De Antonio Doria, La Fede, 1; de Bandinelo Sauli, 1; de Starti, 1; de Marí, la Patrona, 1: total, 4.
De modo que, sin sangre, se hicieron dueños por entonces los turcos de 27 galeras y 14 naves, salvándose 17 de las primeras, que llegaron á Trápana, y 16 de las otras en varios puertos[30].
D. Álvaro de Sande acudió con arcabuceros á la playa con el fin de proteger á los muchos que, desnudos, llegaban nadando, mientras el Duque, Juan Andrea y el Comendador de Guimarán conferenciaban acerca de lo que se hubiera de hacer, sin ocurrir á los dos últimos otra cosa que salir como se pudiera de la isla.
La iniciativa era de Doria, razonando que para lo pasado no había remedio; que los sucesos de la guerra están sujetos á la fortuna, y que habiendo de acudir al remedio de mayores males, era bueno que el Duque marchara inmediatamente á Sicilia para asegurar las plazas, juntando dineros y gente. En cuanto á su persona, decidido estaba á marchar de noche en una fragata, reunir las galeras que se hubieran salvado y dar orden en el armamento de otras tres que en Sicilia y Malta se hallaban.
El Duque, remiso en embarcar en la armada sin los soldados, bien que entendiera que nada tenía que hacer en los Gelves, no quiso tampoco determinar por sí ni aceptar el consejo de Juan Andrea Doria, sin que otros jefes deliberaran sobre lo que ante todo convendría á la honra; y como todos juzgaran que debía acudir á su obligación en Sicilia, venció la repugnancia.
Quiso llevar consigo á D. Álvaro de Sande, que tampoco tenía obligación que cumplir en los Gelves: con todo, díjole éste que, considerando si le era mejor hacer compañía á Su Excelencia ó quedar donde se hallaba, entendía convenir lo último al servicio de Dios y del Rey y á su propio respeto, porque habiéndose salvado mucha gente de las galeras y siendo de diferentes naciones y calidades la acogida al fuerte, era menester persona de mayor cargo que el Maestre de campo Barahona para tenerla á raya y cuidar de la economía del agua y bastimentos. Ofrecía, pues, la suya con la certeza de sucumbir en el fuerte, porque no podía hacerse ilusiones en cuanto al socorro que hubiera de darle la armada de S. M., deshecha y desmoralizada; pero contaba entretener á la del Turco en el asedio todo el verano, y librar, por consiguiente, á Sicilia y Nápoles del gravísimo peligro de tener sobre sus costas á los mahometanos victoriosos.
Oídas estas razones, autorizó el Duque la generosa resolución de optar por las miserias que amagaban á los infelices de los Gelves; y llegada la noche, los generales de tierra y mar, acompañados de algunos íntimos, aprovecharon la distracción de los turcos, ocupados en marinar y saquear las presas para escapar en varias fragatas. Llegaron en salvo á Malta en bel fuggire, consiguiendo libertad; pero el iniciador Juan Andrea á costa de la honra, que dejaba en lengua de marineros y soldados.
Para el Duque fué más benévolo el juicio de los contemporáneos: las condiciones de caballerosidad de su persona y la deferencia y agrado con que trató á los capitanes y jefes extranjeros de la expedición, suavizaron la consideración de las condiciones de caudillo que le hacían falta. Dijeron, sí, que era más apto para lucir en los salones de la corte el fausto de su arrogancia, que para dirigir en campaña una hueste. Más severos los que se encontraban lejos del peligro, los que para nada tenían en cuenta la situación del General derrotado, ni del padre que sacrificaba á su propio hijo, dieron fácil sentencia, si hemos de admitir la que condensó en estas frases el palatino cronista Cabrera de Córdova[31]:
«Increíble parece que una armada poderosa de gente y vasos en un instante se arruinase de su temor más que de la fuerza vencida, con pérdida de tanta gente, municiones, máquinas, bajeles, aumentando á los enemigos el triunfo y la victoria tan sin sangre alcanzada, con infamia de los cristianos; porque si las naves y galeras esperaran en batalla, ó detuvieran el furor del enemigo, ó les costara la victoria tanto que no se atrevieran á sitiar el fuerte, y se salvara la guarnición. Pero ¿qué no envilece el miedo? ¿y qué no pone en confusión? ¿y qué no mete en peligro la ambición, la satisfacción, la poca práctica, como la del Duque, de lamentable memoria para España?»