Y allí también, en la inmortal épica empresa, nuestro Juan Ponce de León, el mozo de espuela del Comendador mayor de Calatrava, don Pedro Nuñez de Guzmán; campeón de humilde cuna, pero de reconocida valentía personal, probada á diario, en los choques sangrientos con la morisma del Darro y del Genil; y que quince años después había de engarzar á la corona de Castilla la hermosa perla de BORIQUÉN, acogida por el Descubridor, en este segundo viaje, bajo el morado estandarte de los Católicos Reyes.

Consideramos estos días del ilustre marino genovés como los de mayor satisfacción pasados en su sufrida existencia. Había recorrido las calles de la ciudad de los Condes junto al Monarca don Fernando y el príncipe don Juan; sus hijos eran tomados por éste en calidad de pajes, honor propio de los hijosdalgos; magnates como el Duque de Medinaceli le habían tributado sus obsequios, y prelados como el Arzobispo de Toledo tratado en íntima ágapa; los vítores del pueblo le saludaban al paso; y abrazaba ahora sobre el combés de la MARIGALANTE, antes de partir de nuevo para las Indias, á sus hijos don Diego y don Fernando, en quienes los Monarcas habían vinculado la heredad de los títulos por él adquiridos.

El 25 de septiembre, á la hora del alba, zarpó la escuadra de la bahía de Cádiz, con derrotero á las islas Canarias, por llevar intención de tomar en ellas refresco de los bastimentos necesarios, y evitar los mares vecinos á los cabos portugueses y á los archipiélagos dependientes de Portugal[[11]]; á los tres días de navegación visitaron las naves tórtolas y pajarillos, que pasaban á invernar á Africa desde las islas Azores; el 2 de octubre[[12]] llegaron los expedicionarios á la gran Canaria, y á la media noche alzaron velas para ir á la Gomera donde arribaron el sábado 5 de octubre, ordenando el Almirante se acopiara prontamente lo que necesitara la escuadra; recolectando de nuevo semillas, aves de corral y ocho puercas. Se reparó una nao que hacía mucha agua, y molestados por falta de viento tardaron algunos días en llegar á la isla de Hierro, de donde partió el crucero, el 13 de octubre, con tiempo bonancible y rumbo al Oeste. El jueves 24, del mismo mes, estaban los viajeros en el mar de sargazos[[13]] y visitó una golondrina la armada. El sábado 26 por la noche vieron los intrépidos viajeros el fuego de San Telmo en las gavias, y hubo lluvia y tronada, y se cantaron letanías y oraciones, teniendo al subsiguiente dia de san Vicente mal tiempo también. El sábado 2 de noviembre consideró el Almirante estar próximo á tierra por el aspecto del cielo y estado de mar y viento, hizo recoger velas, y ordenó que toda la gente hiciese buena guardia aquella noche[[14]], y al amanecer del otro dia—3 de noviembre—quedaron justificadas sus opiniones, viendo al Oeste, siete leguas distantes de los buques, una isla alta y montuosa, á la cual puso DOMÍNICA, en obsequio al dia de arribada á ella. Y desde aquel momento empezó el bojeo del Archipiélago antillano, despertando en el ánimo de aquellos aventureros argonáutas sublimes ambiciones.

