Ahora bien: esto último es, para desdicha de los imperios apolínicos, lo que ocurre y produce una especie de fermentación literaria que intoxica el corazón y el cerebro de las multitudes y prepara el reino de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen esperando la venida de los bárbaros.
Este convencimiento que se traduce aquí y allá en las obras de los viajeros salidos de la Metrópoli de la Belleza para sufrir el roce áspero de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros literatos como Bourget y Adam, ya sociólogos y psicólogos como Leroy-Beaulieu, Boutmy, de Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, ora simples periodistas como Huret, es quizá, lo que en forma de presentimiento obscuro, agita á la Francia. Las convulsiones de su política y anarquía moral pueden ser los últimos espasmos de un mundo glorioso, pero inapto para adaptarse al ambiente positivista, ó los dolores de un nuevo alumbramiento revolucionario del que saldrá el ideal de amor y ventura que la bella Lutecia, apasionada y ensoñadora, nutre y quiere con los redaños del alma. Lo innegable es que fermentos y levaduras morales de muy diversa condición trabajan las masas á porfía y tienden á destruir el orden de cosas actual. Tradicionalistas, cuya fórmula es la tierra y los muertos, la patria y los ascendientes, que el travieso individualismo barresiano descubre en las profundidades del yo, y socialistas que sueñan con la sociedad universal como Jaurès y Hervé; cesaristas á lo Renán y monarquistas á lo Murras, que se apoyan en Darwin y la ciencia para condenar el régimen imperante; republicanos de vieja cepa y anarquistas sentimentales, ateos y creyentes, patriotas y escépticos conciertan sus enemigas voluntades en el aquel de renegar de la democracia. Los unos por que ésta, destruyendo las jerarquías y excelencias sociales se pone en camino de rebajar el nivel intelectual y moral de la raza y substituir la cultura por la barbarie, el orden por el caos. Los otros porque la democracia no ha cumplido ninguna de las promesas grabadas como divisas en la piedra de los edificios públicos: mito la libertad, mito la igualdad, mito la fraternidad y el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, mitología pura. Y unos y otros ven y confiesan dolidos la desorganización que avanza, la natalidad que decrece, la marea del escepticismo que sube, el nivel del heroísmo que baja. La misma fe y esperanza puestas en el porvenir se desvanecen al reconocer el fracaso de la pedagogía y las disciplinas francesas, que sólo preparan sentimentales y retores, ineptos y desorbitados. No se sabe qué hacer ni á qué santo encomendarse. Ningún mejunje calma la fiebre ni la agitación nerviosa. Todas las posturas son incómodas. Y las doctrinas de perfecta armazón lógica suceden á las doctrinas; las utopías seductoras á las utopías; los discursos á las hemorragias de la palabra; la Revolución al perpetuo hervor revolucionario, mientras las ébrias musas de París cantan como Nerón contemplando el incendio de Roma.
Y este es el desolado y maravilloso espectáculo que ofrece al mundo la razón razonante.
CONCLUSIÓN
La renuncia del Espíritu como lazarillo de la vida es inminente. La humanidad ha perdido la confianza en su Mentor. El viejo idealismo no tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta á los ojos de los más cándidos como una vejiga desinflada. Perdida la fe y llenos de incertidumbres los mismos pueblos que adoraron de rodillas á la razón razonante se alejan de ella y se pierden en las sombras del escepticismo, sin volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las campanas espirituales repicando en los templos desiertos. Francia, Italia, España, Portugal, pagan muy caro su irrealismo, el crimen de haber preferido la idea al hecho, la palabra al acto, la razón mística á la razón física, para no reconocer en secreto que el lírico bagaje de ayer es hoy una pesada impedimenta. No sólo no incita á obrar, sino que impide obrar. El pasado les pertenece, pero no el futuro si no arrojan lejos de sí el muerto laurel y se coronan de frescos pámpanos para merecer de nuevo los favores de la Vida. Ante ésta, por no haber reconocido todavía que la Fuerza es el elemento divino del universo, como el Oro es el elemento divino de las sociedades, prorrumpen aquellas naciones en el profundo yo pequé en que terminar suelen las agitaciones de los delicados y los idealistas, cuando son sinceros y clarovidentes como Renán.
¡Desgarradora melancolía! Él mismo, tristemente, muy tristemente, llega á considerarse como un tipo humano fósil en el mundo que, educación é ideal, le impiden comprender y aquilatar en su intrínseco valor. Esta ineptitud, tratándose de un representante tan calificado de la inteligencia, es muy significativa. Medio místico y humanidades le han hecho perder el sentido de lo real, que sólo mantiene sano y alerta el interés. El desprecio de los bienes materiales remata la obra. Como los santos, por mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni las cándidas florecillas que aplasta torpemente. Su ciencia de lo que no sirve para vivir es prodigiosa, más prodigiosa todavía su ignorancia de lo que para vivir sirve. El historiador admirable y filósofo sapientísimo, no tuvo sospechas siquiera de las relaciones pecuniarias de los hombres ni de la estructura económica de las sociedades. «Piensa como un hombre, siente como una mujer, obra como un niño». Por manera que hacia el fin de su vida, cuando principia á ver claro, los sucesos le sorprenden dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada ilusión magnífica conviértese, por las malas artes de un mago enemigo, en prosaica realidad; cada ardor generoso en desencantada ironía. Una á una mueren las esperanzas de su inteligencia audaz y quedan delante de los espantados ojos del sabio las realidades del egoísmo, del egoísmo sañudo y triunfante como el Rey Monje en medio de los conspiradores asesinados.
Sus desencantos y amargas quejas dicen; mentiras, mentiras falaces la religión del alma y la preeminencia del espíritu. «Pensar no es el único objeto de la vida. El reino de la razón es una quimera. El ideal y la realidad son enemigos. La causa que cautiva á las almas nobles no triunfará jamás. Lo que es verdad en literatura, en poesía, á los ojos de las gentes refinadas, es siempre falso en el mundo grosero de los hechos consumados. Las heroicas locuras que el pasado edificó no tendrán más éxito. El espectáculo de este mundo nos muestra sólo el egoísmo recompensado. Inglaterra ha sido hasta estos últimos años la primera de las naciones gracias á su egoísmo. Alemania ha conquistado la hegemonía del mundo renegando altamente los principios de moralidad política que con tanta elocuencia había predicado antes.»
Como el emperador filósofo en su lecho de muerte podría exclamar Renán: «¡Oh!, Apolo, ¿por qué me has mentido?» Tantas desilusiones hacen que la realidad se le aparezca como una matrona insensible y prosaica que se burla groseramente de los galanteos pudibundos del entusiasmo y del lirismo. Sus laboriosas previsiones, fruto de largas vigilias, lo engañan cruelmente; la inteligencia, que él adora y en la que cree como en un Dios todopoderoso, pone entre el sabio y la vida un velo brillante que hermosea y deforma los objetos. Éstos son otra cosa de lo que él creyó, y piensa que acaso es injusto al juzgarlos severamente. He sido un iluso y un insensato, clama. «La idea de que el noble es aquel que no gana dinero y que toda explotación comercial ó industrial, por honesta que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer al primer círculo humano, tal idea se desvanece de día en día. Todo lo que he hecho antes parecería ahora acto de locura, y á veces, mirando en torno de mí, creo vivir en un mundo que no conozco.»