la muerte, «ya que nada existe sino en virtud de la injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio», al decir del admirable Gourmont.
Cada vez que trato de exprimirle el jugo real á la unión por la vida, dulce fórmula de uno de los representantes más autorizados del idealismo francés, me viene á las mientes el recuerdo de otra unión de la que yo formaba parte de pequeño en la escuela. Se llamaba la «Cofradía del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos mútuamente para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de asueto vendía de que merendar, las golosinas que apetecíamos. Nuestras maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto, pero después, cuando se trataba de repartirlo, la unión para el bizcocho se convertía invariablemente en guerra por el bizcocho. La experiencia del mundo me ha demostrado en múltiples ocasiones, que la unión para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir se trueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, sociedad universal, edenismo terrestre! Hermosos sueños sino se cambiasen, con el desate de las pasiones, intereses y apetitos que dejar de obedecer, en guerra y anarquía, y sino fueran la expresión sintomática de las enfermedades de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y que palidecen y se consumen escuchando el canto del ruiseñor... Humanitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo y antisemitismo, revelan bien á las claras la urgente necesidad de desarmar á los otros ó confabularse contra los que no se pueden vencer á armas iguales, y constituyen la implícita confesión de la anemia nacional. «Ils nous gênent», responde un personaje representativo de la nobleza en el drama «Israel» para explicar su odio á los judíos, vencedores en la lucha social y que acaparan ávidamente cuanto privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella despechada frase se contiene la razón verdadera... y cínica, como todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judíos son los rivales, tanto más detestados cuanto más victoriosos, á cuyas arcas van á concentrarse los dineros, ó lo que importa lo mismo, la virtualidad y situación social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre las débiles», podrían ellos replicar remedando á la Galigaï cuando explicaba á los jueces su influencia sobre María de Médicis. Y no podía ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de la osadía y firmeza del empeño. No hay sino escudriñar, para percatarse de ello, las causas recónditas de la abulia, y observar de cerca la torpeza, timidez y escasísima inteligencia en la práctica de la vida, de los cerebrales y los emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, «obrar es pensar con todo el cuerpo». Sé, también, que obrar es asimismo, según el poeta del misterio y del silencio, recogerse en sí, escuchar, callar... pero no hay meditación ni recogimiento que unan el individuo como el acto á su patria celeste, á la actividad universal. Una idea suele ser una bella cosa, pero el más pequeño de los actos es siempre una cosa divina. Á mayor abundancia de razones, cuando el Espíritu deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente, y como aquella traición se repite con grande frecuencia, es por lo que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar y sentir idealmente nace y medra en razón inversa de la capacidad de obrar prácticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta—llamo poeta al intérprete de lo divino—tiene una excelsa y misteriosa misión que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su actividad inexplosiva, ó su actividad misma cuando adormece y enerva en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y distracciones de harén.