«El viernes 19 fué ajusticiado un español en la plaza de Greve de París, convicto de haber querido matar á D. Peres, Secretario del Rey de España, que sigue á la corte, siendo bien venido al lado de S. M., por haberle descubierto muchos manejos del Rey de España contra su persona y su Estado[128].»
Las pruebas no son de aquéllas que desvanecen dudas, no ya en asunto tan grave para el desdichado D. Rodrigo de Mur, para la opinión del Secretario de Estado D. Juan de Idiáquez, y por ende de su amo, sino para cualquiera que interesara á la historia. Comparadas estas pruebas entre sí, ponen en claro que el señor de la Pinilla fué á la casa de Pérez, guardada por suizos; pidió á los mismos guardas entrada, é iba desarmado, pues los pistoletes en la posada se encontraron, no en la persona. Perspicaz sería el juez que con tales indicios descubrió intento de asesinato y prevenciones de huída.
Hay más: la colección de documentos de Birch, citada por M. Mignet, contiene algunos que valen la pena de registro. Uno dice que en el momento de llegar Pérez de Inglaterra á Dieppe, recibió cartas que le dirigía desde París el señor de la Pinilla[129]. El contenido de las cartas no se expresa, y, sin embargo, tan vaga especie basta á la persuasión de que D. Rodrigo no vino de España á París á objeto expreso de encontrar á Antonio Pérez, pues que le precedió; al paso que demuestra no tener propósito de recatarse, antes de anticipar el deseo, acaso también la razón, de una entrevista.
Otro papel, escrito por el Secretario de Antonio Pérez[130], refiriendo la ejecución de Pinilla, consigna que hasta el momento del suplicio no confesó otra cosa sino que había venido á tratar con su amo; lo mismo que viene á declarar L'Etoile en el Journal de Henri IV, esto es, que murió convicto.
De qué iba á tratar; cuál era la comisión que de D. Juan Idiáquez se le suponía; por qué con tanta insistencia pretendía una entrevista, podrá entenderse por cartas cifradas que al mismo Secretario Idiáquez envió el Encargado de Negocios de España, D. Diego de Ibarra, al tener noticia inexacta de la llegada del proscripto. Decía:
«Antonio Pérez volvió de Inglaterra: no he olido lo que ha traído; pero él se topó cerca de este lugar con el Duque de Guisa y le habló en sus desventuras. Vea V. S. si con este hombre es menester hacer algo ó con D. Martín de Lanuza, que también anda con el Príncipe de Bearne, y ha llegado á las puertas de París, y dice desea reducirse. No se me ha respondido á lo que avisé de D. Manuel de Portugal, que me había escrito D. Martín de Guzpide, ni al particular deste pobre hombre, que muere de hambre, y así en ninguna de las dos cosas he hecho nada. El D. Manuel está con el de Bearne, y ha dicho á personas que me lo han dicho que desea echarse á los pies de S. M., y está aguardando respuesta de lo que de Roan se escribió. Aviso de todo á V. S. por si S. M. quisiere mandar algo, lo pueda hacer á tiempo.
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»Lo que me dijo el Duque de Guisa que le había pasado con Antonio Pérez, no fué así: hase sabido después que está todavía en Inglaterra, y que debió de ser alguno que se valió de su nombre[131].»
Con estos hechos, mientras las pruebas del proceso no aparezcan, hay, pues, motivo para relegar el supuesto intento de D. Rodrigo de Mur, en unión con el de los irlandeses de Londres y algunos más, á la categoría de cuentos intencionados, con la presunción de que los ejemplares de verdaderos atentados de la época servirían á la credulidad sin otro examen.
Reanudando la ilación de los sucesos, como la guerra con España no empezaba cual por allá desearan, llamó el Rey á Pérez á la ciudad de Chauny, cerca de la Fere, cuyo cerco iba á poner, para consultarle el plan de campaña por la parte de Flandes. La marcha de los sucesos le tenía alarmado. Hízole entender el Peregrino que sin la cooperación activa de Inglaterra, sin un acuerdo que aunara los esfuerzos contra el enemigo común, difícilmente llegaría á contrarrestar el impulso dado por el Conde de Fuentes metiéndose en Picardía y ganando una tras otra las plazas de la Chapelle, Catelet y Dourlens. ¿Mas era acaso fácil convencer á la Reina Isabel, alcanzar socorros de ella, cuando acababa de retirar los que envió contra los españoles de Bretaña al verlos en Brest, esto es, á las puertas de su casa?