Perdiéronse nuestras galeras tan ruinmente, que entre todas sólo dos ó tres pelearon. La Mendoza de Nápoles quedó sin gente: toda murió combatiendo. Murieron en ellas el Alférez Gil de Oli y el Alférez Sebastián Hurtado y otro Alférez que se decía Iñigo de Soto, peleando como muy buenos soldados. Aunque en las demás no se peleó, no por eso dejaron de matar los turcos mucha gente en ellas, paresciéndoles que no era vitoria si no la ensangrentasen.
Á Flaminio, General del Papa, mató una bala de artillería. Prendieron á D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles, con dos hijos suyos, D. Juan y D. Diego. El D. Juan venía en la Leyva con gente de su compañía, y sólo él tomó armas para los enemigos, y se fué á la proa de la galera con una espada y una rodela para defender que no entrasen los turcos.
Prendieron á D. Berenguel, General de las galeras de Sicilia, con D. Juan de Cardona, su yerno. Estos se perdieron por hacer lo que debían en seguir al General. Prendieron á D. Gastón de la Cerda, hijo del Visorrey de Sicilia, y al Obispo de Mallorca, y D. Fadrique de Cardona, y el Maestre de campo Aldana y otros muchos caballeros y Capitanes. Salvóse Juan Andrea en una fragata. Estaba muy flaco de una recaída. Había llegado dos veces á morir, y como llegó en tierra, vinieron algunos á consolarle; respondió que se contentaba de haber perdido la hacienda y no la honra, como otros, aunque de esta vuelta no se le puede dar honra alguna ni loar su buen gobierno, pues dejó de salir con tiempo á la mar, y desamparó las naves, que no lo había nunca de pensar. Había de entender que los queran de opinión que se fuesen de por sí las naves, no tenían gana de pelear ni hacer lo que debían; solamente lo hacían por ir escapulos para huir, y ya que se determinaran á ir sin ellas, si quisieran, pelear con las 45 ó 46 galeras que tenían, y cuatro galeotas tan buenas, que pasaban por galeras, sin muchas fragatas y bergantines.
En teniendo nueva de los enemigos, tomaran más gente, que en esto pudieran llevar la ventaja que ellos tenían de más galeras; hiciéranlos estar día y noche con las armas en la mano y no llevarlas en cubierta como las llevaban. Debieran tomar ejemplo de Faser Bay, renegado corso, General de Rodas, el cual, teniendo nueva que el gran Prior de Francia andaba por aquellas mares con cinco galeras de la Religión y una fragata, pudiendo armar más galeras, armó solamente cuatro y le fué á buscar, y hallándolas en la isla de Candía, combatió con ellas y les tomó una galera.
Podrá decir el Rey nuestro Señor por el suceso de estas galeras, lo que dijo la buena memoria del Emperador su padre por lo de la Previsa: «que donde no está su dueño, ahí está su duelo.»
Disparando este día una pieza de artillería de lo alto del castillo á unas galeotas, reventó y hirió y mató siete ó ocho hombres. Erró muy poco de matar al Duque. De los heridos y muertos, los cuatro ó cinco eran criados suyos.
Aquella noche se embarcaron el Duque y Juan Andrea secretamente en sendas fragatas para ir á Sicilia. No les hizo tiempo para partirse: fuéronse la noche siguiente. No se tuvo nada bien el Duque, ya que se iba, irse sin hablar á la gente. Fueron cinco ó seis fragatas juntas, en que iban el Conde de Vicar, D. Pedro de Urrias y otros muchos caballeros.
Tratándose aquel día si los enemigos metiesen gente en tierra ir á estorbárselo, preguntó D. Alvaro al Duque qué armas llevaría. El Duque le respondió que allí tenía armas y un volante; pero que no iría, por quedar en el fuerte á dar orden de lo que era menester. D. Alvaro dijo que tampoco saldría él. Este mismo salieron de la isla el Papa del Caruán y el Infante de Túnez y el jeque con los moros de su parcialidad.
El Bajá se recogió dende á dos días con las galeras que allí habían quedado: era la mayor parte de la armada, porque hasta con 30 fué dando caza el Bajá á las galeras y naves. Dispararon mucha artillería las unas y las otras. Al juntarse tuvimos miedo no hubiesen tomado las fragatas en que iban el Virrey y Juan Andrea: dende á pocos días supimos cómo habían llegado á Malta en salvamento, donde hallaron algunas de las galeras que se habían escapado.
D. Alvaro de Sande, después de ido el Duque y los que iban con él, comenzó á cortar dellos, y inviando D. Enrique de Mendoza, uno de los que se habían ido, por una armadura que había dejado, dijo D. Alvaro que llevasen las armas del conejo. Quejábase ansí mismo de D. Pedro Velázquez, diciendo que por culpa suya, sin 200 botas de vino y más, sin otras vituallas que se llevaban las naves, por no haber dado orden que lo desembarcasen. En esto tenía muy gran razón, aunque por lo que él estaba más mal con él, era por no haberle querido dar dineros de la corte á cuenta de su salario, y porque había dicho el Duque que no se fuese de la fuerza hasta que se fuese Don Alvaro. No decía mal en conservador, porque si el Duque no se iba, hacía lo que debía á buen caballero y buen Capitán, quedándose á favorescer la gente que había traído consigo, para morir con ellos, y nunca el fuerte se perdía, que todavía se diera orden á pelear; el jeque se viniera con él al castillo y el Papa y el Infante no se fueran, y no osaron los turcos meter gente en tierra, sino vieran idos éstos; ni el Rey de Túnez diera las vituallas con que se entretuvo el armada, si el Visorrey desde allí le escribiera agradeciéndole lo que le había inviado á ofrecer, reconciliándole con Don Alvaro de la Cueva, alcaide y General de la Goleta.