Bien conocía Antonio Pérez la exactitud de la objeción, sintiendo en el despecho no estar debajo de tierra antes que ver á la insolente fortuna de Felipe sobreponiéndole á todos los enemigos, sin que sus consejos fueran escuchados ni su residencia allí produjera fruto[132]. Debía de insistir, sin embargo, é insistía en inclinar al Rey de Francia á dar nuevos pasos que movieran la voluntad de la inglesa, de Juno, según la nombraba en la conversación confidencial, dando ejercicio á su prurito de aplicar sobrenombres, mientras por el lado del favorito de la Reina tiraba de los hilos de la intriga con que se tramara la misma tela.

Enrique IV no podía desconocer la excelencia del pensamiento ni la necesidad de acudir á realizarlo, empezando con el halago del consejero y agente; no escaseó, en consecuencia, las honras en la palabra, ofreciendo la dispensación de otras más efectivas, el collar de la Orden del Espíritu Santo, por ejemplo.

Godfrey Aleyn, que oyó referir á su amo en la mesa las distinciones de que había sido objeto, presumía que el Sr. Antonio las rehusaría sin más excepción que la de la Orden, y esto si podía proporcionarse las prendas que necesariamente deben de vestirse en la ceremonia. Hubiera rogado al Conde de Essex que le ayudara al efecto, si no estuviera cohibido por la consideración de los muchos favores recibidos. La celebración del Capítulo era el día primero del año próximo; la nota de las prendas y de su valor, pedida por curiosidad al sastre de S. M., adjunta[133].

Sirviendo Pérez á dos señores, natural era que se creyera con derecho á seguir disfrutando de las liberalidades del uno tanto como de las del otro. El más cercano le tenía á su lado en público; salió con él por el camino al marchar hacia la Fere, y dejándole en Chauny encomendó mucho á Villeroy cuidase de su persona, acompañándole cuando hubiera de ir á San Quintín, «porque no podía pasarse sin su compañía.» Todo esto era altamente honorífico sin duda; mas no lo que esperaba el Sr. Antonio, dándolo á entender, en ausencia del Soberano, con expresión repetida de no ser para su genio el carácter de los franceses, entre los que no creía podría vivir mucho tiempo, y menos en los mezquinos alojamientos que le señalaban[134].

No lo dijo en balde: á los pocos días le instalaban en una de las mejores casas de la ciudad; llegaba á sus manos oferta nueva del Rey de conferirle las insignias de la orden consabida, con una plaza en el Consejo privado y las rentas de la primera Abadía que vacara, en espera de lo cual disfrutaría desde luego pensión de 4.000 escudos anuales[135].

Por complemento escribió el Rey al Conde de Essex[136], agradeciendo infinito lo que había hecho por Pérez, consejero digno de toda clase de miramientos, que le era muy querido y agradable. Sentía no poderle dar todo lo que deseara y él se merecía; aseguraba, sí, que participaría de la miseria de Francia con la buena voluntad del que la regía.

El interesado, en vista de la gracia y pensión señalada por el Monarca, sin pedirla él, hizo saber á Villeroy «que era perro y peregrino; pero perro peregrino en la fidelidad[137] Casi al mismo tiempo informaba á su amigo el Conde de Essex de haberse interceptado cartas de España por las cuales se venía en conocimiento de los proyectos del Conde de Fuentes en Flandes, así como de las miras de Nabucodonosor, que á toda prisa reunía ejército y armada. Desconfiando de los recursos de Enrique IV para resistir, y aun de que en Inglaterra dieran á sus enemigos la atención debida, le instigaba á despertar el espíritu público, temeroso de que les ocurriera lo que á las vírgenes de la parábola del Evangelio, que se acordaron tarde del aceite. El que espera siempre es vencido; de los audaces que atacan es el lauro. Si no querían oirle, determinado estaba á despedirse de Francia y de Inglaterra á la vez, al paso que nada igualaría á su satisfacción estando al lado de amigos buenos que con prudencia y energía siguieran sus advertencias[138].

Repetíalas sin cesar, manifestando las cartas sucesivas por qué procedimientos iba convenciendo al Rey de la necesidad de entenderse directamente con el Conde de Essex, tan interesado en sus progresos; utilizando avisos reservados de Flandes, de Venecia, de Milán, de la corte de Madrid y de la misma de Francia; teniendo que reservar á veces algunos de estos últimos, pareciéndole que no le agradaría á Enrique saber que le eran conocidos. Recibíale el Monarca á todas horas, á solas, aun estando en la cama, no sin inconvenientes; que empezaban á manifestarse los celos de los palaciegos, y singularmente la envidia de Villeroy, por más que procurara adormecerla con lisonjas[139]. Como defensa, había manifestado al Rey que mal podría subsistir allí si á las persecuciones y peligros de la triste fortuna se agregaba la malquerencia de sus Ministros[140]: preciso sería, á falta de mayor favor y amparo, que buscara otro retiro; idea que afligió mucho á Enrique[141].

Lo que más costaba al consejero era contrarrestar el efecto de insinuaciones que partían de elevadas personas, del Secretario de Estado Villeroy entre ellas, en favor de la paz con España, recordada á cada nueva victoria de las del Conde de Fuentes. Urgía influir en opuesto sentido con el despacho de la expedición contra Cádiz, mucho más habiendo llegado á París un agente de Roberto el Diablo (Sir Robert Cecil)[142].