Creemos, firmemente, que el símbolo de la Redención cristiana, tallado en mármol de nuestras canteras, y levantado á las márgenes de la desembocadura del río Culebrinas, en las playas de Aguada, ocupa el lugar que le corresponde; pero, á fin de evitar interpretaciones dubitativas en el futuro, invitamos á todos los escritores, que han tomado parte en la controversia, para que de común acuerdo enviemos nuestros trabajos á la Academia de la Historia y aceptemos el veredicto de la sabia y competente Corporación.

Noviembre de 1893.

Segundo viaje de Colón

La llegada del intrépido genovés al puerto de Palos de Moguer, de donde había salido á la conquista del áureo vellocino de las Indias, cual nuevo Jasón en la célebre empresa de los Argonáutas, y su marcha triunfal á través de los hispanos pueblos, que le vitorean como á un héroe legendario de las epopeyas griegas, llegando á la condal ciudad de Barcelona, donde accidentalmente moraban los Católicos Reyes, radiante de justa emoción, y seguido de los capturados indios, que lucen vistosos penachos y cobrizas carnes, y ostentan lindos guacamayos y objetos de oro; tan feliz arribada despertó rápidamente en la Nación española un entusiasmo general hacia el desconocido navegante, que había regresado victorioso de los últimos confines del tenebroso mar Océano.

El desconocido en su propia patria, el desdeñado por el rey don Juan de Portugal, el desairado en Francia é Inglaterra, y acogido únicamente por el sabio astrólogo franciscano Fray Juan Pérez de Marchena en el modesto monasterio de la Rábida, y después por la bondadosa castellana Reina á instancias de su antiguo confesor, se yergue ahora al retorno de su fantástico viaje, agrupando á su alrededor los valientes hijosdalgos y los intrèpidos marinos àvidos de glorias y aventuras.

Acababa España de obtener la unidad nacional, lanzando del suelo patrio, tras gigantesca pugna de ocho siglos, la media luna del agareno; acababa el Renacimiento de infiltrar en Europa la savia de la vida moderna, con la venida de los artistas de Bizancio (1453), arrojados por el sable de Mahomet II; y el pueblo hispano, guerrero y artista, iba à trasladar à tierras descubiertas tan oportunamente, los trabajos de Hèrcules, terminados en el histórico estrecho con la ida de Boabdil à las costas mauritanas.

Los Reyes habían sentado en su presencia, honor altísimo, al profeta revelador de las invenidas tierras indianas. Aquellos edènicos salvajes de arrogante presencia, aquellas raras aves de vistoso plumaje, aquellos granillos de oro y macizas caràtulas del preciado metal, aquellas aromàticas maderas y picantes especias y desconocidas viandas y grotescas vasijas, revelaban à las imaginaciones impresionadas la realidad del descubrimiento.

Los regocijados è impacientes Monarcas dispusieron se reuniera con presteza suma, en las aguas de Càdiz, una brillante armada, que à las órdenes del glorioso Almirante cruzara de nuevo el incierto derrotero, por èl revelado, y afianzase la posesión de las halladas tierras à favor de la corona de Castilla.

No se omitieron gastos; se dispuso del oro necesario para los aprestos marítimos, merced à las alcabalas, bienes de judíos y emprèstito levantado; se comisionó à Berardi para la compra de la nao capitana; hubo acopio suficiente de granos y bizcocho; Rodrigo de Narvaez hizo la provisión de pólvora y balas; se obtuvo del Sumo Pontífice Alejandro VI la bula Inter cætera, sancionando el derecho à las tierras reveladas; se reunieron labriegos, herreros, albañiles, carpinteros y braceros para el laboreo de las vírgenes campiñas y construcción de acequias y edificios; se escogitaron veinte lanzas granadinas en briosos corceles andaluces; en la Alcaidía de Màlaga se reunieron corazas, espingardas y ballestas selectas; se llevaron à las carracas simientes como trigo, arroz, cebada, sarmientos, caña de azúcar y legumbres, y ganadería como vacas, yeguas, ovejas, cabras, puercas y asnas para castar[[7]]; se acumularon cal y ladrillos para edificar; y se embarcaron mil quinientas personas, en las diez y siete naves, entregàndose con fe ciega en manos del profeta y descubridor, que hacía poco tiempo había sido considerado como un loco visionario.