La DOMÍNICA por la parte visitada era inaccesible, la corrió el crucero una legua buscando surgidero, y no hallándolo, ordenó Colón que una carabela la reconociera, é hizo rumbo con la escuadra á otra isla avistada, á la cual puso en obsequio á la MARIGALANTE, la nao capitana, SANTA MARÍA GALANTE[[15]], llegando á ella á la caida de la tarde. Descendió el Almirante á tierra, plantó el signo de la redención cristiana[[16]], y levantó Diego de Peñalosa, escribano de cámara del Rey é la Reina, acta notarial de la toma de posesión. Permaneció la armada fondeada hasta la mañana del lunes 4, que zarpó, la vuelta al norte, hacia otra grande isla divisada; llegados á ella el mismo dia, la intituló el Almirante: SANTA MARÍA DE GUADALUPE, por devoción y ruegos de los monges de aquella casa, en Extremadura, á los cuales había ofrecido poner á alguna isla el nombre de su monasterio. Tres leguas antes de arribar á Guadalupe divisaron los viajeros una roca altísima (la SOUFRIÉRE), que terminaba en punta, de la cual salía al parecer un grueso chorro de agua, que por su limpidez algunos decían ser veta blanca en la roca. Surtas las naves, á la caida de la tarde, en puerto rebuscado, fueron á tierra los expedicionarios á reconocer una aldehuela que se divisaba en la playa; la hallaron desierta de adultos y encontraron algunas criaturas, en cuyos brazos ataron cascabeles para atraer á los padres el siguiente día. Les llamó la atención muchas aves blanco-rojizas[[17]] y verdes[[18]], unas calabazas[[19]] y la odorífera ananás[[20]], que por su similitud con el fruto del pino le llamaron los viajeros piña. Observaron también los arcos y las flechas, y las camas colgadas, hechas de algodón y á semejanza de redes (hamacas), y maravillóles sobre manera una tartera de barro lucidísima, que les hizo creer, de súbito, fuese de hierro, por el color que había tomado la arcilla cocida. Pero todo fué respetado, y se volvieron los viajeros á las carabelas. Al día siguiente—martes 5 de noviembre—envió Colón dos barcas á tierra para ver si podía capturar un indígena, que le diera nuevas del país. Regresó cada embarcación con un mozo indio, y los garzones dijeron, eran ellos de BORIQUÉN, y que los habitantes de SIBUQUEIRA (Guadalupe) eran CARIBES. Retornaron las barcas á buscar unos cristianos, que habían quedado en tierra, y encontraron con ellos seis indias, las que voluntariamente se embarcaron y fueron á las naos; pero el Almirante ordenó agasajarlas con cascabeles y sartas de vidrio, y llevarlas de nuevo á tierra. Colón quería atraerse á los indígenas; pero los indómitos CARIBES despojaron á las mujeres de las bujerías; y las mismas indias, cuando volvieron las barcas á hacer leña y aguada, se entraron en las embarcaciones y rogaron, por señas, á los marineros las llevasen á los navíos, manifestándoles, en su mímico lenguaje, que los naturales de Guadalupe comían hombres, y las tenían á ellas cautivas. Los marineros recogieron un garzón y dos criaturas más, llevando á bordo á aquella gente, que aceptaba mejor entregarse á seres extraños, vistos por vez primera, á quedarse en tierra de los terribles enemigos, que se habían comido á sus hijos y maridos. Por una de aquellas indígenas boriquenses supo el Almirante que hacia el Mediodía había muchas islas, y que de SIBUQUEIRA había salido una expedición de trescientos caribes, en diez grandes canoas, á piratear en las vecinas tierras y á capturar gente. Aunque el Almirante traía su carta náutica, trazada en el primer viaje, interrogó á las indias hacia dónde quedaba la Española para confirmar sus anotaciones[[21]]. Iba á hacer rumbo hacia ella, pues había satisfecho ya su curiosidad de conocer á los caribes[[22]], y por otra parte tenía vivo interés en llegar al improvisado fuerte de Navidad, donde había dejado treinta y nueve hombres, pertrechados de la artillería de la perdida SANTA MARÍA, y confiados á la dudosa hospitalidad del cacique GUACANAGARÍ y su tribu, cuando le avisaron, que el capitán Diego Márquez, el Veedor, había saltado en tierra con ocho hombres, antes de amanecer, sin licencia, y que no había retornado á las carabelas. El Almirante dispuso, que Alonso de Ojeda con cuarenta hombres y trompetas y arcabuces fueran al ojeo de sus extraviados compañeros; pero ésta y otras partidas regresaron á las naos sin hallar á los perdidos expedicionarios; en cambio trajeron maiz, aloes, sándalo, gengibre, incienso, odoríferas maderas, algodón y algunas aves[[23]]. Los extraviados viajeros regresaron el 8 de noviembre, manifestando, que se habían perdido con la espesura de los bosques. El Almirante puso en la barra al capitán. En esta isla se encontró mucho algodón hilado, y por hilar, en algunos bohíos reconocidos; telares para trabajarlo; y muchas cabezas de hombres colgadas y cestos llenos de huesos humanos[[24]].

