Ni Pérez carecía de elocuencia con que hacer de este discurso semilla fructífera, ni le faltaban en toda especie datos estadísticos con que mostrar la perspectiva de la cosecha. El Conde le fué escuchando con agrado; acabó por aceptar completamente las ideas, estimándole oráculo en negocios de España[75], y á seguida las insinuó en la corte, manteniéndolas frente á la oposición de Burghley á empresas de aventura.

Con no ser nada escrupulosa la Reina Isabel, sentía repulsión por un hombre que de tal manera se servía de los secretos de su amo: no había sido bastante la carta autógrafa de Enrique IV para acordarle audiencia, ni se la había dado el Lord tesorero, teniéndolo desde un principio, naturalmente, por enemigo político y antipático agente, bien que no desconocía ser muy capaz para su intento[76]. La insistencia del favorito Conde alcanzó, no obstante, que franqueara Pérez las puertas del palacio real, favor seguido de pensión anual de 130 libras[77], dejando al tacto y la imaginación del insinuante emigrado mostrar su reconocimiento y hacerse agradable á Isabel con la relación de aventuras galantes y cuentos de la corte de España[78].

Así referidos en los documentos del archivo de Bacon los primeros pasos de Antonio Pérez en Londres, debe rectificarse la relación que de los mismos hizo Bermúdez de Castro. Por principio consigna este escritor que Pérez se negó en París á admitir la pensión que le ofrecía Enrique IV; que pasando á Londres rehusó igualmente, sin vacilar, la que la Reina deseaba asignarle al dispensar señalado y obsequioso recibimiento á su persona, asegurando que, aunque dispuesto á servir á tan generosa protectora, conservaba esperanzas de arreglar en España sus negocios, y no quería recayera en sus hijos la pena señalada por las leyes á los pensionados de Reyes extranjeros sin licencia del propio.

Antonio Pérez ocultó por conveniencia la verdad del caso; al Rey de Francia escribió «que le engañaban los que decían que gozaba pensión ni socorro de un franco de Rey ni Reina desde que salió de España, sino del pan que había comido de S. M. y de Madama su hermana. En el tiempo de Inglaterra, de la liberalidad del Conde de Essex había vivido[79].» Bermúdez de Castro lo creyó al pie de la letra, pues añade que, en vista de sus razones, mandó Isabel al Conde de Essex que le alojase en su ostentoso palacio, donde gozó de los placeres del favor y la opulencia.

Gustaba Isabel (sigue diciendo) de escuchar anécdotas de la corte, singularmente las de amores de Felipe II. El encanto particular de la conversación del Ministro, los hábitos y pláticas, con el distintivo de la elegancia, prestaban nuevo aliciente de curiosidad á los secretos que poseía.[80]

Un tanto amengua luego tan brillante situación, contando cómo las damas de Isabel le motejaban de traidor á su patria y á su señor con manifestaciones de desagrado que hubieron de obligar á la Reina á sincerarse de la acogida que tenía en palacio. «Mylores, dijo en presencia de sus cortesanos; no os maravilléis de que honre á este traidor español, porque guardo mucha obligación al Sr. Gonzalo Pérez, su padre[81];» y obligada debía de estar, en efecto, al Secretario de D. Felipe por las mortificaciones de que le libró reinando su hermana María, esposa del Príncipe de España.

Fuera de la corte no merecía mejor concepto Antonio Pérez. Si los allegados al Conde de Essex seguían naturalmente el ejemplo del magnate, los agasajos de uno de ellos, de Francisco Bacón, que le recibía á mesa y mantel en Twickenham-Park, dieron origen á un testimonio irrecusable. Lady Bacon escribía á su hijo Antonio estas frases:

«Lástima tengo de vuestro hermano, viendo que le acompaña en casa y en el coche ese Pérez, sanguinario, vanidoso, profano, dilapidador[82]. Temo que semejante compañía desvíe la bendición del Señor Dios... Un miserable como él[83] no puede llevar otra mira que vivir á expensas de Francisco[84]

Mas nada de esto quitaba al emigrado la satisfacción de ver en vías de hecho los vengativos proyectos dirigidos contra la patria, ya que no de otro modo pudiera alcanzar al objeto de la ira que le cegaba. En Walter Raleigh, en Drake, en Hawkins, en todos aquellos corsarios ansiosos de botín, tenía que hallar fáciles auxiliares; en el Conde de Essex estaba asegurado el impulso[85]. Todavía tentaba la fidelidad de los prisioneros españoles para que sirvieran de guías á las expediciones[86], y desdichado el que, desechando las insinuaciones, caía por su cuenta. Por semejante falta había conseguido que le entregaran á un sargento de los de la Invencible, y teníalo en su casa sometido al más bárbaro tratamiento sólo por el placer diabólico de descargar en un español su encono.[87]

Sin perjuicio de las gestiones activas, escribió por entonces las Relaciones, bajo el nombre de Rafael Peregrino, no por ocultar el suyo, transparente en las aventuras: por procurarle atractivo mayor en la curiosidad de las gentes. «El libro estaba formado con habilidad y soltura; es el estilo pesado para nosotros por la afectación continua de que se reviste y los giros que le adornan; pero en su tiempo era un modelo: la incesante digresión que rompe el hilo de las narraciones; las sentencias que, como Tácito, derrama la obra; la abundancia de conceptos y dulzura de las imágenes, encantaron á los hombres ilustrados[88].» «Dispuesta con arte magistral la exposición de aventuras, cautivando la benevolencia y la conmiseración en favor de su persona, hacía más odiosa la de su ingrato é implacable perseguidor[89]