Para practicar investigaciones históricas con acierto y utilidad es conveniente concretar los puntos que se van á dilucidar; y respecto á los que motivan la controversia de la llegada de don Cristóbal Colón á Puerto-Rico, y lugar electo para surgidero de la armada, y desembarco de los exploradores viajeros, es necesario esclarecerlos, compulsando los documentos que tenemos del segundo viaje del Almirante.

Interrogar los anales de la historia es seguir cuidadosamente esa senda misteriosa, sobre la cual la imagen de la verdad se va revelando como espiritual aparición. Esto no se obtiene con escudriñar un solo libro. La revelación histórica se ofrece al espíritu investigador como el fruto de largas y serias observaciones. Pretender estudiar un período histórico de cualquier país, ceñido á un solo cronicón, es exponerse á error; porque no consideramos á ningún autor exento de equivocarse. Es necesario, pues, compulsar los cronistas, cotejarlos, someterlos á un careo ardiente, de donde al choque de ideas y narraciones recoja el investigador, á raudales, la luz, la pura luz de la verdad.

El diario ó cuaderno de bitácora del gran Navegante, en su segunda expedición al Nuevo Mundo, se ha perdido; sin que tengamos la suerte siquiera de que se conservara un extracto de él, como el que hizo el padre Las Casas del diario del primer viaje.

También se han extraviado las cartas y el memorial del Visorrey, remitidas por conducto de Antonio de Torres á los Católicos Reyes, y entregadas á los monarcas en Medina del Campo. Afortunadamente se conservan las de los Reyes al Almirante, acusándole el recibo de las suyas y de su memorial.

Como precioso documento histórico, respecto á esta épica empresa del ilustre marino, existe la carta dirigida al Cabildo de Sevilla por el físico de la Armada don Diego Alvarez Chanca, uno de los expedicionarios.

Como joya de igual valía que la anterior, se guarda en el Museo Naval de Madrid, la Carta náutica—sustraída de España y vuelta á recuperar—de Juan de la Cosa: carta de la parte correspondiente á la América, levantada por el famoso piloto, en el segundo viaje del descubridor genovés, y en la Expedición de Alonso de Ojeda en dicho año. Entre las diez y siete naves de la armada, que verificó la segunda empresa del Almirante, volvía á recorrer el mar tenebroso la simpática carabela NIÑA, la que tuvo la gloria de llevar á España la buena nueva del descubrimiento; y en ella venía Juan de la Cosa, como Maestre de hacer cartas náuticas.

De la epístola y mapa de estos dos testigos presenciales de la célebre navegación del gran Ligur haremos un estudio especial.

Ahora bien, ¿debemos prescindir de los demás cronistas por no haber ido en la Expedición?—De ninguna manera. Rechazar á cualquier historiador de este viaje por no ser testigo ocular, es reñir con los preceptos de la Retórica en la composición de narraciones históricas.

El padre Nazario[[29]] toma únicamente por guía á Chanca en el bojéo del Archipiélago antillano, se ciñe á él, y prescinde de los demás cronistas. Creemos está en un error el ilustrado presbítero. Y vamos á probárselo, sacando nuestro argumento del rico arsenal de la Iglesia católica.—Cuatro son los evangelistas que nos han legado la historia del Mártir del Gólgota. Dos de visu: San Juan y San Mateo; dos de auditu: San Marcos y San Lucas. ¿Hay quién se atreva á rechazar á éstos, porque no fueron contemporáneos de Jesucristo?—No!—Pues hay que aceptar algo más todavía. San Marcos, que escribió su evangelio en griego y no en latín, como pretende Baronio, da detalles que no se encuentran en San Mateo: en la relación de los milagros y las parábolas del Redentor, es más completo que los otros evangelistas. San Lucas, escribió en Acaya, dirigió su obra en griego á Teófilo, y se considera su evangelio, redactado en 24 capítulos, más completo que los de los otros apóstoles. Y sin embargo, San Juan era el predilecto de Jesucristo, y San Mateo era hombre instruido, pues desempeñaba el cargo de perceptor de impuestos romanos, cuando el Salvador le dijo: Sígueme.

Don José Amador de los Ríos, en la Vida y escritos del capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1851), dice en uno de los párrafos de tan interesante biografía: “Tenía entonces Oviedo quince años, y ya había aprendido, que no debe la verdad histórica recogerse en una sola fuente.” Fieles á tan preciosa divisa hemos procurado no atenernos, en los hechos que tratamos de dilucidar, á un solo cronicón.