or muchos años el libro de Relaciones, memoriales y cartas de Rafael Peregrino, escrito con suma habilidad por el Secretario de Estado que fué de Felipe II para vindicarse de las acusaciones de los tribunales y darse por víctima paciente de injustas persecuciones, ejemplo lastimoso de la crueldad del sino, ha servido al juicio de su persona, andando de mano en mano impreso en todas las lenguas y en multiplicadas ediciones, no por apología hecha de puño propio, parafraseada y puesta en la trompeta de la fama por el autor mismo, antes por Retrato al vivo del natural de la fortuna de Antonio Pérez, como título que aplicó más tarde al libro, ya que pasaba sin objeción ni respuesta.
Siglos adelante vino á dársela, hasta cierto punto, el Sr. D. Salvador Bermúdez de Castro. Persuadido de que en las Relaciones «la verdad se halla frecuentemente alterada, el sentido histórico camina forzado á un fin, y son, más bien que narración imparcial, alegato jurídico en propia defensa,» acometió el estudio del personaje acopiando materiales de la época que le dió notoriedad desdichada, y bosquejó otro retrato[45] en que, si por algo asoma la pasión humana, se ve influída de la conmiseración que no dejan nunca de despertar en almas generosas los grandes infortunios.
Con ser mucho el mérito del cuadro, tiene aún algún otro defecto, notado, dicho sea en verdad, donde la facilidad de comunicaciones consentía la disposición de elementos que no estaban al alcance del primer investigador. El Sr. Bermúdez de Castro no sabía que ya desde el siglo anterior circulaban en Inglaterra importantes documentos de la historia de Antonio Pérez; las cartas confidenciales que había dirigido al Conde de Essex, conservadas entre los papeles reservados de Antonio Bacon[46]. No pudo tampoco haber á las manos la correspondencia oficial de los embajadores de España en Francia, sustraída del Archivo de Simancas; y como hallara en la marcha de los sucesos lagunas infranqueables, buscó en el criterio vehículo con que pasarlas; recurso criticado por M. Mignet, al advertir que los pormenores, á su parecer de pura invención, amenguan el valor y la autoridad de tan buen trabajo.
No son, sin embargo, de fantasía todos esos pormenores: bastantes de ellos se encuentran, en una ú otra forma, en las cartas familiares de Antonio Pérez, dando ocasión, cuando más, á la conjetura de haberles prestado fe por familiares, el mismo que desconfiaba de la veracidad de las Relaciones. Es fácil la comprobación, ya que la Colección de las Cartas, por rara, fué incluída en el Epistolario español que ordenó D. Eugenio de Ochoa[47].
El citado Académico francés M. Mignet, teniendo por base el estudio de Bermúdez de Castro, dispuso además del contingente de papeles conservados en los Archivos de París, que son muchos, contándose los referidos que pertenecieron al de Simancas y los de la Colección importante llamada de Llorente, llevados á Francia por el autor de la Historia crítica de la Inquisición, secretario que fué del Supremo Tribunal de la misma. Tuvo igualmente á su disposición la correspondencia encontrada en Flandes por el hispanófilo M. Gachard, y, por último, el registro del State paper office de Londres; valiosos recursos en manos de quien sabía utilizarlos con maestría.
El nuevo libro que dió á la estampa, tres años después que el de Bermúdez de Castro[48], es aceptado por la crítica cual retrato verdadero. Ha de ser permitido pensar, no obstante, que pudiera ser más acabada la pintura. Sea porque los artistas se satisfacen más de las obras á grandes rasgos; sea porque también en el ánimo del historiador extranjero vibró la cuerda simpática de la piedad, parando mientes en la inmensa desventura del expatriado, las sombras de la figura que presenta están desvanecidas ó atenuadas. Es Antonio Pérez sin género de duda; es, en conjunto, el privado de Felipe II, tal cual debe de estar en la historia universal: no es todavía el de la historia de España, más severa en el juicio, más obligada á discernir los motivos en que lo sustente.
Con posterioridad al libro de M. Mignet se han hecho en nuestro país investigaciones que van aportando más y más claridad á los sucesos del reinado de Felipe II (como á los otros), á medida que se desarrollan las colecciones de documentos inéditos. En no pocos de los que han servido á los estudios especiales; en el de La Princesa de Eboli, de D. Gaspar Muro, por ejemplo, hay piezas indispensables á la biografía ó historia definitiva de Antonio Pérez.
Algunas más, conocidas y aprovechadas por M. Mignet, mencionadas igualmente por el P. Le Long en la Bibliothèque historique de la France, dió á luz M. A. Morel Fatio al formar, con otros manuscritos interesantes de la Biblioteca Nacional de París, el tomo que tituló España en los siglos xvi y xvii[49]. Los relativos á Antonio Pérez son 57 cartas: las siete incluídas en la serie dada á la prensa en vida de su autor, aunque limadas y compuestas con aquel cuidado que el ex-secretario de D. Felipe ponía en lo que había de andar á vista de todos; las 50 íntimas, en casi totalidad dirigidas al Condestable de Francia, Duque de Montmorenci, ó á su secretario. La circunstancia de estar todas éstas juntas en un volumen, encabezadas por cédula que el Rey Felipe II envió al Condestable anterior, ofrece presunción de haber sido sacadas del Archivo particular de la casa, al formar Béthune la Colección de documentos relativos al reinado de Enrique IV, en la que tiene el volumen el número 3.652.
M. Morel Fatio ha compuesto con ellas capítulo de su libro[50], emitiendo el juicio que de Antonio Pérez su autor tenía formado, sin que lo modifique la penosa impresión de las declaraciones que hace. «Las peticiones de favor y dinero al Rey; las protestas de adhesión dictadas por el hambre; las adulaciones bien pensadas en objeto y precio, no inspiran, dice, más que conmiseración. Si no puede estimarse del mismo modo la práctica de sacar partido de los secretos de Estado, no por ello debe juzgársele con demasiada severidad, porque el sentimiento harto complejo que definimos por la palabra patriotismo, no había nacido en el siglo XVI. No solamente el suelo, la raza, la nacionalidad, el medio, no representaban en aquella época lo que hoy representan, sino que el afecto á la patria se confundía entonces y aun se resumía en muchos conceptos, en el de la persona del soberano. El proceder de Felipe II no era de naturaleza para fortificar en su Ministro ese patriotismo personal. Perseguido en tierra extranjera, Pérez se consideraba desligado del juramento de fidelidad. Socorrido y protegido por Enrique IV, se creía obligado, como en efecto lo estaba, á conducirse como verdadero vasallo de éste, aun cuando las circunstancias del compromiso que le ligaba al Rey de Francia tuvieran la consecuencia de ir directamente contra los intereses de su antigua patria. Se cometería, pues, un anacronismo calificando de traición la conducta política de Pérez después de su salida de España. Permitido es lamentar que hombre de tan notable inteligencia se viera llevado por la fuerza de los acaecimientos á emplearla en beneficio de los enemigos de su país; mas no hay razón con que condenarle en absoluto, porque no tenía conciencia de los deberes que ni comprendían ni practicaban sus contemporáneos[51].»