El domingo 10 de noviembre zarpó el crucero de Guadalupe y singló á lo largo de su costa (BASSE TERRE) hacia el noroeste, para ir á la Española. Al mediodía vieron los viajeros, á su izquierda, una isla, y por su altura llamóla el Almirante, SANTA MARÍA DE MONSERRAT, en obsequio al celebre monasterio catalán, de cuyo seno traía doce sacerdotes al Nuevo Mundo; esta isla, según aseveración de los indios traidos á bordo había sido despoblada por los caribes, comiéndose á su gente. El mismo día, por la tarde, divisaron otra isla, también á la izquierda, tan redonda y lisa, que la llamó el Almirante SANTA MARÍA LA REDONDA, por figurársele la islilla la cúpula de una catedral. Por temor á los bajos y restingas dispuso el gran Navegante dar anclaje á la escuadra. A la mañana siguiente, 11 de noviembre, arribó á SANTA MARÍA LA ANTIGUA, cuyo nombre puso el Almirante á esta isla en remembranza de la iglesia más venerenda de Valladolid. ¡Quién le hubiera dicho al famoso mareante é ilustre descubridor, que al dedicar un recuerdo á la vieja parroquia castellana, ella se lo devolvería, andando el tiempo, á su cadáver, cuando en pobre ataúd y abandonado de todo el mundo, lo condujeron á las puertas de la veneranda iglesia para recibir las oraciones y sentidos Salmos de la liturgia católica! Siguiendo el crucero su derrotero al noroeste distinguieron los viajeros muchas islas, situadas á la parte del norte, y corrientes al noroeste sueste[[25]], todas muy altas, dando fondo frente á una de ellas, que llamó el Almirante SAN MARTÍN, porque precisamente corresponde ese día al santo obispo y confesor, que lleva ese nombre.

El 12 de noviembre la armada levó áncoras, sacando pedazos de coral pegados á ellas, lo que alegró á los tripulantes y viajeros, despertando grandes esperanzas; pero el Almirante no quiso detenerse, porque se acentuaban sus deseos de llegar á la Española. Soplaron vientos contrarios y el crucero, entorpecido en su marcha, tuvo que llegar de arribada forzosa á SANTA CRUZ, donde surgió el jueves 14 de noviembre, á mediodía. Dispuso el Almirante la captura de algún indígena de AY-AY (Santa Cruz), para saber dónde se encontraba y habiendo ido una barca á tierra apresaron cuatro indias y tres niños. Regresando á las naos encontró la barca una canoa en que iban cuatro indios y una india, los cuales viendo no podían huir bogando, hicieron uso de sus arcos y flechas, hiriendo dos cristianos. Las flechas eran arrojadas con tanta fuerza y destreza, que la india pasó de parte á parte un broquel. La barca, entonces, embistió impetuosamente á la canoa y la volcó; pero los caribes nadando y haciendo pié en los bajos continuaron su defensa hasta que fueron capturados por los veinte y cinco hombres de la embarcación. Partió la escuadra de SANTA CRUZ, el mismo día 14, con rumbo otra vez al noroeste en busca de la Española, inclinando, luego, el derrotero al norte, y entorpecido por un archipiélago de islillas se detuvo frente á VIRGEN GORDA, donde llegó de noche. Al siguiente día, 15 de noviembre, dispuso el Almirante la exploración del archipiélago dicho, resultando más de cuarenta islas altas y peladas, las dejó al norte, intitulando á la mayor SANTA URSULA, y á las otras, las VÍRGENES, y derribó al suroeste. Corrió el crucero estas costas todo ese día, y el siguiente, 16 de noviembre, por la tarde, divisó tierras de BORIQUÉN; navegó por el sur todo el día 17, y por la noche, observaron los pilotos que la isla tenía por aquella banda treinta leguas[[26]]; continuó la armada su derrotero el 18, y desaparecido el obstáculo de los MORRILLOS DE CABO-ROJO, fijó el rumbo al norte, recurvando, y acercándose á tierra, según las condiciones de mar y viento; viniendo á terminar el costeo de la isla en el último ángulo occidental[[27]], comprendido entre los cabos SAN FRANCISCO y BORIQUÉN, y dando anclaje el crucero el día 19 de noviembre.

