Sentenciado en rebeldía Antonio Pérez, el Capitán general de Aragón, D. Alonso de Vargas, dió pregón en Zaragoza ofreciendo 6.000 ducados por su persona, según uso jurídico que hoy todavía practica la culta Inglaterra. La suma era más que suficiente para despertar la codicia de aquéllos que en cualquier época y ocasión, desde la de Judas, hallan buena la ganancia en mercadería de sangre ajena. Tal creyó Bermúdez de Castro[62], y de creer es que Gaspar Burces, como cualquiera otro de los que amagaron á la vida del prófugo, obedecían al interés del lucro combinado con el de hacerse perdonar delitos propios, mientras que la credulidad resiste cuentos como el de la hermosaza, galanaza, gentilaza, muy dama, que, perdida de amor, vino á confesar á Pérez la celada que le tendían[63], ó los más cautelosos en que atribuye el interesado á D. Juan de Idiáquez y al Rey los intentos de borrarle de la lista de los vivos, por mayor realce de aquellos relatos de persecución nunca vista, de infortunios sin igual en monstruo de la fortuna, que le servían de pasaporte y bordón de peregrino. El papel de avisos enviados al Rey, que ahora sale á luz por vez primera[64], servirá de esclarecimiento.

De todos modos, temeroso de asechanzas, en el Bearn, Antonio Pérez[65], nada tenía que hacer. Su actividad, su espíritu intrigante, su ambición, y sobre todo el odio en que los otros estímulos se alimentaban, necesitaba teatro de acción[66], y el examen de la política europea le indicaba propicio á la satisfacción de la venganza el de Inglaterra. Tomó, pues, desde luego el plan de ensayarlo[67], no sin aprovechar el tránsito por Francia, porque el monarca Enrique IV, aunque de momento tuviera harto que hacer con la Liga, tanto como Isabel de Inglaterra era adversario tenaz de la política y del poder de Felipe II.

Preparado el terreno por medio de carta fechada en Pau el 9 de diciembre de 1591 y relación de los inconmensurables infortunios[68], acompañando á la Princesa Catalina fué á encontrar al Rey en Tours, logrando largas entrevistas, auxilio pecuniario y la aquiescencia de los proyectos que iba madurando, por objetivo de intento. Enrique IV comprendió al punto la utilidad que le reportarían gestiones encaminadas á dar unidad é impulso á cualquier empresa contra España; recibiéndole, pues, desde luego á su servicio, como maestro de lengua española[69], tomó á cargo el viático hasta Londres, haciéndole acompañar por el Sr. Vidasme de Chartres, portador de carta autógrafa en que hacía á la Reina Isabel recomendación expresiva en punto á lo que podía prometerse de las revelaciones del ex-Ministro, utilizadas las cuales en lo que conviniera á sus intereses, pedía le despachara para emplearlo él con utilidad de las dos coronas[70].

Pérez, independientemente, había despachado por sí al precursor ó heraldo de siempre, Gil de Mesa, con otra carta á la Reina Isabel, repetición de los doloridos ayes de la persecución y la desventura, petición de amparo y deseo encarecido de servirla[71].

La primera noticia de la estancia en Inglaterra es la que da Bacon, de haberle visitado el Conde de Essex en Simbury; de allí se trasladó á Londres, alojándose en el palacio del mismo Conde, mientras se buscaba la habitación que ocupó luego en casa del Maestrescuela de San Pablo[72].

Poco tiempo necesitó la penetración del ex-Secretario de Estado para darse cuenta exacta de la política del reino, oyendo á uno de los que más la influían. El Conde de Essex, joven, impetuoso, popular, favorito de la Reina Isabel, en asuntos de gobierno tenía balanceada la influencia por la circunspección de los Consejos del lord Tesorero Cecil, barón de Burghley, antiguo y experimentado Ministro. Mientras el primero, deseoso de fama, procuraba el principio de una campaña ofensiva contra Felipe II, en estrecha unión con Francia, Cecil quería medir la asistencia que se diera á Enrique IV, por las ventajas positivas que produjera á cambio; y como precisamente por entonces, casi vencida la Liga, había abjurado el Príncipe de Bearne, aspirando á concluir con la conquista de la opinión lo que no había logrado del todo con las conquistas de las armas, Burghley pensaba no haber razón que aconsejara otros procedimientos que los apropiados á entretener la guerra en Francia y en los Países Bajos, alejándola de Inglaterra.

La Reina se inclinaba decididamente á la política del Ministro, así por la confianza que le merecía su saber, por tanto tiempo acreditado, como por responder de momento á las condiciones de prudencia, circunspección y economía de carácter propio. Antonio Pérez no tenía, pues, que vacilar: el interés de Enrique IV, á quien ya servía; el que el rencor le hacía mirar como personal suyo, estaban al lado del Conde ambicioso y decidido.

Puesto el empeño en granjearse la amistad y el concepto del magnate, por aquellos resortes flacos del corazón humano, fué dando interés á las entrevistas frecuentes y largas que á solas tuvieron en el palacio de Walsingham[73], hasta desarrollar por completo el plan que, hiriendo de muerte al Monarca católico, procuraría al caudillo británico gloria inmarcesible y cuantiosa riqueza[74].

Felipe II no había querido entender nunca que «el Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra;» tenía en abandono y sin defensa los puertos; flacas y necesitadas de todo las armadas, incapaces por el número de cubrir el vasto imperio de las Indias Orientales y Occidentales, y de asegurar la venida de los tesoros en que consistía el secreto de su poder. El día que los tesoros faltaran, faltaría necesariamente el nervio de la guerra: á impedir la llegada, apoderándose de ellos, había de dirigirse, por consiguiente, el cálculo del enemigo inteligente y activo, sin perjuicio de cualquier diversión preparatoria de un golpe bien dirigido á la reputación del poderío. Tanto más sensible y ruidoso sería este golpe, cuanto se aproximara más al centro de los estados del Rey; cuando se diera en una de las ciudades de la Península española, y la de Cádiz entre todas ofrecía probabilidad; seguridad, podía decir, de éxito cumplido.