Satisfecho podía estar el Peregrino si no nublara un tanto los auspicios favorables la diligencia del Sr. Gil de Mesa en comunicarle nuevas de otro género. Habíale mostrado el Ministro Villeroy avisos de Flandes de andar por París el señor de la Pinilla de Aragón, de quien se decía haber tomado 6.000 ducados de oro á cuenta de la vida del fugitivo, yendo en su compañía un fraile y un criado. Por otra parte, le anunciaban, con referencia al gobernador del Havre, que cuando él (Pérez) marchó á Inglaterra, un inglés llamado Burle propuso al dicho gobernador ganarse 100.000 ducados si entregaba vivo al pasajero, ó 50.000 si quería darlo muerto; proposición que rechazó indignado.

Estas confidencias, nada á propósito para tranquilizar el ánimo en quien no le tenía muy grande, templaron el deseo de encaminarse á París, mientras no lo hiciera un cuerpo de tropa mandado por M. D'Incarville. El mismo Duque de Montpensier le aconsejó esperar esta ocasión, y aun agregó á la tropa varios oficiales del Rey que le dieran particular escolta.

Llegado á la capital el 10 de septiembre, le visitaron los señores del Consejo de Estado, confirmando las órdenes que del Rey tenían recibidas para velar, sobre todo, por la seguridad. Preguntaron si conocía al señor de la Pinilla; y como la respuesta fuera afirmativa, le propusieron alojamiento en la Bastilla, por ser lugar fuerte en que había perennemente guardia de soldados; pero si no le agradaba la mansión, estaban dispuestos á poner en la casa que eligiera cuatro guardias del Rey, que le custodiaran día y noche. Pérez optó por lo último: la visita de la Bastilla hecha el mismo día no le había satisfecho, y descansó en una posada elegida por M. D'Incarville. De ella escribió al Conde de Essex los pormenores que van referidos; agregó las noticias políticas que había recogido desde la separación, y contestando las recibidas de Londres manifestó su aprobación, así relativamente á los aprestos que se iban haciendo de la expedición contra Cádiz, como á los más atrasados de la jornada de Drake á las Indias. Sobre ésta en particular se extendía, tratando del partido que podía obtenerse de los indígenas; materia dispuesta á la rebelión, tanto por condición propia como por los agravios recibidos de los españoles[119].

Ocho días después le instalaron los del Consejo en una casa muy hermosa que había pertenecido al Duque de Mercoeur, sin que tuviera que ocuparse de nada; los guardias ofrecidos y el cocinero ocupaban sus respectivos puestos. Hecho por su parte acatamiento á Madama Catalina, la hermana del Rey, le llevó la Princesa en su carroza á ver la comedia, honra (escribía á Essex) que había sorprendido á mucha gente y á él le daba alegría y satisfacción[120].

Los términos de la carta suplirían por sí solos la última confesión, según pintan las impresiones de la vanidad satisfecha; sólo que duraron poco. La epístola inmediata trataba del complot descubierto contra su vida; de la prisión del señor de la Pinilla; de la inquietud que sentía: quisiera volver á Inglaterra, y no le vendrían mal algunos fondos[121].

El incidente de la prisión, que parecía justificar los temores y las precauciones, requiere consideración un tanto detenida, empezando por la narración de Bermúdez de Castro, que vale tanto como decir la que hizo la pluma de Antonio Pérez.

D. Rodrigo de Mur, señor de la Pinilla, acompañado de un criado y de un fraile vizcaíno, de nombre Mateo de Aguirre, aparecieron en París, despachados por D. Juan de Idiáquez con expreso fin de matar al ex-Secretario de D. Felipe. Tres veces en una noche intentó D. Rodrigo penetrar en la casa del refugiado, pretextando necesidad de hablarle: otras tantas le negaron acceso los suizos de guardia, y recelosos de la insistencia le detuvieron en la última. Halláronle dos pistoletes cargados cada uno con un par de balas encajadas en cera, por seguridad de la puntería, y fuera de la ciudad le esperaba el criado con los caballos. Ante el tribunal confesó su traición, por lo que fué ajusticiado en la plaza de la Greve[122].

La exposición de M. Mignet se parece mucho, como procedente del mismo origen.

El Secretario Villeroy, lo propio que el Mariscal de la Force, tenían avisos de España[123] anunciando que el Barón de la Pinilla, el mismo que había tratado de prender á Pérez en Sallent, se había puesto en camino en compañía de otros dos hombres, uno de ellos fraile disfrazado de láico. Pinilla había recibido previamente 600 ducados de oro[124]; hizo en París los preparativos para escapar después del golpe; pero fué detenido con uno de los cómplices, logrando el fraile ponerse en salvo. En casa de Pinilla se encontraron dos pistoletes cargados con dos balas cada uno: todo lo confesó en el tormento, de modo que, meses después, fué ejecutado en la plaza de la Greve[125].

El escritor francés apoya la aseveración en el libro de las Relaciones[126], en las cartas enviadas por el interesado al Conde de Essex[127] y en la siguiente noticia de un diario de París: