El contemporáneo Gregorio Letti hizo estudio especial del patriotismo en España[52], que no abona semejantes consideraciones, sugeridas, bien se ve, por el mismo espíritu de compasiva benevolencia que blandeaba en Bermúdez de Castro y en M. Mignet la dureza del sentimiento de justicia, á favor del atractivo que mantienen los escritos de aquel maestro en las artes de la seducción y del artificio; acaso también por influencia inadvertida de ideas en paralelo.
Contemporáneos de Antonio Pérez impuestos en sus más secretos manejos, familiarizados con su conversación y confidencia, enemigos declarados de España y de su Rey, le juzgaron de otro modo. ¿Daremos crédito, con preferencia á las declaraciones de los antiguos, á la crítica más ilustrada de los modernos, ó habrá todavía que dejar la decisión á tribunal de Más Señores?
La prudencia no es opuesta á revista de autos; no vagará, no, la exposición más completa, eslabonando por antecedentes las cartas de la Colección Béthune (copiadas nuevamente de los originales con su misma puntuación y ortografía), con las de la Colección Birch[53]; agregando tal cual papel inédito; citando de los conocidos los precisos al esclarecimiento tan sólo de lo que hizo Antonio Pérez fuera de España.
Manos á la obra.
I.
Vencida la insurrección de Aragón, andaba oculto por la frontera de Francia Antonio Pérez, «como perro de fidelidad natural, que apaleado y mal tratado de su señor ó de los de su casa, no sabe apartarse de sus paredes[54].» Esperaba todavía que abriera Dios los ojos del entendimiento á quien podía remediar su situación; pero en tanto se aproximaban al último retiro de Sallent los soldados del ejército real, que se tendrían por afortunados poniéndole la mano encima.
Decidido á franquear los Pirineos por recurso único de salvación, despachó á su amigo Gil de Mesa con carta fechada á 18 de noviembre de 1591, en que pedía asilo y protección á Catalina de Borbón, hermana de Enrique IV, en términos discretamente dirigidos á mover juntamente la piedad y el interés de la Princesa de Bearn[55], y á medida de los deseos y las necesidades del momento, respondió la política tanto como la compasión á la demanda[56], brindándole acogida en Pau.
Allí se fraguó inmediatamente el intento de una invasión francesa que atizara la llama de la guerra de Aragón, yendo á vanguardia Gil de Mesa, Manuel Don Lope, los otros amigos y compañeros del emigrado, ya que él de su persona no fuera de ayuda, por ser hombre delicado[57], ó más propiamente dicho, por no ser hombre de armas tomar. La empresa fracasó, volviendo á pasar los montes, desbaratados y corridos, los invasores, con desencanto primero del instigador, consentido días antes hasta el punto de responder con altivez y amenazar[58] á las insinuaciones oficiosas de someterse á la autoridad de aquel amo de que se decía perro fiel, apaleado.
Pensó M. Mignet que desconcertado el Rey Felipe II en la venganza con la huída de Pérez; temeroso del mal que con la revelación de los secretos de Estado fuera capaz de hacerle, procuró volviera á España con engaño, fin de las referidas indicaciones; y ya que no lo consiguiera, intentó matarlo, ganando á las personas menos sospechosas á su natural suspicacia, como eran el genovés Mayorini, compañero de evasión, y el aragonés Gaspar Burces, también fugitivo[59]. El literato francés se fundaba en el dicho del mismo Pérez[60] y en algún precedente de ofertas hechas para su captura cuando estuvo en Sallent[61], no recordando, sin duda, otros de más importancia.