En los momentos difíciles se acreditan las condiciones de los hombres. El Peregrino, con su ordinaria sangre fría, se valió de la nueva de la agresión inglesa para explicar en Francia la razón de no figurar su personalidad en el tratado de alianza firmado en Londres, por aquéllas que recomiendan la ocultación del maquinista al mover en el teatro los hilos de mutación de las escenas, sin dejar de utilizar la noticia simultáneamente contra el mal efecto que al otro lado del Canal había causado, como dicho queda, la desdichada expedición de Drake. Al felicitar oportunamente á la Reina Isabel, acompañaba protesta de su constante adhesión, expresando que aún podría serle provechoso en otras jornadas[168].
Así lo iba entendiendo el Conde de Essex desque en la victoria descubrió la exactitud de los cálculos por donde se había alcanzado. Pérez era ciertamente instrumento útil. Á fin de conservarlo le escribió, por tanto, en 14 de septiembre de 1596, la carta más afectuosa, excusando lo ocurrido; pidiendo que no le condenara sin oirle[169]; refiriendo, en fin, los sucesos de la campaña; y como el Sr. Antonio no deseara otra cosa, reanudada la correspondencia, mientras discurría por allá los medios de seguir afligiendo á España, procuraba acá contener las vacilaciones del Rey, sobre todo las que le llevaban á considerar las ventajas de la paz.
De tomar esta resolución Enrique IV, inquieto como estaba con el triunfo conseguido por los turcos contra el Emperador y dado á discurrir si era llegado el caso de la unión de los Príncipes cristianos contra el enemigo común, quedaba segada en flor la idea primordial de la triple alianza contra España; anulada la sucesión de los proyectos belicosos. Á toda costa, á costa de la prudencia, acudió Pérez contra el peligro, avisándolo secretamente al Embajador de Inglaterra, á fin de que su Gobierno lo desvíara[170], mientras que sin temor de colocarse en oposición abierta con el Secretario de Estado, decía al Rey, en presencia de aquél, que sólo un insensato sería capaz de hablarle de transacciones humillantes[171].
Á todo esto se aproximaba el fin del año 1596, no habiendo pasado de buenas palabras las ofertas de honras y beneficios; Antonio Pérez no era todavía Caballero del Espíritu Santo, ni Obispo, ni más que pensionado con demoras é intermitencias, sin que la táctica de lamentaciones y amenazas de buscar nuevo amo, seguida siempre que las circunstancias la recomendaban, diera el apetecido resultado. Se determinó, pues, á formular por escrito una especie de ultimatum que debían de apoyar Juan de Vivonne, Marqués de Pisani, Embajador que había sido de Francia en España por los años de 1572 á 1582, época en que cultivó la amistad de Pérez, y el Duque de Montmorenci, Condestable de Francia, amigo de ahora y protector decidido. El memorial[172] iba acompañado de una especie de estipulación redactada sin miramientos por la pluma del pretendiente. Tal debía de ser que no la admitió el Rey, observando que era aquello proyecto de tratado más bien que súplica humilde[173]; lo modificó naturalmente, con declaración de «que Antonio Pérez deseaba servir á S. M. como vasallo y criado, presentándose desde luego como tal,» haciendo las siguientes peticiones, por debajo de lo que el Rey tenía ofrecido[174]:
1.ª Que se le procurara el capelo de Cardenal, dado caso que hubiera fallecido su mujer, aplicándolo á su hijo Gonzalo Pérez en el contrario, con advertencia de no indicar á Su Santidad para quién se pretendía.
2.ª Que se le señalara renta de 12.000 escudos anuales en obispados, abadías y beneficios eclesiásticos como fueren vacando, con autorización de transmitirlos á sus hijos.
3.ª Que mientras no se completase dicha renta, aunque percibiera una parte, siguiera cobrando la pensión de 4.000 escudos que le estaba asignada, situándola en parte donde la cobrara con exactitud.
4.ª Que independientemente, mientras no se le completara la renta dicha, se le darían cada año 2.000 escudos de ayuda de costa en avisos de gracias que él tendría cuidado de buscar.
5.ª Que para habilitarse por de pronto en la situación de Consejero con que le honraba S. M., se le dieran en el acto 2.000 escudos.
6.ª Que considerado el peligro que corría su vida por la persecución del Rey de España, se pondrían á su disposición algunos suizos de la guardia real.