Sentía el Peregrino salir de Londres, á juicio de Bermúdez de Castro, porque allí pasaba la vida lejos de los negocios, sin tentaciones para su lealtad, y eso no había de sucederle en París, centro de intrigas anti-españolas[111]. ¡Juicio bondadoso! Sentía salir de Londres precisamente por ser el centro de maquinaciones anti-españolas que en Francia no había medio de igualar, y salía por la voluntad decidida del Conde de Essex de que allá le sirviera de instrumento, según le había servido hasta entonces. Tres cartas de recomendación le precedían, pidiendo el magnate inglés al Duque de Bouillon, á M. de Sancy y á M. Beavois le Noele, Embajador que había sido de Francia en Londres, que le ampararan y favorecieran. «Pues el Rey le ha llamado, escribía, es cuestión de honra de S. M. que quede satisfecho del recibimiento que se le haga; que no sólo se cuide de ponerle á cubierto de las asechanzas del enemigo, sino que encuentre apoyo en el arreglo de sus negocios; situación correspondiente á sus cualidades y méritos; empleo donde ejercite las facultades de hombre especulativo y su gran habilidad en la política. Sin estos cuidados harían su condición peor que la que disfrutaba en Inglaterra, y deberían devolverlo á esta nación, que no quería considerarle perdido para ella[112]

Por efecto de mayor solicitud, si cabe, puso el Conde de Essex al lado del proscripto, en clase de criado, ó más bien de secretario, á un joven dependiente de la casa de Bacon, llamado Godfrey Aleyn, en razón á que Antonio Pérez no conocía los idiomas inglés ni francés; y si bien se hacía entender en castellano, lengua que por entonces poseía toda persona bien educada en ambos reinos, acudiendo á la latina en casos necesarios, era bueno tuviera á mano persona ejercitada en la escritura usual. Godfrey tenía instrucción privada de comunicar todo cuanto ocurriera á su nuevo amo: tal era la verdadera misión, á cuyo cumplimiento se deben las noticias que irán apareciendo.

Antonio Pérez se despidió de la Reina, dejando en su mano un memorial dictado en los términos conceptuosos de su estilo ordinario, y puesto en francés por mano propia de Bacon[113]. Pedía en el documento que no confiara á nadie su cifra y correspondencia secreta, haciendo en cambio la promesa incalificable, que teniendo entendido iba á ser huésped del Secretario de Estado, Villeroy, procuraría sacar partido de la circunstancia en provecho del servicio de S. M.

Isabel no dejó de fijar la atención en una oferta que transparentaba del todo la moral del que la hacía[114].

También hizo Pérez memorial de despedida, escrito en latín, al Conde de Essex, recomendándole no demorase la expedición convenida contra Cádiz[115].

II.

Las cartas de Godfrey Aleyn á Bacon empezaron desde el momento de la partida de Inglaterra á narrar los sucesos. La primera, con fecha 2 de agosto de 1595, avisaba la llegada á Dieppe, cuyo gobernador recibió á Pérez con grandes atenciones.

Bermúdez de Castro confundió al funcionario con el Duque de Chartres: era el Comendador de Chaste, vencido en la isla Tercera por D. Alvaro de Bazán, que por entonces andaba en proyectos de expedición corsaria, por su cuenta, á las Indias[116]; así podían serle de mucha utilidad la presencia y las noticias del viajero; mas éste se aburría en una ciudad en que apenas pudo saber algo de Flandes que comunicar á su buen amigo al otro lado del Canal, y queriendo trasladarse á Ruan (Rouen), le acompañó por el camino el referido gobernador, llevando escolta de 50 caballos[117].

Halló en el Duque de Montpensier, que regía la plaza, acogida no menos grata que en Dieppe; el Príncipe le salió al encuentro con 100 caballos; le sentó á su mesa, procurando hacerle agradable la estancia, como el Rey se lo mandaba, y confirmando las palabras tuvo Pérez carta datada en Lyon á 26 de agosto en que el mismo Rey le daba bienvenida.

«Como pienso ponerme en camino, decía, no quiero tengáis la molestia de pasar adelante, sino que me esperéis en Rouen. Hoy mismo escribo á mi primo el Duque de Montpensier que os dispense las consideraciones merecidas por vuestras virtudes, que yo siempre os he de dispensar. Sin embargo, si preferís ir á París, lo dejo á vuestra decisión: allí encontraréis en tal caso á mi primo el Príncipe de Conti, al Sr. de Schomberg y á los de mi Consejo, que tienen prevención de recibiros y acojeros como lo haría yo mismo.» Consolábale á seguida del accidente mortal ocurrido al pobre D. Martín de Lanuza, recomendando se conformara con la voluntad de Dios, en la seguridad de que la suya no había de faltarle nunca[118].