Allí venía el primer conspirador que hubo en Amèrica, Bernal Diaz de Pisa, que de Alguacil de la Corte pasó à Contador de la Armada, preso y aherrojado en Isabela por el Visorrey al descubrir su memorial de quejas à la Reina. Allí venía el benedictino Fray Bernardo Boil y doce sacerdotes del monasterio de Monserrat[[8]]. Allí venía Mosèn Pedro de Margarit como perito en el arte de guerrear: Boil y Margarit, dos autoridades adversas à la autoridad del Almirante; y personificando el uno el poder religioso y el otro la fuerza militar, habían de perturbar hondamente la incipiente Colonia, como sucedió, alentando al insubordinado Roldàn, que ejerció el cargo primero de Alcalde mayor de la Española. Allí venía Alonso de Ojeda, de músculos acerados, que supo capturar personalmente al bravo cacique CAONABÓ, destructor del fuerte de Navidad y nervio de la guerra del CIBAO, y montàndolo en el arzón de su corcel cordobès le condujo maniatado à la sorprendida ciudad de Isabela, para que desde la prisión oyera el tañer de las campanas, que habían servido al hazañoso paladín para su estratègico ardid. Allí el pulido Guevara, que había de tener tan novelescos amores con la hermosa HIGUEMOTA, hija de la cacica ANACAONA. Allí el infeliz Adriàn Mojica, ahorcado, por orden del Virrey, en las almenas del fuerte de la Concepción. Allí el arrojado Juan de Esquivel, vencedor del corpulento y batallador cacique COTUBANAMÁ, y despuès conquistador de XAYMACA, la actual Jamayca. Allí Sebastiàn de Olano, receptor de los derechos reales. Allí el padre Marchena, el amigo del alma de Colón, su primer protector y su confidente como sabio astrólogo. Allí los comendadores Gallego y Arroyo. Allí el físico Alvarez Chanca, encargado de la Sanidad, cuya Carta al Cabildo de Sevilla había de ser, andando el tiempo, una joya de inestimable valía. Allí los servidores de la Reina, Navarro, Peñasoto y Girau. Allí el piloto Antonio de Torres, que traía nombramiento de SS. AA. para volver con las naves à España; y à quien personalmente entregó el Almirante sus cartas y memorial para los Reyes, y cuyo encabezamiento decía: “Lo que vos Antonio de Torres, capitàn de la nao Marigalante è Alcaide de la cibdad Isabela, habèis de decir è suplicar de mi parte al Rey è la Reina, nuestros Señores”. Allí Juan de la Cosa, como Maestre de hacer cartas, piloteando la cèlebre carabela NIÑA, que tuvo la gloria de haber llevado à España la buena nueva del descubrimiento: Juan de la Cosa, que trazó el primer mapa del Archipièlago antillano al singlar del crucero por las edènicas islas: faro de potente luz para iluminar la epístola de Chanca. Allí el padre y el tío de Bartolomé de las Casas, el humanitario defensor de los indios, que antes de Grocio proclamara el derecho natural[[9]]. Allí Diego de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é de la Reina, que dió el primer testimonio público en la ciudad de Isabela—9 de abril de 1494—dando fe de las instrucciones comunicadas á Margarit, de orden del Virrey, con el envío de cuatrocientos hombres de á pié y diez y seis de á caballo, al mando del capitán Ojeda, para aumentar la guarnición del fuerte de Santo Tomás á orillas del Janico. Allí el metalurgista oficial Fermin Zedó y el ingeniero mecánico Villacorta. Allí Luís de Arriaga, que había de defender tan valientemente el fuerte de la Magdalena contra los ataques del cacique GUATIGUANÁ y su numerosa mesnada. Allí Pedro Fernandez Coronel, Antonio Sanchez Carbajal y Juan de Luján, designados por el Visorrey, antes de embarcarse en la siempre útil NIÑA, en demanda de Cuba, para que fueran consejeros vocales, en unión del padre Boil, de su hermano don Diego, á quien dejaba de Gobernador interino. Allí Ginés de Gorvalán, que exploró las riquezas de los territorios del MACORÍS. Allí Juan de Aguado, Intendente de la Real Capilla, que había de retornar á España para traer después Comisión regia reservada[[10]]. Allí el esforzado mílite Diego Velazquez, conquistador y poblador de Cuba. Allí don Diego Colón, hermano del Almirante, y su ahijado de bautismo el indio de GUANAHANÍ, llevando el nombre de su padrino don Diego. Y allí Vega, Abarca, Gil García, Márquez, Maldonado, Beltrán y otros muchos, personificando el espíritu aventurero y gentil de aquel pueblo, que clavó con Pulgar el Ave-María á las puertas de la mezquita de Granada, antes de la toma de la morisca ciudad; y cerrada la era de la guerra muslímica traía al Nuevo Mundo el genio de la conquista, encarnado en fibras de hierro, espada toledana al costado, puñal florentino al cinto, relumbrante casco de vistoso plumaje, escudo cincelado, divisa amorosa ó pía, pesado lanzón para el férreo puño, y el pisador andaluz con gualdrapa multicolor: guerrero ágil, sobrio y apasionado, dispuesto siempre á arrojar el guantelete, dar un mandoble ó romper una lanza.