A pesar de que Colón tenía gran interés en arribar cuanto antes á la Española, el aspecto frondoso, y exuberante de la selvática isla, hirió tan vivamente la artística imaginación del genovés marino, que le vemos deponer sus ansias de viaje y hacer que permanezca el crucero hasta la mañana del 22 de noviembre frente á la encantadora é inexplorada BORIQUÉN. Justo era, que después de haber saludado la acantilada é inhospitalaria DOMÍNICA; de sufrir crueles angustias en la antropófaga GUADALUPE; de sentir el corrosivo veneno de las enherboladas flechas de SANTA CRUZ; y de contemplar islas e islotes pelados, que el labio piadoso del Almirante—que hacía cantar todas las mañanas la Salve Regina y todas las tardes el Ave-María—bautizaba de continuo con el dulce nombre de la Reina de los cielos, justo era, que aquella tripulación é intrépidos viajeros aspirasen los perfumados efluvios de los aromosos campos de BORIQUÉN y recordara con ellos los cármenes y jardines de Valencia. Y la impresión fué tan dulce y alhagadora que el Almirante apellidó á la isla con el nombre de SAN JUAN BAUTISTA, no tan solo en obsequio al príncipe don Juan, que había tomado á Diego y Fernando como pajes, sino también porque la hermosura de la isla era precursora de ofertas y dones, que el tiempo ha justificado.

El viernes 22 de noviembre, á la hora del alba, hizo rumbo la escuadra al noroeste, y antes de anochecer avistaron los viajeros tierra desconocida; pero por las indias boriqueñas supieron era la Española. El aspecto de la comarca hacía dudar al Almirante y envió á tierra, frente á SAMANÁ uno de los indios naturales de ella, el cual no volvió. Siguió el crucero costeando, y el 26 de noviembre volvió el Almirante á enviar bateles á tierra, y trajeron indios voluntarios, que tocando los jubones y camisas, decian: camisa, jubón. No quedó duda alguna á los viajeros, que estaban por fin en la Española. Siguió la armada navegando en dirección al fuerte de Navidad y al explorar MONTE CHRISTI, en cuyo punto estuvo el crucero dos días, y en la desembocadura del rio YAQUE[[28]] encontraron los expedicionarios dos cadáveres, con un lazo al cuello uno, y el otro con la lazada al pié; al siguiente día hubieron otros dos. ¡Terribles presagios! El 27 de noviembre, á media noche, llegó la armada á la entrada de la bahía de Cabo Haity (Punta Santa), viniendo á tomar puerto al oscurecer del siguiente día, frente á la desembocadura del rio GUARICO, hoy rivière Haut du Cap. Al tiro de bombarda respondió un silencio sepulcral.

¡Con cuánta pesadumbre caerían las sombras nocturnales sobre el alma del apesarado genovés! Y en aquella obscuridad impenetrable ¡cómo vería la penetrante mirada del profeta descubridor levantarse tristemente la imagen de la desolación sobre el fuerte de Navidad, revelándole la intuición lo que la palpable realidad le presentara al siguiente día! ¡Con qué tensión nerviosa indagaría el triste fin de Diego de Arana, hermano de la madre de su hijo Fernando, y Alguacil de la Armada, de Pedro Gutierrez, el repostero de estrado del Rey, de Rodrigo de Escobedo, escribano de la Armada, y de los treinta y seis infelices compañeros! Tuvo que aplacar sus ansias y hacerse el diplomático, conteniendo los deseos de venganza de sus compañeros de viaje, principalmente del padre Boil, y contemplar, en silencio, el fuerte incendiado, los pozos cegados, los cadáveres putrefactos é insepultos y los indígenas recelosos y alejados, teniendo que escoger lugar más favorable para iniciar otra vez la colonización.

Fuentes históricas.