Tradujo el libro al latín un español llamado Ciprián[90]; se tradujo también al holandés[91], como arma política que avivara el sentimiento de insurrección en las Provincias Unidas[92], destinando al mismo objeto en Aragón otro libro titulado Un pedazo de historia de lo sucedido en Saragosa de Aragón á 24 de septiembre de 1591. Ambos fueron amparados por el Conde de Essex, y probablemente á su costa impresos, aunque la voz pública admitiera por editora á la Reina[93].

Las cartas de remisión con dedicatoria que envió Antonio Pérez á los principales personajes de Inglaterra, Burghley, Lord Southampton, Lord Montjoy, Lord Harris, Sir Robert Sidney, Sir Henry Unton, al mismo Conde de Essex[94], dicen lo satisfecho que había quedado de sus obras, y desautorizan otro de los conceptos de Bermúdez de Castro que debe rectificarse.

Consigna nuestro crítico que desde la llegada á Inglaterra usó Pérez para cerrar las cartas un anillo romano, en cuya piedra estaba labrada una virgen vestal con la lámpara encendida sobre la cabeza, y la inscripción Dum Caste, luceam, queriendo manifestar de alegórico modo, que sólo la reserva, la humildad y la modestia podrían libertar de naufragio á los que, peregrinos como él, vagaban por tierras extrañas[95]. La declaración es de Pérez mismo[96], y tan incierta como las más que hacía.

Las cartas originales existentes en la Biblioteca Nacional de París, cuyas copias acompañan á la presente exposición, conservan el sello de lacre en que distintamente se ve el laberinto cerrado y el Minotauro con el dedo en la boca; emblemas que los señores ingleses atribuyeron al orgullo y el peligro de sus funestos amores; simbolismo apropiado á quien hacía del misterio condición utilitaria.

Á juicio de M. Mignet recreció la saña de Felipe II la aparición del libro de las Relaciones, que por toda Europa denunciaba sus perfidias y crueldades. El vengativo Monarca trató otra vez de deshacerse del autor por medio de dos irlandeses pagados por el Conde de Fuentes para matarle: les fueron ocupadas en Londres las cartas acusadoras, y confesado el intento, sufrieron la última pena[97]. El Rey de España fracasó igualmente en el empeño de despertar contra el proscripto los recelos de la corte de Inglaterra[98].

El propósito de asesinato hizo realmente mucho ruido por entonces en Londres: varios historiadores, Birch, el mismo Pérez, lo consignan; pero es asunto, lo mismo que el de otros intentos contra la vida de Isabel, que dista mucho de la claridad y de las pruebas que harían falta á una afirmación cual la hizo M. Mignet. Á los irlandeses se les ocuparon papeles escritos en cifra en que únicamente aparecía evidente el nombre de Antonio Pérez: lo que decían no llegó á saberse; las declaraciones de los presos fueron contradictorias, si bien en el tormento acabaron por confesar haber sido despachados por el Conde de Fuentes con el fin de dar muerte al refugiado[99].

La segunda inculpación á Felipe II se apoya en basamento más flaco todavía: en una carta escrita por el interesado al Conde de Essex[100], y M. Mignet no paró mientes en que de palabra y por escrito repitió más adelante en Francia que en la tierra de Egipto (que así nombraba ya á su patria) los Faraones maquinaban sin cesar contra su crédito; con lo que se viene á descubrir ser táctica practicada, así para disimulación del doble juego de sus acciones, como al propósito de mantener en boga la idea «de los peligros y rugidos con que le cercaba la persecución[101]

Así y todo, vivía en Inglaterra lo bastante bien para sentir que los riesgos por aquella parte se acabaran. Llamado por Enrique IV el mismo año de 1593, buscó en el mal estado de la salud, por causa de las penas y los trabajos, excusa de demora[102]; dejó á favor de otros pretextos que transcurriera todo el año de 1594, oponiendo, á nuevos mandatos comunicados por el Embajador de Francia[103], protestas de adhesión, por la que había de ser el Rey Enrique último de sus amores, pensando descansar y morir á su lado[104], causas ó incidentes que fueron entreteniendo el tiempo[105], y motivaron la embajada del Sr. Gil de Mesa, encargado en ocasiones semejantes de decir de viva voz lo que no era bueno quedara escrito[106]. Sólo cuando Enrique, declarada la guerra á España, le escribió directamente con fecha 30 de abril, manifestando el deseo de hablar de asuntos de importancia, á cuyo fin rogaba á la Reina le consintiera hacer el viaje y al Conde de Essex que lo facilitara[107], se resignó á emprender la marcha declarando, y esta vez por escrito, al Conde, que separarse de él era tanto como morir, porque á su lado vivía[108].

Otra carta por demás curiosa, enviada por aquel entonces á Bacon por M. Standen[109], da á conocer las impresiones de despedida. Estando comiendo, dice, con mylady Rich[110], el Sr. Pérez y Sir Nicolás Clyfford, entró Sir Robert Sidney, determinando la asamblea que el siguiente día fuera el Sr. Pérez con el Conde á la corte, y que después se reuniera la compañía á comer en casa de Walsingham. También quedó resuelto que no marcharía el señor Pérez, porque el Conde había conseguido para su persona el mismo oficio que tienen los eunucos en Turquía.