Un incidente imprevisto estuvo á punto de poner á Pérez en apuro. Bacon abrió inadvertidamente una carta que Godfrey Aleyn (el criado suyo que dió por amanuense ó secretario al amigo español) enviaba á su padre, y despertando su atención que estuviera escrita en cifra, interpretó lo que sigue:
Godfrey manifestaba propósito de no continuar mucho tiempo al lado de su amo, vistas la inconstancia y rareza del carácter. No pudiendo sufrir sus originalidades, á pesar de hacer cuanto estaba en su mano para complacerle, aprovecharía una buena oportunidad tan luego como penetrara ciertas cosas que empezaba á conocer y que podrían serle de mucho provecho. Los trabajos de Pérez se encaminaban por todos lados á conseguir Liga estrecha y fuerte entre Francia é Inglaterra contra el Rey de España, convenciendo á las dos partes de que por tal medio lo hundirían. Procuraba al mismo tiempo, por medio de la Reina, la soltura de su mujer é hijos, detenidos en Madrid; pero tenía emulación con M. Edmondes, agente especial del Conde de Essex, estorbándose uno al otro: el Rey empezaba á cansarse de las singularidades de Pérez, y los más de los hombres con que esperaba contar le enseñaban ya los dientes.
Se vino á descubrir por esta misiva que habiendo aprendido Godfrey al lado del señor Antonio lo que valía un secreto, tomaba copia de las cartas más importantes que se enviaban al Conde de Essex, y hacía que fueran á manos del Rey de Escocia por conducto de su Embajador en París. Essex, muy alarmado, previno incontinenti al corresponsal, dándole tiempo de poner remedio, que fué el de su táctica probada. Anunció al Rey otra tenebrosa traza de los Faraones de Egipto, enderezada á perderle con la invención de cartas que pusieran en duda su lealtad, su amor, su adhesión, etc. Después, manifestando á Godfrey que era preciso enviar al Conde una clave nueva de escritura, comisión delicada que no quería fiar á otra persona, le despachó para Inglaterra, donde en el acto de poner el pie le echaron mano, encerrándole en la prisión de Clink[143]. Le sustituyó Edward Yates, hombre de toda confianza, pagado como el otro por el Conde, y exclusivamente destinado á transmitir los despachos secretos que importaran á éste ó á la Reina[144].
Hay que dejar aquí en suspenso los manejos secretos, hasta referir someramente los efectos que producían en la política.
La Reina de Inglaterra, siguiendo los consejos de los Cecil, padre é hijo, contrarios siempre á los del Conde de Essex, había negado á Enrique IV la cooperación activa en la guerra, y este Rey insinuó por medio de Embajador especial que, no contando más que con los recursos propios, se vería en la precisión de aceptar paz honrosa con España. Isabel, inquieta con las ventajas que en Francia iba consiguiendo el Conde de Fuentes, recibió la declaración con doble sentimiento, y comisionó inmediatamente á Sir Henri Unton para que con carácter de Embajador sondeara en París la verdadera disposición del Rey, haciéndole conocer la necesidad en que se veía el Gobierno de Inglaterra de proveer á la propia seguridad, amenazada en aquella isla y en Irlanda. Si Enrique IV se inclinaba en realidad á entenderse con Felipe II, el Embajador debía procurar impedirlo con ofrecimiento de alianza y auxilio efectivo: si en la indicación no había más que amenaza, ninguna modificación se haría en la marcha de las relaciones; pero á estas instrucciones oficiales opuso las suyas particulares el Conde de Essex, seguro de verlas cumplidas, por lo mucho que Sir Unton le debía; y contrariamente á lo que el Secretario de Estado le mandaba, había de sostener al Soberano de Francia en la afirmación de no continuar la guerra sin ayuda, aunque en público y como Embajador diera á entender lo contrario.
Al mismo tiempo había de escribir Pérez cartas que se mostrarían á la Reina, para que la coincidencia de sus informes y los del Embajador influyera en el ánimo de Isabel. Las instrucciones del Conde decían: «Antonio me escribirá, en carta que pueda enseñarse, que la llegada de Sir Unton ha empeorado los negocios, y me preguntará por qué, conociendo el carácter del Rey de Francia y los asuntos del reino, no me he opuesto al envío del Embajador. Añadirá temores de que se haya dejado avanzar al Rey hasta un punto de que no pueda ya retroceder[145].»
Sir Henri Unton desempeñó perfectamente su papel; el Rey conferenció con Pérez, cuyas cartas completaron en Inglaterra el efecto de los despachos del Embajador[146].
Empezaba en esto el año de 1596 con descontento del Peregrino, que vino á mudar en pena, la falsa nueva de la muerte de Doña Juana Coello, su mujer. Un caballero de la Cámara de D. Felipe escribió á Génova dícese que se propagó de seguida por cosa cierta...[147]. Antonio Pérez mostró gran sentimiento, escribiendo expresamente para el Conde de Essex necrología latina[148], y otra castellana más extensa destinada al público[149], por muestra de la inmensidad del infortunio. Gil de Mesa fué en su nombre á noticiar á la Princesa Catalina de Borbón, al Rey, á Villeroy la resolución de abandonar el mundo, entrando en religión; propósito que parecía muy bien al Secretario de Estado. Probablemente por vez primera se ofrecía con sinceridad á secundarle con su influencia para entrar en situación en que podría hacer su fortuna y la de sus amigos. No menos expresiva Madama de Borbón, prometió solicitar de su hermano una mitra ó un capelo que le proporcionaran dignidad en el estado religioso; por último, el Rey, después de enviar con pésame á M. D'Incarville, le hacía saber que iban á extenderse las cédulas de nombramiento de Consejero real, asignándole la sexta plaza; otra de inclusión en la lista de los que habían de recibir la Orden del Espíritu Santo, más la de Gentilhombre de Cámara en favor de Gil de Mesa[150].
Como reflejo de la situación del ánimo, recrecido el odio con la progresión de la desgracia, hacía para Essex estudio de los sucesos políticos cuya fuerza obligaba al Rey á inclinarse cada vez más á la paz. Instigábale más que nunca á que hiciera entender secretamente á Isabel el peligro gravísimo que amagaba. El Papa trabajaba con vehemencia; el Duque de Saboya no era obstáculo; la llegada á España de la flota de galeones consentía el refuerzo de ejército y armada. ¡Qué letargo el de Francia; qué negligencia en Inglaterra; qué dolor no haber interceptado los tesoros de las Indias, siguiendo el plan que él mismo entregó á la Reina! Sucumbiría en la empresa con la seguridad de no haberse equivocado; y como los oprimidos infunden compasión y los engañados risa, quería más ser objeto de piedad que de ridículo[151].
Trabajo le costaba discurrir sobre la ceguera del Gobierno inglés, desacertado en todo; el Embajador Sir Henri Unton, cortés en invitarle á su mesa, se reservaba de él y no se daba maña para influir con Enrique. ¡Ah! no querían ayudarle en la guerra contra la bestia salvaje que se proponía trastornar los fundamentos de la tierra y la fe de los hombres... no sabían gastar dinero sin dolor... tiempo llegaría de lamentarlo[152].